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El mal de los sermones largos…

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Matinal del 4 de Mayo de 2015

El mal de los sermones largos

                        

Los que han de ser portavoces de Dios deben saber que sus labios han sido tocados con un carbón encendido sacado del altar, y deben presentar la verdad con el poder del Espíritu. Pero los discursos largos cansan al orador y a los oyentes que tienen que estar sentados tanto tiempo. La mitad del material presentado beneficiaría más a los oyentes que todo el conjunto vertido por el orador. Lo que se dice durante la primera media hora vale mucho más, si el sermón termina entonces, que las palabras dichas en otra media hora. Se sepulta entonces lo que se ha presentado antes.

Se me ha mostrado vez tras vez que nuestros ministros se equivocan al hablar tanto tiempo, pues deshacen la primera impresión que ejercen sobre sus oyentes. Se les presenta tanto material que no pueden retener ni digerir, de modo que todo les resulta confuso.

He hablado de esto delante de nuestros hermanos pastores, y les he rogado que no alarguen sus discursos. Hemos progresado algo en este sentido, con los mejores resultados, de manera que ha habido pocos discursos de más de una hora.

Mientras estaba en Norteamérica, se me dio luz acerca de usted en horas de la noche. Usted había estado hablando durante largo rato, y todavía creía que no había dicho todo lo que deseaba decir, y estaba pidiendo un poco más de tiempo. Un personaje digno y autorizado se levantó delante de usted, que estaba en el púlpito, y le dijo: “Le has dado a la gente, para su estudio, una gran cantidad de material; la mitad de todo eso habría sido de mucho más provecho que el total”. Si recibe el poder del Espíritu Santo, impresionará al oyente. El Espíritu Santo obra en el hombre; pero si hay puntos vitales que destacar y que el oyente necesita retener, un torrente de palabras borrará esa poderosa impresión, poniendo dentro de la vasija más de lo que puede retener, y ese gran esfuerzo se perderá. Reservar la última mitad para presentarla cuando la mente está fresca, equivaldrá a recoger los pedazos para que nada se pierda.

La verdad es un poder precioso, vitalizador. La exposición de la Palabra da luz y entendimiento a los simples. La verdad debiera exponerse con claridad, lentamente, con fuerza, para que impresione al oyente. Cuando se presenta algún aspecto de la verdad, es esencial que se la entienda para que se reciba todo su precioso alimento: el pan de vida, el maná del cielo. Que se recoja todo pedazo para que nada se pierda. Al presentar la verdad mediante la predicación de la Palabra, es importante que el oyente bien dispuesto no pierda nada. El Señor Jesús, mediante el Espíritu Santo, está tratando de llegar a la mente,

y la convicción se produce en el corazón y la conciencia; pero el exceso de material tiene efectos perjudiciales, pues borra la impresión hecha anteriormente. Hable poco, y despertará interés en escuchar una y otra vez. (Testimonios Para Los Ministros págs. 256-258)