Tendría más o menos siete años y mi papá había alquilado un local para poner un negocio. Entre las cosas dejadas por los inquilinos anteriores, a quienes nunca conocimos, había cinco tomos de una Biblia Ilustrada Códex. Si alguna vez viste alguna, sabrás que tienen bellas imágenes llenas de color. Ante mis infantiles ojitos asombrados desfilaban imágenes de historias que alguna vez había escuchado, otras no, y así iban despertando mi curiosidad.
Mi querida abuelita María, una ferviente cristiana, siempre me había hablado del amor de Dios y me había enseñado a hablar con él. Lo hacíamos juntas muy a menudo cuando me visitaba o cuando yo iba en el verano a pasar las vacaciones a su casa. Sin saberlo y creyendo que era un programa de su religión, le recomendó a mi madre que escuchara y solicitara “unos libritos” que hablaban de Dios, eran los cursos del programa: Una Luz en el Camino. Así llegaron a mi casa las publicaciones adventistas. Pronto, ya con un par de añitos más, comencé a leerlas y mi corazón ardía de emoción al aprender del amor de Dios.
La escuela radiopostal llegaba cada vez que devolvíamos las lecciones hechas. Enseñaban tantas cosas útiles. Ya para este entonces teníamos un Nuevo Testamento y mi madre me acompañaba en este descubrimiento de la Palabra de Dios. Y así fue como comenzó este camino con Jesús. Cada día, hasta hoy, él me enseña, me guía y me cuida… ¡y eso que ya soy grande! Cada día arde mi corazón de amor por sus consejos, sus respuestas a mis oraciones o también cuando alabo su nombre a través de himnos.