IMÁGENES TOMADAS DEL MATRIMONIO
“Y él me dijo: ‘Escribe: “¡Bienaventurados los llamados a la cena de bodas del Cordero!” ’ Además me dijo: ‘Estas son palabras verdaderas de Dios’ ” (Apoc. 19:9).
Lunes: 14 de abril
LA NOVIA HERMOSA
Ezequiel 16 presenta una imagen asombrosa de la consideración de Dios hacia su pueblo. La nación de Israel es descrita allí como una bebé abandonada en un campo para que muriera. Dios, representado como un caminante, la recoge, la lleva a su casa, la higieniza, la protege y la sustenta durante años y, cuando se ha vuelto una mujer, se casa con ella. Es una poderosa imagen de una unión matrimonial insólita.
Lee Ezequiel 16:4 al 14. ¿Qué nos enseñan los detalles de la exaltación de esta novia acerca de las intenciones de Dios hacia nosotros?
Ezequiel 16:4-14
4 Y en cuanto a tu nacimiento, el día que naciste no fue cortado tu ombligo, ni fuiste lavada con aguas para limpiarte, ni salada con sal, ni fuiste envuelta con fajas. 5 No hubo ojo que se compadeciese de ti para hacerte algo de esto, teniendo de ti misericordia; sino que fuiste arrojada sobre la faz del campo, con menosprecio de tu vida, en el día que naciste. 6 Y yo pasé junto a ti, y te vi sucia en tus sangres, y cuando estabas en tus sangres te dije: ¡Vive! Sí, te dije, cuando estabas en tus sangres: ¡Vive! 7 Te hice multiplicar como la hierba del campo; y creciste y te hiciste grande, y llegaste a ser muy hermosa; tus pechos se habían formado, y tu pelo había crecido; pero estabas desnuda y descubierta. 8 Y pasé yo otra vez junto a ti, y te miré, y he aquí que tu tiempo era tiempo de amores; y extendí mi manto sobre ti, y cubrí tu desnudez; y te di juramento y entré en pacto contigo, dice Jehová el Señor, y fuiste mía. 9 Te lavé con agua, y lavé tus sangres de encima de ti, y te ungí con aceite; 10 y te vestí de bordado, te calcé de tejón, te ceñí de lino y te cubrí de seda. 11 Te atavié con adornos, y puse brazaletes en tus brazos y collar a tu cuello. 12 Puse joyas en tu nariz, y zarcillos en tus orejas, y una hermosa diadema en tu cabeza. 13 Así fuiste adornada de oro y de plata, y tu vestido era de lino fino, seda y bordado; comiste flor de harina de trigo, miel y aceite; y fuiste hermoseada en extremo, prosperaste hasta llegar a reinar. 14 Y salió tu renombre entre las naciones a causa de tu hermosura; porque era perfecta, a causa de mi hermosura que yo puse sobre ti, dice Jehová el Señor.
Dios dijo a Israel, su esposa figurada, que bajo su cuidado llegó a ser “hermoseada en extremo” (Eze. 16:13). Cuando Dios la encontró por primera vez, nadie la consideró hermosa; era una niña desechada y abandonada para que muriera. Pero, a medida que Dios se ocupaba de ella, se hacía cada vez más hermosa, hasta que se convirtió en el tema de conversación del mundo. Esto fue particularmente cierto en el tiempo de los primeros reyes hebreos, bajo David y Salomón. La reina de Sabá incluso hizo un viaje especial para ver por sí misma el esplendor de Israel.
Sin embargo, la belleza de Israel era un don de Dios. Era hermosa y atraía la atención de las naciones precisamente porque era su esposa. Dios dice que su belleza era “perfecta” así como también el esplendor que Dios le había otorgado (Eze. 16:14).
Este es un tema recurrente en la Biblia: La esposa de Dios es hermosa no por mérito propio, sino porque Dios la ha hecho objeto de su favor. De manera similar, los creyentes somos hermosos a los ojos del Cielo no por algo que hayamos hecho, sino por el favor de Dios, por la salvación de la que él nos ha hecho objeto. Somos hermosos porque estamos cubiertos de su justicia, la “justicia de Dios” mismo (2 Cor. 5:21).
Todo estaba bien hasta el siguiente versículo de Ezequiel 16: “ ‘Pero confiaste en tu hermosura, te prostituiste a causa de tu renombre y derramaste tus fornicaciones a cuantos pasaron, para ser de ellos’ ” (Eze. 16:15).
Fuimos creados para reflejar la bondad y la gloria de Dios. Cuando las criaturas de Dios asumen que su hermosura es propia, esa belleza se rebaja y comienzan los problemas.
¿Cuáles son los peligros de confiar en nuestra propia “hermosura”? ¿Cómo podríamos pensar que hay algo en nosotros que nos convierte en meritorios ante Dios o nos hace merecedores de su amor? ¿Cómo podemos resguardarnos del orgullo espiritual?
Comentarios Elena G.W
Tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, la relación matrimonial se emplea para representar la unión tierna y sagrada que existe entre Cristo y su pueblo. En el pensar de Cristo, la alegría de las festividades de bodas simbolizaba el regocijo de aquel día en que él llevará la Esposa a la casa del Padre, y los redimidos juntamente con el Redentor se sentarán a la cena de las bodas del Cordero. El dice: «De la manera que el novio se regocija sobre la novia, así tu Dios se regocijará sobre ti». «Ya no serás llamada Dejada… sino que serás llamada mi Deleite… porque Jehová se deleita en ti Jehová… gozaráse sobre ti con alegría, callará de amor, se regocijará sobre ti con cantar». Isaías 62:5, 4, Sofonías 3:17. Cuando la visión de las cosas celestiales fue concedida a Juan el apóstol, escribió: «Y oí como la voz de una grande compañía, y como el ruido de muchas aguas, y como la voz de grandes truenos, que decía: Aleluya: porque reinó el Señor nuestro Dios Todopoderoso. Gocémonos y alegrémonos y démosle gloria; porque son venidas las bodas del Cordero, y su esposa se ha aparejado». «Bienaventurados los que son llamados a la cena del Cordero». Apocalipsis 19:6, 7, 9 (El Deseado de todas las gentes, p. 125).
El que creó a Eva para que fuese compañera de Adán realizó su primer milagro en una boda. En la sala donde los amigos y parientes se regocijaban, Cristo principió su ministerio público. Con su presencia sancionó el matrimonio, reconociéndolo como institución que él mismo había fundado. Había dispuesto que hombres y mujeres se unieran en el santo lazo del matrimonio, para formar familias cuyos miembros, coronados de honor, fueran reconocidos como miembros de la familia celestial.
Cristo honró también las relaciones matrimoniales al hacerlas símbolo de su unión con los redimidos. El es el Esposo, y la esposa es la iglesia, de la cual, como escogida por él, dice: «Toda tú eres hermosa, amiga mía, y en ti no hay mancha». Cantares 4:7…
El vínculo de la familia es el más estrecho, el más tierno y sagrado de la tierra. Estaba destinado a ser una bendición para la humanidad. Y lo es siempre que el pacto matrimonial sea sellado con inteligencia, en el temor de Dios, y con la debida consideración de sus responsabilidades (El ministerio de curación, p. 275).
Implantando en el corazón los principios de su Palabra, el Espíritu Santo desarrolla en los hombres los atributos de Dios. La luz de su gloria —su carácter— ha de brillar en sus seguidores. Así ellos han de glorificar a Dios, han de iluminar el camino a la casa del Esposo, a la ciudad de Dios, a la cena de bodas del Cordero (Palabras de vida del gran Maestro, p. 341).


