ALGUNOS PRINCIPIOS DE INTERPRETACIÓN PROFÉTICA
“ ‘Sino alábese en esto el que se haya de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy el Señor, que actúo con bondad, justicia y rectitud; porque eso me complace’, dice el Señor” (Jer. 9:24).
Domingo: 30 de marzo
“EL QUE LEE, ENTIENDA”
Entra en cualquier librería cristiana y observa los títulos de la sección de profecía bíblica. Rápidamente descubrirás que hay una variedad alucinante de opiniones e interpretaciones, lo que tienta a pensar que nadie puede entender documentos como el Apocalipsis. Por ejemplo, un autor dice que el anticristo no es más que una metáfora; otro opina que aparecerá en el futuro; y aun otro, que era una referencia a algo o alguien que existió en los días del Imperio Romano. Como dijo cierto predicador: “La Biblia se parece a un instrumento musical con el que cada cual interpreta la melodía que se le antoja”.
Sin embargo, la Biblia no sugiere eso, sino que nos invita a leerla dando por sentado que Dios no habla en vano y que podemos comprender lo que dice en su Palabra.
Lee Mateo 24:15; Apocalipsis 1:3; Mateo 11:25; y Jeremías 9:23 y 24. ¿Qué sugieren estos textos acerca de la intención de Dios de resultar comprensible?
Mateo 24:15
15 Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda),
Apocalipsis 1:3
3 Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca.
Mateo 11:25
25 En aquel tiempo, respondiendo Jesús, dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños.
Jeremías 9:23-24
23 Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. 24 Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.
Muchas universidades ofrecen cursos acerca de “la Biblia como literatura”. Puede resultar asombroso para un creyente asistir a conferencias en las que los disertantes abordan la Biblia como lo harían con la mitología pagana. La idea de ese enfoque es que puede haber un núcleo de “verdad moral” en las historias bíblicas, pero no algo a lo que uno deba ajustar su conducta. Para esos disertantes, la idea de que la Escritura haya sido inspirada por Dios es ridícula.
En consecuencia, leen la Biblia, pero no oyen la voz de Dios que habla en sus páginas. Otros llegan a conclusiones claramente contrarias al mensaje de las Escrituras. Sin estar rendidos al Señor, y sin un corazón dispuesto a aprender la verdad, quienes leen la Biblia probablemente no solo serán incapaces de percibir su mensaje, sino también malinterpretarán el carácter amoroso y santo del Dios revelado en sus páginas. Leer la Biblia sin las herramientas adecuadas o, más importante aún, sin la actitud correcta bajo la conducción del Espíritu Santo puede resultar perjudicial.
Alguien que no era conocido por su religiosidad estaba en cierta ocasión leyendo la Biblia. Cuando le preguntaron con sorpresa qué hacía, respondió: “Busco errores”. ¿Por qué es esa una actitud equivocada al leer la Palabra de Dios?
Comentarios Elena G.W
La Palabra de Dios, como el carácter de su Autor, presenta misterios que nunca podrán ser enteramente comprendidos por los seres finitos. Pero Dios ha dado en las Escrituras suficiente evidencia de su autoridad divina. Su propia existencia, su carácter, la veracidad de su Palabra, lo corrobora un testimonio que toca a nuestra razón, y ese testimonio es abundante. Es cierto, él no ha eliminado la posibilidad de dudar; la fe debe apoyarse en la evidencia, no en la demostración; los que desean dudar tienen oportunidad de hacerlo, pero los que desean conocer la verdad tienen suficiente terreno para ejercer la fe…
La Biblia revela la verdad con tal sencillez y tal adaptación a las necesidades y los anhelos del corazón humano, que ha asombrado y encantado a los espíritus más cultivados, y al mismo tiempo ha explicado el camino de la vida al humilde e ignorante. «El que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará». Isaías 35:8. Ningún niño tiene por qué equivocar el camino. Ningún buscador tembloroso necesita dejar de andar en la luz pura y santa… Cuanto más escudriñamos la Biblia, tanto más profunda es nuestra convicción de que es la Palabra del Dios viviente, y la razón humana se inclina ante la majestad de la revelación divina (La educación, pp. 169, 170).
El Espíritu Santo nos ha sido dado como una ayuda en el estudio de la Biblia. Jesús prometió: «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho». Juan 14:26. Los que están bujo el adiestramiento del Espíritu Santo serán capaces de enseñar la Palabra con inteligencia. Y cuando se la hace el libro de texto, con fervientes súplicas por la conducción del Espíritu y con una completa entrega del corazón para ser santificado por la verdad, realizará todo lo que Cristo prometió. El resultado de tal estudio de la Biblia será mentes bien equilibradas; porque se desarrollarán armoniosamente las facultades físicas, mentales y morales. No habrá parálisis en el conocimiento espiritual. Se aguzará la comprensión, se despertará la sensibilidad, se sensibilizará la conciencia, se purificarán las simpatías y los sentimientos, se creará una atmósfera moral mejor, y se impartirá un nuevo poder para resistir la tentación. Y todos, tanto maestros como alumnos, se tornarán activos y fervientes en la obra de Dios (Special Testimonies on Education, p. 26; parcialmente en Mente, carácter y personalidad, t. l, p. 98).
El Espíritu Santo y la Palabra están en perfecta armonía. El Espíritu Santo inspiró las Escrituras y siempre conduce hacia ellas…
La mente que es guiada por el Espíritu Santo, al investigar las Escrituras, contempla a su Autor y mediante esa contemplación brilla constantemente mientras él investiga la Palabra. Así es como el intelecto que aspira a alcanzar la norma de perfección es elevado para comprenderla (A fin de conocerle, p. 195).


