Martes 22 de abril – RECIBIÓ LO QUE PIDIÓ – LAS NACIONES – PRIMERA PARTE

LAS NACIONES – PRIMERA PARTE

“Y le fue dado dominio, y gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio es eterno, que nunca pasará, y su reino nunca será destruido” (Dan. 7:14).

Martes: 22 de abril

RECIBIÓ LO QUE PIDIÓ

Según lo establecido originalmente por Dios, Israel no habría de tener un monarca humano como las otras naciones. Con el tiempo, sin embargo, la fe de Israel flaqueó y anhelaron ser como “las naciones” paganas.

Lee 1 Samuel 8:4 al 18. ¿Por qué los ancianos o líderes querían un rey? ¿De qué manera caemos nosotros en tentaciones similares?

1 Samuel 8:4-18

Entonces todos los ancianos de Israel se juntaron, y vinieron a Ramá para ver a Samuel, y le dijeron: He aquí tú has envejecido, y tus hijos no andan en tus caminos; por tanto, constitúyenos ahora un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones. Pero no agradó a Samuel esta palabra que dijeron: Danos un rey que nos juzgue. Y Samuel oró a Jehová. Y dijo Jehová a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos. Conforme a todas las obras que han hecho desde el día que los saqué de Egipto hasta hoy, dejándome a mí y sirviendo a dioses ajenos, así hacen también contigo. Ahora, pues, oye su voz; mas protesta solemnemente contra ellos, y muéstrales cómo les tratará el rey que reinará sobre ellos. 10 Y refirió Samuel todas las palabras de Jehová al pueblo que le había pedido rey. 11 Dijo, pues: Así hará el rey que reinará sobre vosotros: tomará vuestros hijos, y los pondrá en sus carros y en su gente de a caballo, para que corran delante de su carro; 12 y nombrará para sí jefes de miles y jefes de cincuentenas; los pondrá asimismo a que aren sus campos y sieguen sus mieses, y a que hagan sus armas de guerra y los pertrechos de sus carros. 13 Tomará también a vuestras hijas para que sean perfumadoras, cocineras y amasadoras. 14 Asimismo tomará lo mejor de vuestras tierras, de vuestras viñas y de vuestros olivares, y los dará a sus siervos. 15 Diezmará vuestro grano y vuestras viñas, para dar a sus oficiales y a sus siervos. 16 Tomará vuestros siervos y vuestras siervas, vuestros mejores jóvenes, y vuestros asnos, y con ellos hará sus obras. 17 Diezmará también vuestros rebaños, y seréis sus siervos. 18 Y clamaréis aquel día a causa de vuestro rey que os habréis elegido, mas Jehová no os responderá en aquel día.

Es importante notar que el hecho de que pidieran un rey implicaba rechazar a Dios como su gobernante. Según lo establecido, la nación debía responder directamente al Creador, y su relación con él se ponía de manifiesto, entre otras cosas, por medio del Santuario y sus servicios. Al solicitar un rey, traerían sobre sí los mismos padecimientos que experimentaban los reinos paganos: reclutamiento militar para las guerras del rey, confiscación de bienes, impuestos y otros males. Descubrirían que los poderosos tienden a gobernar para su propio beneficio, no benévolamente, como Dios.

Además, el nuevo arreglo sería permanente. Se daría a Israel lo que pidiera, pero cuando se diera cuenta de que se había equivocado, el nuevo sistema de gobierno seguiría en pie. “En ese día clamarán a mí a causa del rey que habrán elegido, pero el Señor no los oirá” (1 Sam. 8:18).

Dios conoce la debilidad de su pueblo y predijo desde el principio que Israel pediría un rey humano. Así lo hicieron, y gran parte de la historia sagrada es el relato de las consecuencias de esa decisión.

Lee Deuteronomio 17:14 al 20. Nota que Dios no dice: “Les daré un rey”, sino que es su pueblo quien quiere uno. Dios puso salvaguardas para proteger a su pueblo de algunos de los males del gobierno humano, aunque, como lo demostró la historia de la nación y sus reyes, esas salvaguardas fueron a menudo ignoradas.

Basta con mirar la historia de Israel después de que decidió tener un monarca para ver cuán penosas fueron las cosas para ellos bajo sus reyes. Aunque algunos de estos fueron mejores que otros, incluso los “buenos” hicieron lo malo (piensa en David y Betsabé). En muchos casos, la nación vivió bajo el gobierno de un rey tras otro que hizo “lo malo a los ojos del Señor” (ver 1 Rey. 11:6; 15:26; 16:30; 2 Rey. 3:2, etc.).

Hoy como ayer, todos los gobiernos humanos tienen algo en común: pecadores gobiernan a pecadores. En vista de ello, no debería sorprendernos que las cosas no resulten bien.

Comentarios Elena G.W

El Señor había predicho por medio de sus profetas que Israel sería gobernado por un rey; pero de ello no se desprende que esta forma de gobierno fuera la mejor para ellos, o según su voluntad. Él permitió al pueblo que siguiera su propia elección, porque rehusó guiarse por sus consejos. Oseas declara que Dios les dio un rey en su «furor». Oseas 13: 11. Cuando los hombres deciden seguir su propio sendero sin buscar el consejo de Dios, o en oposición a su voluntad revelada, les otorga con frecuencia lo que desean, para que por medio de la amarga experiencia subsiguiente sean llevados a darse cuenta de su insensatez y a arrepentirse de su pecado. El orgullo y la sabiduría de los hombres constituyen una guía peligrosa. Lo que el corazón ansía en contradicción a la voluntad de Dios resultará al fin en una maldición más bien que en una bendición (Historia de los patriarcas y profetas, p. 656).

Cuando Saúl fue proclamado rey, Samuel había asegurado al pueblo que el peligro futuro sería olvidar el pacto del Señor y no reconocer a Dios como el Gobernante supremo de su nación. Israel había buscado y obtenido una monarquía según su propio corazón, pero Samuel les había dicho que el Señor, en su infinita misericordia, estaba dispuesto a perdonarlos y ayudarlos, si tan solo le temían y le servían de verdad. La cuestión de la conversión de Israel en la casa real del reino de Dios estaba por decidirse. ¿Obedecería explícitamente a Dios el Israel de Dios, con un rey a la cabeza, o no lo haría? O Israel dejaba de ser el pueblo de Dios, o los principios sobre los que se fundaba la monarquía se volvían espirituales y la nación era gobernada por un poder divino. Si Israel fuera enteramente del Señor, entonces el Señor constituiría un reino en el que la voluntad de lo humano y terrenal estaría sometida a la. voluntad de Dios, y, por este medio, se preservaría la relación de alianza que instituía a Dios como Gobernante de Israel. La cuestión puede parecer de poca importancia para nuestras mentes finitas; pero distaba mucho de serlo. ¿Escucharía el rey que Israel había elegido al Gobernante de todos los reyes? ¿Rendiría su voluntad y haría la del Padre que está en los cielos? Ninguna monarquía en Israel que no reconociera en todos sus caminos la suprema autoridad de Dios podría prosperar. Mientras el pueblo de Israel se condujera de manera subordinada a Dios, él sería su protección y defensa (The Signs of the Times, 10 de junio, 1888, «The Rejection of Saul», párr. 2).

Dios había elegido a Israel. Lo había llamado para conservar entre los hombres el conocimiento de su ley, así como los símbolos y las profecías que señalaban al Salvador. Deseaba que fuese como fuente de salvación para el mundo. Como Abraham en la tierra donde peregrinó, José en Egipto y Daniel en la corte de Babilonia, había de ser el pueblo hebreo entre las naciones. Debía revelar a Dios ante los hombres…

Pero los israelitas cifraron sus esperanzas en la grandeza mundanal. Desde el tiempo en que entraron en la tierra de Canaán, se apartaron de los mandamientos de Dios y siguieron los caminos de los paganos. En vano Dios les mandaba advertencias por sus profetas. En vano sufrieron el castigo de la opresión pagana. A cada reforma seguía una apostasía mayor (El Deseado de todas las gentes, p. 20).

Elena G.W

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