ENTENDIENDO EL SACRIFICIO
“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: ‘Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación’ ” (Apoc. 5:9, RVR 1960).
Lunes: 5 de mayo
SANGRE DE TOROS Y DE MACHOS CABRÍOS
Algunos han criticado la idea del sacrificio como algo cruel e injusto. Sin embargo, ese es precisamente el punto. La muerte de Cristo fue cruel e injusta. El inocente murió en lugar de los culpables. Eso era lo necesario para resolver el problema del pecado. Y esa muerte, la de Cristo, era lo que señalaban todos los sacrificios crueles e injustos de animales inocentes.
Lee Hebreos 10:3 al 10. ¿Qué nos enseña este pasaje acerca de los sacrificios que el pueblo de Dios ofrecía en la época del Antiguo Testamento? Puesto que los pecadores no podían salvarse en virtud de ellos, ¿qué sentido tenía ofrecerlos?
Hebreos 10:3-10
3 Pero en estos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados; 4 porque la sangre de los toros y de los machos cabríos no puede quitar los pecados. 5 Por lo cual, entrando en el mundo dice: Sacrificio y ofrenda no quisiste; Mas me preparaste cuerpo. 6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron. 7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad, Como en el rollo del libro está escrito de mí. 8 Diciendo primero: Sacrificio y ofrenda y holocaustos y expiaciones por el pecado no quisiste, ni te agradaron (las cuales cosas se ofrecen según la ley), 9 y diciendo luego: He aquí que vengo, oh Dios, para hacer tu voluntad; quita lo primero, para establecer esto último. 10 En esa voluntad somos santificados mediante la ofrenda del cuerpo de Jesucristo hecha una vez para siempre.
Los corderos y otros animales sacrificados eran meros símbolos que apuntaban hacia el sacrificio expiatorio del Cordero de Dios. Eran actos de fe que daban a los pecadores la oportunidad concreta de expresar su confianza en la obra del Mesías venidero. A menudo nos referimos a esta clase de representaciones sacrificiales como “tipos”, o modelos ilustrativos, que encontraron su cumplimiento cuando fueron reemplazados por su correspondiente “antitipo”; es decir, por la realidad que ellos anunciaban o representaban anticipadamente. Algunos incluso han descrito esos sacrificios como “miniprofecías” acerca de la muerte de Jesús en la Cruz.
Los rituales asociados al sacrificio se parecían a la compra de un boleto para realizar un viaje. Cuando se compra un boleto de tren, de autobús o de avión, no se recibe inmediatamente el viaje por el que se ha pagado. En su lugar, uno recibe un billete o tarjeta de embarque, un símbolo o promesa del viaje que hará. Uno puede sentarse sobre ese trozo de papel, pero eso no lo llevará a ningún lugar. No obstante, cuando la persona está ya dentro del medio de transporte y comienza el viaje, ha recibido aquello por lo que pagó. El pasaje, el trozo de papel, deja entonces de ser necesario.
Lo mismo ocurría con los animales sacrificados. Desempeñaban un papel importante, pero una vez realizado el verdadero sacrificio, el de Cristo en la Cruz, dejaron de tener sentido, algo que resultó evidente cuando el velo que separaba el Lugar Santo del Lugar Santísimo del Santuario terrenal se rasgó al morir Jesús. “Entonces el velo del templo se rasgó en dos, desde arriba hacia abajo” (Mar. 15:38). El sistema de sacrificios, el Templo y todo lo demás señalaban a la muerte de Jesús en la Cruz. Una vez que Jesús cumplió su misión en la Cruz y resucitó victorioso, los tipos o representaciones se volvieron innecesarios.
Piensa en cuán grave es el pecado, al punto de que solo la muerte de Jesús, el Verbo encarnado (ver Juan 1:1-3, 14), podía expiarlo. ¿Qué nos dice esto acerca de cuál debe ser nuestra actitud hacia el pecado?
Juan 1:1-3, 14
1 En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. 2 Este era en el principio con Dios. 3 Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.
14 Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Comentarios Elena G.W
Los símbolos y sombras del servicio de sacrificios, junto con las profecías, dieron a los israelitas una visión velada y borrosa de la misericordia y de la gracia que habían de ser traídas al mundo mediante la revelación de Cristo. Se desplegó ante Moisés el significado de los símbolos y sombras que señalan a Cristo. El vio el fin de lo que había de ser abolido cuando, en la muerte de Cristo, el símbolo se encontrara con lo simbolizado. Vio que únicamente mediante Cristo puede el hombre guardar la ley moral. Por la transgresión de esa ley, el hombre introdujo el pecado en el mundo, y con el pecado vino la muerte. Cristo llegó a ser la propiciación por los pecados del hombre. Ofreció la perfección de su carácter en lugar de la pecaminosidad del hombre. Tomó sobre sí mismo la maldición de la desobediencia. Los sacrificios y las ofrendas señalaban el sacrificio que iba a realizar. El cordero sacrificado simbolizaba al Cordero que había de quitar el pecado del mundo.
Viendo el objetivo de lo que había de ser abolido, viendo a Cristo como revelado en la ley, se iluminó el rostro de Moisés. La ministración de la ley, escrita y grabada en piedra, era una ministración de muerte. Sin Cristo, el transgresor era dejado bajo su maldición, sin esperanza de perdón. La ministración no tenía gloria en sí misma, pero el Salvador prometido, revelado en los símbolos y sombras de la ley ceremonial, hacía que la ley moral fuera gloriosa (Mensajes selectos, t. 1, pp. 279, 280).
El plan de salvación ha vindicado la justicia y la misericordia de Dios, y durante toda la eternidad la rebelión no se levantará otra vez. La aflicción nunca más se sentirá en el universo de Dios.
Al hombre caído le fue revelado el plan de infinito sacrificio por el cual se lograría la salvación. Nada sino la muerte del amado Hijo de Dios podía expiar el pecado del hombre, y Adán se maravilló por la bondad de Dios al proporcionar tal rescate por el pecador. Por el amor de Dios, una estrella de esperanza iluminó el terrible futuro que se extendía delante del transgresor. Mediante el establecimiento de un sistema simbólico de sacrificios y ofrendas, la muerte de Cristo había de estar siempre delante del hombre culpable, para que pudiera comprender mejor la naturaleza del pecado, los resultados de la transgresión y el mérito de la ofrenda divina. Si no hubiese habido pecado, el hombre no hubiera conocido nunca la muerte. Pero en la víctima inocente sacrificada por su propia mano, contemplaba los frutos del pecado: la muerte del Hijo de Dios en su lugar. Veía el carácter inmutable de la ley que ha transgredido, y confesando su pecado, confía en los méritos del «Cordero de Dios que quita el pecado del mundo».
El plan de salvar a los pecadores solo por medio de Cristo era el mismo en los días de Adán, Noé, Abraham, y en cada generación sucesiva que vivió antes del advenimiento de Cristo, como lo es en nuestros días. Patriarcas, profetas y mártires, desde el justo Abel, esperaban la venida de un Salvador, y mostraban su fe en él mediante sacrificios y ofrendas. El sacrificio de animales era una sombra de la ofrenda sin pecado del amado Hijo de Dios, e indicaba su muerte en la cruz. Pero en la crucifixión, el símbolo se encontró con la realidad, y allí cesó el sistema simbólico (The Bibie Echo, 15 de julio, 1893, «The Plan of Salvation the Same in All Ages», párr. 5-7; parcialmente en A fin de conocerle, p. 19).


