ME LEVANTARÉ
“Por la opresión del débil y por el gemido de los menesterosos, ‘ahora me levantaré –dice el Señor– y salvaré al que suspira’ ” (Sal. 12:5).
Martes: 6 de febrero
¿HASTA CUÁNDO JUZGARÁN INJUSTAMENTE?
El Señor dotó a los dirigentes de Israel de autoridad para preservar la justicia en Israel (Sal. 72:1-7, 12-14). Los reyes de Israel debían ejercer su autoridad según la voluntad de Dios. La prioridad fundamental de los dirigentes debía ser garantizar la paz y la justicia en la tierra, y atender a los marginados sociales. Solamente así prosperarían la tierra y todo el pueblo. El trono del rey se fortalece con la fidelidad a Dios, no con el poder humano.
Lee Salmo 82. ¿Qué ocurre cuando los dirigentes pervierten la justicia y oprimen al pueblo al que debe proteger?
Salmo 82
1 Dios está en la reunión de los dioses; En medio de los dioses juzga. 2 ¿Hasta cuándo juzgaréis injustamente, Y aceptaréis las personas de los impíos? Selah 3 Defended al débil y al huérfano; Haced justicia al afligido y al menesteroso. 4 Librad al afligido y al necesitado; Libradlo de mano de los impíos. 5 No saben, no entienden, Andan en tinieblas; Tiemblan todos los cimientos de la tierra. 6 Yo dije: Vosotros sois dioses, Y todos vosotros hijos del Altísimo; 7 Pero como hombres moriréis, Y como cualquiera de los príncipes caeréis. 8 Levántate, oh Dios, juzga la tierra; Porque tú heredarás todas las naciones.
En Salmo 82, Dios declara sus juicios sobre los jueces corruptos de Israel. Los “dioses” (Sal. 82:1, 6, RVR 1960) claramente no son ni dioses paganos ni ángeles, porque nunca se les encomendó impartir justicia al pueblo de Dios y, por lo tanto, no podrían ser juzgados por no cumplir con esto. Los cargos enumerados en Salmo 82:2 al 4 reflejan las leyes de la Torá, que identifican a los “dioses” como líderes de Israel (Deut. 1:16-18; 16:18-20; Juan 10:33-35). Dios les pregunta a los “hijos de los hombres” si juzgan con justicia, y se anuncia su castigo, porque se los halló injustos. Los dirigentes andan a tientas en medio de la oscuridad, sin conocimiento (Sal. 82:5), porque han abandonado la Ley de Dios, la luz (Sal. 119:105).
Las Escrituras sostienen invariablemente que el Señor es el único Dios. Dios comparte su gobierno del mundo con agentes humanos designados como sus representantes (Rom. 13:1). No obstante, cuántas veces estos representantes humanos, en la historia e incluso ahora, han pervertido la responsabilidad que se les ha dado.
Salmo 82 expone burlonamente la apostasía de algunos líderes que se creían “dioses” por encima de los demás. Aunque Dios dio la autoridad y el privilegio a los líderes israelitas, de que fueran llamados “hijos del Altísimo” y de representarlo, Dios reniega de los líderes perversos. Dios les recuerda que son mortales y que están sujetos a las mismas leyes morales que todos los demás. Nadie está por encima de la Ley de Dios (Sal. 82:6-8).
Dios juzgará al mundo entero; también el pueblo de Dios dará cuenta a Dios. Tanto los dirigentes como el pueblo deben emular el ejemplo del Juez divino y depositar en él su última esperanza.
¿Qué tipo de autoridad ejerces sobre los demás? ¿Hasta qué punto ejerces esa autoridad con justicia y equidad? Presta atención a esto.
Comentarios Elena G.W
David sabía que el alto propósito de Dios en favor de Israel solo podría cumplirse si los príncipes y el pueblo procuraban con incesante vigilancia alcanzar la norma que se les proponía. Sabía que para desempeñar el cometido con el cual Dios se había complacido en honrar a su hijo Salomón, era necesario que el joven gobernante no fuese simplemente un guerrero, un estadista y un soberano, sino un hombre fuerte y bueno, que enseñase la justicia y fuese ejemplo de fidelidad.
Con tierno fervor David instó a Salomón a que fuese viril y noble, a que demostrase misericordia y bondad hacia sus súbditos, y que en todo su trato con las naciones de la tierra honrase y glorificase el nombre de Dios y manifestase la hermosura de la santidad. Las muchas incidencias penosas y notables por las cuales David había pasado durante su vida le habían enseñado el valor de las virtudes más nobles y le indujeron a declarar a Salomón mientras, moribundo, le transmitía su exhortación final: «El señoreador de los hombres será justo, señoreador en temor de Dios. Será como la luz de la mañana cuando sale el sol, de la mañana sin nubes; cuando la hierba de la tierra brota por medio del resplandor después de la lluvia». 2 Samuel 23:3, 4 (Profetas y reyes, p. 17).
En su cuidado por salvaguardar los derechos y la libertad de sus súbditos, Josafat recalcó la consideración que cada miembro de la familia humana recibe del Dios de justicia, que gobierna a todos. «Dios está en la reunión de los dioses; en medio de los dioses juzga». Y a los que son designados como jueces bajo su dirección, se les dice: «Defended al pobre y al huérfano: haced justicia al afligido y al menesteroso… Libradlo de mano de los impíos». Salmo 82:1, 3, 4 (Profetas y reyes, p. 146).
A veces alguien a quien se ha conferido responsabilidad como dirigente, concibe la idea de que está en un puesto de suprema autoridad y que todos sus hermanos, antes de avanzar, deben ir primeramente a pedirle permiso para hacer lo que creen que se debe hacer. Esa persona se encuentra en posición peligrosa. Ha perdido de vista la obra del verdadero dirigente del pueblo de Dios. En lugar de actuar como sabio consejero, asume las prerrogativas de un gobernante exigente. Se deshonra a Dios cada vez que se exhibe semejante autoridad y exaltación propia. Nadie que confíe en su propia fuerza ha de erigirse jamás en mente y juicio de alguien a quien Dios está usando en su obra. Nadie debe trazar pautas y reglamentos humanos para gobernar arbitrariamente a sus colaboradores que tienen una experiencia viva en la verdad.
Dios invita a los que han ejercido indebida autoridad que aparten de sus obreros su mano dominadora. Trate toda persona a quien han sido confiadas sagradas responsabilidades de comprender su deber individual ante Dios, y cumplirlo con humildad y fidelidad. Nadie se considere un amo que puede ejercer su poder dominante sobre sus hermanos. Los principios de la Palabra de Dios deben ser enseñados y practicados (Testimonios para los ministros, pp. 491, 492).


