CÓMO NOS RESCATA DIOS
“Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en pecados nos dio vida junto con Cristo. Por gracia ustedes han sido salvados” (Efe. 2:4, 5).
Miércoles: 19 de julio
AHORA BENDECIDOS PARA SIEMPRE POR LA GRACIA
Compara el plan de salvación de Dios en Efesios 1:3 y 4 con los resultados eternos de ese plan descrito en Efesios 2:7. ¿Cuáles son los elementos esenciales y las metas del “plan de salvación” de Dios?
Efesios 1:3-4
3 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo, 4 según nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él,
Efesios 2:7
7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
Las ceremonias de graduación son celebraciones maravillosas, ya sea del jardín de infantes o de un doctorado. Una graduación marca un logro importante, el paso a una etapa diferente de la vida o la carrera. Es importante para nosotros, como creyentes, entender una verdad profunda del evangelio: nunca nos graduamos de la gracia. Nunca hay una celebración por haber obtenido nuestro “doctorado en gracia” ni porque nos graduemos de nuestra necesidad de ella.
Pablo confirma esta verdad en Efesios 2:7, acentuándola con una cronología expansiva. Dios ha actuado en el pasado en Cristo para redimirnos, al identificarnos con su Hijo, Jesucristo, de modo que en el presente seamos copartícipes de su resurrección, ascensión y exaltación (Efe. 2:4–6). No obstante, el plan de Dios no termina con un pasado lleno de gracia y un presente bañado por la misericordia. El plan de Dios, cimentado en los concilios divinos de tiempos inmemoriales (Efe. 1:4), se extiende para siempre hacia el futuro. Incluye todos los “siglos venideros” (Efe. 2:7). Su plan para el futuro eterno se basa en el mismo principio que su accionar en el pasado y el presente: el principio de la gracia. “En los siglos venideros”, Dios espera demostrar “la abundante riqueza de su gracia y su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús” (Efe. 2:7).
Pablo piensa en la gracia de Dios como un tesoro o una fortuna de valor insondable (comparar Efe. 1:7; 3:8), de la que los creyentes pueden extraer riqueza para satisfacer cualquier necesidad. Esta gran generosidad de Dios hacia nosotros se convierte en una exhibición elocuente, eterna y cósmica de su gracia.
“Al venir a habitar con nosotros, Jesús iba a revelar a Dios tanto a los hombres como a los ángeles. […] Pero no solo para sus hijos nacidos en la Tierra fue dada esa revelación. Nuestro pequeño mundo es el libro de texto del Universo. El maravilloso propósito de la gracia de Dios, el misterio del amor redentor, es el tema en el cual ‘anhelan mirar los ángeles’, y será su estudio a través de las edades sin fin. Tanto los redimidos como los seres que no cayeron hallarán en la Cruz de Cristo su ciencia y su canto. Se verá que la gloria que resplandece en el rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado” (Elena de White, El Deseado de todas las gentes, p. 11).
Comentarios Elena G.W
No porque le hayamos amado primero nos amó Cristo a nosotros; sino que «siendo aún pecadores», él murió por nosotros. No nos trata conforme a nuestros méritos. Por más que nuestros pecados hayan merecido condenación no nos condena. Año tras año ha soportado nuestra flaqueza e ignorancia, nuestra ingratitud y malignidad. A pesar de nuestros extravíos, de la dureza de nuestro corazón, de nuestro descuido de su Santa Palabra, nos alarga aún la mano.
La gracia es un atributo de Dios puesto al servicio de los seres humanos indignos. Nosotros no la buscamos, sino que fue enviada en busca nuestra. Dios se complace en concedernos su gracia, no porque seamos dignos de ella, sino porque somos rematadamente indignos. Lo único que nos da derecho a ella es nuestra gran necesidad…
Todo ser humano es objeto del interés amoroso de Aquel que dio su vida para convertir a los hombres a Dios. Como el pastor de su rebaño, cuida de las almas culpables y desamparadas, expuestas a la aniquilación por los ardides de Satanás (El ministerio de curación, p. 119).
Nuestra confesión de su fidelidad es el factor escogido por el Cielo para revelar a Cristo al mundo. Debemos reconocer su gracia como fue dada a conocer por los santos de antaño; pero lo que será más eficaz es el testimonio de nuestra propia experiencia. Somos testigos de Dios mientras revelamos en nosotros mismos la obra de un poder divino. Cada persona tiene una vida distinta de todas las demás y una experiencia que difiere esencialmente de la suya. Dios desea que nuestra alabanza ascienda a él señalada por nuestra propia individualidad. Estos preciosos reconocimientos para alabanza de la gloria de su gracia, cuando son apoyados por una vida semejante a la de Cristo, tienen un poder irresistible que obra para la salvación de las almas.
Para nuestro propio beneficio, debemos refrescar en nuestra mente todo don de Dios. Así se fortalece la fe para pedir y recibir siempre más. Hay para nosotros mayor estímulo en la menor bendición que recibimos de Dios, que en todos los relatos que podamos leer acerca de la fe y experiencia ajenas. El alma que responda a la gracia de Dios será como un jardín regado. Su salud brotará raudamente; su luz nacerá en la obscuridad, y la gloria de Dios la acompañará (El ministerio de curación, pp. 67, 68).
En el don incomparable de su Hijo, Dios rodeó al mundo entero con una atmósfera de gracia tan real como el aire que circula en derredor del globo. Todos los que decidan respirar esta atmósfera vivificante vivirán y crecerán hasta alcanzar la estatura de hombres y mujeres en Cristo Jesús (El camino a Cristo, p. 68).


