«¡Hombre! El Señor te ha dado a conocer lo que es bueno, y lo que él espera de ti, y que no es otra cosa que hacer justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios» (Miqueas 6: 8, RVC).
Las primeras dos expectativas que tiene Dios de nosotros, tienen que ver directamente con nuestra relación con el prójimo. La tercera que veremos hoy, tiene que ver con la relación con Dios. El versículo ocho de Miqueas seis, es la respuesta a las preguntas formuladas en los versos seis y siete: «Tú, Israel, preguntas: ¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Cómo adoraré al Dios Altísimo? ¿Debo presentarme ante él con holocaustos, o con becerros de un año? ¿Le agradará al Señor recibir millares de carneros, o diez mil ríos de aceite? ¿Debo darle mi primogénito a cambio de mi rebelión? ¿Le daré el fruto de mis entrañas por los pecados que he cometido?».
Aquellas eran las formalidades que el pueblo practicaba y que creía que eran del agrado del Señor y suficientes para alcanzar su misericordia. Cuán lejos estaba eso de agradar a Dios. No estoy afirmando que es malo llevar tu ofrenda; tampoco estoy diciendo que son inaceptables las obras de caridad que haces en la calle. No quiero que pienses que son malas las formas de culto que hacemos en la actualidad. Lo que el Señor trataba de decirles era que todas sus obras externas solo podían tener valor y ser aceptadas si se practicaban con un espíritu de humildad ante Dios.
El pueblo de Israel se sabía especial para Dios; ellos sabían que eran los elegidos para llevar la luz de Dios al mundo. No obstante, no supieron manejar el don del cielo y en repetidas ocasiones el orgullo les ganaba. A Dios no le gustan los orgullosos. Así lo afirma el salmista David: «Tú, Señor, estás en las alturas, pero te dignas atender a los humildes; en cambio, te mantienes alejado de los orgullosos» (Salmo 138: 6).
No es de sabios seguir el ejemplo de Satanás quien por orgullo inició su rebelión en el cielo. Cuando no nos humillamos ante Dios, el enemigo celebra. La buena noticia es que Dios estará pendiente de ti si mantienes la actitud correcta hacia él. Estemos hoy ante su presencia con un corazón humilde reconociendo que sin él no somos nada.
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