Domingo 8 de octubre – EL DIOS TRINO: EL ORIGEN DE LA MISIÓN – LA MISIÓN DE DIOS EN FAVOR DE NOSOTROS: SEGUNDA PARTE

LA MISIÓN DE DIOS EN FAVOR DE NOSOTROS: SEGUNDA PARTE

“Por tanto, vayan a todas las naciones, hagan discípulos bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19).

Domingo: 8 de octubre

EL DIOS TRINO: EL ORIGEN DE LA MISIÓN

La misión de Dios en las Escrituras da prominencia a Jesús como el único camino a la salvación. Cristo mismo declaró: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6). Pero Jesús también nos ayuda a comprender la centralidad del Dios trino en su misión.

Todo lo que Cristo hizo fue por su Padre celestial o para él (ver Juan 4:34; 5:30; 12:45). Sin embargo, siempre debemos recordar que la misión de Jesús no comenzó cuando vino al mundo. La había recibido del Padre incluso antes de la creación de nuestro mundo (comparar con Efe. 1:4; 1 Ped. 1:20).

Por lo tanto, Dios concibió la manera en que salvaría a la humanidad aun antes de poner los cimientos de nuestro planeta, y entró intencionalmente en la historia de la humanidad para cumplir con este propósito.

El Hijo creó el mundo (Juan 1:3) y, “cuando se cumplió el tiempo” (Gál. 4:4), Dios demostró su amor al enviar al Hijo aquí (Juan 3:16, 17). El Hijo vino, murió en la Cruz y venció a la muerte. Luego, enviado por el Padre, vino el Espíritu (Juan 14:26; 16:7), quien convence al mundo (Juan 16:8-11) y hoy continúa la misión del Padre y del Hijo al dar poder y enviar al pueblo de Dios a la misión (Juan 14:26; 16:13, 14).

Lee Juan 20:21 y 22. La idea de que la misión tiene su origen en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ¿cómo debería trazar nuestra misión?

 

Juan 20:21-22

21 Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. 22 Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

Aunque la palabra “trinidad” no se encuentra en la Biblia, las evidencias trinitarias relacionadas con la misión son cuantiosas. Por ejemplo, después de la resurrección, Cristo se apareció a sus discípulos y les prometió: “Ahora voy a enviarles lo que ha prometido mi Padre; pero ustedes quédense en la ciudad hasta que sean revestidos del poder de lo alto” (Luc. 24:49, NVI, énfasis añadido). Aquí encontramos la realidad de la misión de la Deidad en una sola frase: la promesa del Padre; la seguridad del cumplimiento de la promesa por parte del Hijo; y la promesa misma, la venida del Espíritu Santo (ver Luc. 3:16; Hech. 1:4, 5, 8).

Con estos pasajes, aprendemos que la misión no es nuestra. Pertenece al Dios trino. Como tal, no fracasará.

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo participan en la obra de salvar almas. ¿Por qué te reconforta tanto este pensamiento?

Comentarios Elena G.W

Dios mantiene hacia su pueblo la relación de un padre, y nos pide, como Padre, nuestro servicio fiel. Consideremos la vida de Cristo. Como cabeza de la humanidad, sirviendo a su Padre, es un ejemplo de lo que cada hijo debe y puede ser. La obediencia que Cristo rindió es la que Dios requiere de los seres humanos hoy día. El sirvió a su Padre con amor, con buena voluntad y libertad. «Me complazco en hacer tu voluntad, oh Dios mío —declara él—; y tu ley está en medio de mi corazón». Salmo 40:8. Cristo no consideró demasiado grande ningún sacrificio ni demasiado dura ninguna labor, a fin de realizar la obra que él vino a hacer. A la edad de doce años: «¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?» Lucas 2:49. Había oído el llamamiento y había emprendido la obra. Dijo él: «Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que acabe su obra». John 4:34.

Así hemos de servir a Dios (Palabras de vida del gran Maestro, p. 225).

La encarnación de Cristo es un misterio. La unión de la divinidad con la humanidad ciertamente es un misterio, oculto con Dios, «misterio escondido desde los siglos». Fue guardado en silencio eterno por Jehová, y primero fue revelado en el Edén mediante la profecía de que la Simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, y que esta la heriría en el calcañar.

Presentar al mundo este misterio que Dios mantuvo en silencio durante siglos eternos, antes de que el mundo fuera creado, antes de que el hombre fuera creado, era la parte que Cristo debía cumplir en la obra que él emprendió cuando vino a esta tierra. Y este maravilloso misterio, la encarnación de Cristo y la expiación que él hizo, debe ser declarado a cada hijo y a cada hija de Adán… Los sufrimientos de Cristo satisficieron perfectamente las demandas de la ley de Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, p. 1082).

La Divinidad se conmovió de piedad por la humanidad, y el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dieron a sí mismos a la obra de formar un plan de redención. Con el fin de llevar a cabo plenamente ese plan, se decidió que Cristo, el Hijo unigénito de Dios, se entregara a sí mismo como ofrenda por el pecado. ¿Con qué se podría medir la profundidad de este amor? Dios quería hacer que resultara imposible para el hombre decir que hubiera podido hacer más. Con Cristo, dio todos los recursos del cielo, para que nada faltara en el plan de la elevación de los seres humanos. Este es amor, y su contemplación debiera llenar el alma con gratitud inexpresable. ¡Oh, cuánto amor, cuánto amor incomparable! La contemplación de este amor limpiará el alma del egoísmo. Hará que el discípulo se niegue a sí mismo, tome su cruz y siga al Redentor (Consejos sobre la salud, pp. 219, 220).

Elena G.W

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