ENTENDIENDO EL SACRIFICIO
“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: ‘Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación’ ” (Apoc. 5:9, RVR 1960).
Jueves: 8 de mayo
TÚ CREASTE TODAS LAS COSAS
Los profetas estuvieron en pocas ocasiones suficientemente cerca de Dios en visión como para que se les permitiera ver el Trono de Dios. Ezequiel lo vio por encima del firmamento (Eze. 1:26); Isaías visitó el templo del Cielo (Isa. 6:1). A su vez, Juan fue escoltado hasta allí en visión y registró una de las descripciones más explícitas que tenemos del Trono de Dios (Apoc. 4; 5). Los tipos propios del servicio del Santuario en el Antiguo Testamento indicaban que solo había un camino por el que la humanidad podía entrar en la presencia de Dios: la sangre de Cristo (ver, por ejemplo, Lev. 16:2, 14).
Lee Isaías 6:1 al 5 y Apocalipsis 4:2 al 11. ¿Qué elementos de estas dos visiones son similares? Presta atención al orden de los acontecimientos: ¿Qué tema se presenta primero? ¿Qué viene después? ¿Qué verdad acerca de Dios es subrayada en estas visiones?
Isaías 6:1-5
1 En el año que murió el rey Uzías vi yo al Señor sentado sobre un trono alto y sublime, y sus faldas llenaban el templo. 2 Por encima de él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3 Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Jehová de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. 4 Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo. 5 Entonces dije: ¡Ay de mí! que soy muerto; porque siendo hombre inmundo de labios, y habitando en medio de pueblo que tiene labios inmundos, han visto mis ojos al Rey, Jehová de los ejércitos.
Apocalipsis 4:2-11
2 Y al instante yo estaba en el Espíritu; y he aquí, un trono establecido en el cielo, y en el trono, uno sentado. 3 Y el aspecto del que estaba sentado era semejante a piedra de jaspe y de cornalina; y había alrededor del trono un arco iris, semejante en aspecto a la esmeralda. 4 Y alrededor del trono había veinticuatro tronos; y vi sentados en los tronos a veinticuatro ancianos, vestidos de ropas blancas, con coronas de oro en sus cabezas. 5 Y del trono salían relámpagos y truenos y voces; y delante del trono ardían siete lámparas de fuego, las cuales son los siete espíritus de Dios. 6 Y delante del trono había como un mar de vidrio semejante al cristal; y junto al trono, y alrededor del trono, cuatro seres vivientes llenos de ojos delante y detrás. 7 El primer ser viviente era semejante a un león; el segundo era semejante a un becerro; el tercero tenía rostro como de hombre; y el cuarto era semejante a un águila volando. 8 Y los cuatro seres vivientes tenían cada uno seis alas, y alrededor y por dentro estaban llenos de ojos; y no cesaban día y noche de decir: Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es, y el que ha de venir. 9 Y siempre que aquellos seres vivientes dan gloria y honra y acción de gracias al que está sentado en el trono, al que vive por los siglos de los siglos, 10 los veinticuatro ancianos se postran delante del que está sentado en el trono, y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y echan sus coronas delante del trono, diciendo: 11 Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas.
En cada una de estas visiones de la sala del Trono, lo primero que sucede es que los seres celestiales destacan la santidad de Dios. En la visión de Isaías, la escena es impresionante: el Templo se llenó de humo y “los quiciales de las puertas se estremecieron” mientras los serafines proclamaban la santidad de Dios. En la visión de Juan, los querubines hacen la misma declaración: “Santo, santo, santo”. Cada profeta presenció una deslumbrante escena acerca de la gloria de Dios.
Se nos muestra luego la reacción del profeta ante la escena. Isaías exclama que es un hombre de labios impuros (Isa. 6:5), mientras que Juan llora porque se enfrenta a la trágica verdad de que no se puede encontrar a nadie digno (Apoc. 5:4). Cuando se nos presenta directamente la dignidad de Dios, empezamos por fin a comprender la situación humana: somos totalmente indignos y necesitamos a Cristo como Redentor.
Satanás ha lanzado muchas acusaciones contra Dios, argumentando que es arbitrario, egoísta y severo, pero aun un breve momento en la sala del Trono de Dios pone al descubierto las mentiras de Satanás. Al ver a Cristo como es en realidad, “el Cordero que fue inmolado” (Apoc. 5:12, RVR 1960), vemos también al Padre tal cual es. Cuán reconfortante es saber que al contemplar a Jesús descubrimos cómo es el Padre (Juan 14:9). Pero, la mayor revelación de cómo es el Padre se aprecia en la muerte de Jesús por nosotros en la Cruz.
La Cruz, por lo tanto, debería mostrarnos dos cosas: que Dios nos ama al punto de sacrificarse por nosotros, y que nuestra condición como pecadores es tan grave y desesperada que solo mediante la Cruz podemos ser salvados.
Comentarios Elena G.W
El Redentor del mundo era igual a Dios. Su autoridad era la autoridad de Dios. Declaró que no tenía existencia aparte del Padre. La autoridad con la que habló y obró milagros era expresamente suya, y sin embargo nos asegura que él y el Padre son uno…
Como legislador, Jesús ejercía la autoridad de Dios; sus órdenes y decisiones eran apoyadas por el Soberano del trono eterno. La gloria del Padre era revelada en el Hijo… Estaba tan perfectamente relacionado con Dios, tan completamente imbuido de su luz, que el que había visto al Hijo, había visto al Padre. Su voz era como la voz de Dios (A fin de conocerle, p. 40).
Ojalá todos pudieran contemplar a nuestro precioso Salvador tal como es: un Salvador. Que su mano aparte el velo que oculta su gloria de nuestros ojos. Aparece en su elevado y santo lugar. ¿Qué veremos? Nuestro Salvador no está en actividad de e inactividad: está rodeado por seres celestiales, querubines y serafines, miríadas y miríadas de ángeles.
Todos esos seres celestiales tienen un propósito superior a todos los demás, en el cual están intensamente interesados: la iglesia [de Cristo] en un mundo de corrupción. Todas esas huestes están al servicio del Príncipe del cielo, ensalzan al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Están trabajando para Cristo, bajo su mandato, para salvar hasta lo sumo a todos los que dependen de él y creen en él. Estos seres celestiales se apresuran en su misión haciendo en favor de Cristo aquello que Herodes y Pilato hicieron contra él. Se unen para destacar el honor y la gloria de Dios. Están unidos en una santa alianza, en una grandiosa y sublime unidad de propósito, para mostrar el poder, la compasión, el amor y la gloria del Salvador crucificado y resucitado.
Estos ejércitos del cielo ilustran con su servicio lo que debiera ser la iglesia de Dios. Cristo está trabajando en favor de ellos en los atrios celestiales, enviando a sus mensajeros a todas partes del globo para que ayuden a cada sufriente que acude a él en busca de ayuda, de vida espiritual y conocimiento.
La iglesia de Cristo en la tierra está en medio de la oscuridad moral de un mundo desleal que está hollando la ley de Jehová, pero su Redentor, que ha comprado su rescate con el precio de su propia preciosa sangre, ha ordenado todo lo necesario para que su iglesia sea un cuerpo transformado, iluminado por la Luz del mundo, en posesión de la gloria de Emanuel. Los brillantes rayos del Sol de justicia, brillando a través de su iglesia, reunirán en el redil de Cristo a cada oveja perdida y extraviada, que vendrá a él y hallará refugio en él. Encontrarán paz, luz y gozo en Aquel que es paz y justicia eterna (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 979).


