IMÁGENES TOMADAS DEL MATRIMONIO
“Y él me dijo: ‘Escribe: “¡Bienaventurados los llamados a la cena de bodas del Cordero!” ’ Además me dijo: ‘Estas son palabras verdaderas de Dios’ ” (Apoc. 19:9).
Martes: 15 de abril
LA ESPOSA PROSTITUTA DE OSEAS
La petición que Dios hizo al profeta Oseas es tal vez una de las más extrañas que jamás se hayan hecho a uno de sus siervos: que se casara con una mujer promiscua. Dios estaba utilizando a Oseas para ayudarnos a comprender, desde la perspectiva divina, el dolor que le provoca el pecado y la rebelión de los seres humanos. Dios había elegido amorosamente a su esposa, Israel, que lo engañó una y otra vez. Pese a ello y sorprendentemente, él la aceptó nuevamente y la restauró.
Compara Oseas 1:2 y 3:1 con Apocalipsis 17:1 y 2 y 18:1 al 4. ¿Qué tipo de prostitución es mencionada aquí? ¿Qué lecciones puede aprender la iglesia cristiana de la historia de Oseas? ¿De qué manera ha repetido la iglesia los pecados del Israel del Antiguo Testamento?
Oseas 1:2
2 El principio de la palabra de Jehová por medio de Oseas. Dijo Jehová a Oseas: Ve, tómate una mujer fornicaria, e hijos de fornicación; porque la tierra fornica apartándose de Jehová.
Oseas 3:1
1 Me dijo otra vez Jehová: Ve, ama a una mujer amada de su compañero, aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de Israel, los cuales miran a dioses ajenos, y aman tortas de pasas.
Apocalipsis 17:1-2
1 Vino entonces uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo diciéndome: Ven acá, y te mostraré la sentencia contra la gran ramera, la que está sentada sobre muchas aguas; 2 con la cual han fornicado los reyes de la tierra, y los moradores de la tierra se han embriagado con el vino de su fornicación.
Apocalipsis 18:1-4
1 Después de esto vi a otro ángel descender del cielo con gran poder; y la tierra fue alumbrada con su gloria. 2 Y clamó con voz potente, diciendo: Ha caído, ha caído la gran Babilonia, y se ha hecho habitación de demonios y guarida de todo espíritu inmundo, y albergue de toda ave inmunda y aborrecible. 3 Porque todas las naciones han bebido del vino del furor de su fornicación; y los reyes de la tierra han fornicado con ella, y los mercaderes de la tierra se han enriquecido de la potencia de sus deleites. 4 Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas;
La Biblia revela que los errores del Israel del Antiguo Testamento serían repetidos en gran medida por la iglesia cristiana. El pueblo que había hecho pacto con Dios se descarrió antes del Exilio al adoptar las prácticas idólatras de las naciones paganas vecinas. “Preocupado por la creciente tensión den- tro de la iglesia sobre las ideas de Arrio, Constantino convocó e intervino en el Concilio de Nicea” (Christopher A. Hall, “How Arianism Almost Won”, Christian History Magazine 85 [2004]). El pueblo de Dios se alejó de su relación con él para encontrar en otros las presuntas soluciones a sus problemas.
A la luz de las palabras elegidas por Dios en el mensaje de Ezequiel, no solo estaba señalando lo que su pueblo había hecho mal, sino también cómo se sentía él a causa de ello. Quienes han sido traicionados por un cónyuge pueden comprender los sentimientos de devastación que nuestra infidelidad a Cristo produce en los atrios celestiales. Quizá lo más asombroso de la historia de Oseas sea cuán lejos llegó para redimir a su esposa descarriada.
Resulta notorio que el llamado final de Dios a salir de Babilonia está dirigido a su propio pueblo, no a extraños. Él lo conoce íntimamente y lo ama. Y, mientras el mundo se dirige presuroso hacia su peor hora, Dios sigue ofreciéndonos la redención, que le costó su propia sangre. Más que ninguna otra cosa, la cruz de Cristo debería ser para nosotros la mayor demostración de cuán fervientemente desea el Señor salvar a su pueblo descarriado.
¿De qué maneras puede hoy cualquier iglesia, incluso la nuestra, fornicar espiritualmente?
Comentarios Elena G.W
En un lenguaje simbólico Oseas presentó a las diez tribus el plan que Dios tenía para volver a otorgar a toda alma penitente que se uniese con su iglesia en la tierra las bendiciones concedidas a Israel en los tiempos cuando este le era leal en la tierra prometida. Refiriéndose a Israel como a quien deseaba manifestar misericordia, el Señor declaró: «Empero he aquí, yo la induciré, y la llevaré al desierto, y hablaré a su corazón. Y daréle sus viñas desde allí, y el valle de Achor por puerta de esperanza; y allí cantará como en los tiempos de su juventud, y como en el día de su subida de la tierra de Egipto. Y será que en aquel tiempo, dice Jehová, me llamarás Marido mío, y nunca más me llamarás Baali [Margen: Mi señor]. Porque quitaré de su boca los nombres de los Baales, y nunca más serán mentados por sus nombres». Oseas 2: 14-17.
En los últimos días de la historia de esta tierra, debe renovarse el pacto de Dios con su pueblo que guarda sus mandamientos. «En aquel día yo haré por ellos un pacto con las fieras del campo, y con las aves del cielo, y con los reptiles del suelo; y quebraré el arco y la espada, y quitaré la guerra de en medio de la tierra; y haré que duerman ellos seguros. Y te desposaré conmigo para siempre: sí, te desposaré conmigo en justicia, y en rectitud, y en misericordia y en compasiones; también te desposaré conmigo en fidelidad, y tú conocerás a Jehová.
«Sucederá también que en aquel día yo responderé, dice Jehová; yo responderé a los cielos, y ellos responderán a la tierra: y la tierra responderá al trigo y al vino y al aceite; y ellos responderán a Jezreel. Y te sembraré para mí mismo en la tierra; y me compadeceré de la no compadecida, y al que dije que no era mi pueblo, le diré: ¡Pueblo mío eres! y él me dirá a mí: ¡Tú ere mi Dios!» Vers. 18-23 (Profetas y reyes, pp. 223, 224).
Esta es una prueba de que Dios se resiste a abandonar a su pueblo. Y para que Israel no descuidara tanto sus reprobaciones y sus advertencias, hasta el punto de olvidarse de ellas, demoró el juicio sobre su pueblo y le dio un registro completo de su desobediencia y graves pecados, así como de los juicios que había declarado como consecuencia de sus transgresiones, desde los días de Josías hasta aquel tiempo. De ese modo, los israelitas tendrían una nueva oportunidad para ver su maldad y arrepentirse. Esto nos demuestra que Dios no se complace en afligir a su pueblo; sino que, con un cuidado que sobrepasa el de un padre que se apiada de su hijo descarriado, ruega a su pueblo errante que regrese a la lealtad (Testimonios para la Iglesia, t. 4, p. 176).


