«Entonces Séfora tomó un pedernal afilado, cortó el prepucio de su hijo y lo echó a los pies de Moisés…» (Éxodo 4: 25).
A pesar de reconocer la buena voluntad de Séfora de ir con su esposo al nuevo lugar que Dios les había designado, es menester enfatizar que para poder llegar a ese nuevo territorio con la bendición y el cuidado de Dios, era necesario cumplir con un requisito. Al pertenecer a una cultura ajena a los hebreos, Séfora todavía tenía arraigadas ciertas formas de pensamiento; entre ellas sobresalía el hecho de no querer circuncidar a su hijo menor, por considerarlo innecesario. Es muy probable que no quisiera que su hijo pequeño pasara por el llanto y el dolor que pasó su hijo mayor quien
sí estaba circuncidado.
El poder de convencimiento que tenemos como mujeres es impresionante. Es obvio que ella había convencido a su esposo de que no pasaba nada si no se le cortaba el prepucio al niño. Y efectivamente, hasta ese momento no había pasado nada. No obstante, aquel rito era un mandato divino que era requisito para recibir las bendiciones de Dios. Al no hacerlo, Moisés perdía autoridad ante el pueblo que estaba yendo a liberar. ¿Cómo podía llegar con los hebreos y hablarles de cumplir con las ordenanzas del Señor para que sean liberados, si él mismo tenía una ordenanza sin cumplir?
El problema radicaba explícitamente en que Moisés conocía las reglas y por influencia de su esposa, no las estaba cumpliendo. Aquella noche en el viaje, mientras descansaban, el Señor les salió al encuentro y quiso matar a Moisés (Éxodo 4: 24). Algunos sugieren que fue un encuentro parecido al de Jacob; otros piensan que pudo ser una enfermedad repentina que le auguraba la muerte. El hecho relevante es que Séfora entendió que aquel acontecimiento les sobrevino por su desobediencia a un mandato divino.
La circuncisión no era una opción para los hebreos, era un requisito. Ahora la misma Séfora tomó un pedernal y circuncidó a regañadientes a su hijo con el fin de salvar a su esposo (Éxodo 4: 25). «En el tiempo de angustia que vendrá inmediatamente antes de la segunda venida de Cristo, los justos serán resguardados por el ministerio de los santos ángeles; pero no habrá seguridad para el transgresor de la ley de Dios. Los ángeles no podrán proteger a los que estén menospreciando uno de los preceptos divinos».168
Hagamos lo necesario para que la bendición de Dios nos acompañe en nuestro hogar y en el viaje a la patria celestial. Cortemos todo aquello que nos esté estorbando.
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