«Cuando comenzaron a entonar cantos de alabanza, Jehová puso emboscadas contra los hijos de Amón, de Moab y de los montes de Seir que venían contra Judá, y se mataron los unos a los otros» (2 Crónicas 20: 22).
Aquel domingo de mañana no aguanté más y solté el llanto. El fin de semana había sido muy difícil; estábamos librando una dura batalla contra el enemigo. Subí a mi cuarto y me arrodillé sobre un gusanito que uso como tapete de oración. Inmediatamente descubrí que no sabía qué decir y mi corazón temblaba por el miedo. De pronto entre sollozos y voz cortada comenzaron a salir notas de himnos. Uno tras otro como si se tratara de un popurrí previamente preparado, venían a mi mente cantos que hablaban acerca de que en medio del dolor es mejor cantar. Fue inmediato el cambio que mi ser experimentó aún estando de rodillas. Mis palpitaciones tomaron su ritmo normal, las lágrimas ya no salían y mi voz ahora era firme. El miedo había desaparecido. Cuando me levanté, tenía paz en mi corazón porque sabía que Dios peleaba nuestra batalla.
Cierto día, llegó la noticia de que los hombres de Moab y Amón iban a atacar al pueblo de Dios que era liderado por el rey Josafat. Aquel ejército era grande y el rey tuvo miedo, (2 Crónicas 20: 3). El miedo es un sentimiento que puede llegar en cualquier momento por diversas situaciones al hogar. Y no está mal sentir miedo, ya que es ahí cuando entregamos toda nuestra debilidad en manos del Señor. Josafat humilló su corazón al Señor y pidió su ayuda.
En respuesta, el Señor le dijo: «En este caso, ustedes no tienen por qué pelear. Simplemente quédense quietos, y contemplen cómo el Señor los va a salvar. Judá y Jerusalén, no tengan miedo ni se desanimen. ¡Salgan mañana y atáquenlos, que el Señor estará con ustedes!» (2 Crónicas 20: 17). Con esa confianza, Josafat pidió que un grupo especial entonara cantos mientras los hombres de guerra salían a la batalla. Cuando los cantos comenzaron a escucharse, sucedió lo que leímos en el versículo de hoy. ¡Qué maravilla!
Querida amiga, cantar en medio de circunstancias adversas no es fácil; no obstante, si lo intentas, sentirás cómo el Señor pelea por ti y gana la batalla. Canta y tus penas se irán porque en medio del dolor es mejor cantar.
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