FUNDAMENTOS DE LA PROFECÍA
“Después oí la voz del Señor, que dijo: ‘¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?’ Entonces respondí: ‘Aquí estoy, envíame a mí’ ” (Isa. 6:8).
Lunes: 12 de mayo
LOS DOS QUERUBINES
Tan pronto como nuestros primeros padres fueron expulsados del Edén, Dios ofreció la esperanza del Mesías (Gén. 3:15). Estableció entonces un poderoso símbolo a las puertas del Edén: dos querubines con una destellante luz entre ellos. No debe perderse de vista el hecho de que esta escena se asemeja al Arca de la Alianza, símbolo del Trono de Dios (Éxo. 25:18).
Lee Génesis 3:22 al 24. ¿Qué tarea se encomendó a los querubines y por qué?
Génesis 3:22-24
22 Y dijo Jehová Dios: He aquí el hombre es como uno de nosotros, sabiendo el bien y el mal; ahora, pues, que no alargue su mano, y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre. 23 Y lo sacó Jehová del huerto de Edén, para que labrase la tierra de que fue tomado. 24 Echó, pues, fuera al hombre, y puso al oriente del huerto de Edén querubines, y una espada encendida que se revolvía por todos lados, para guardar el camino del árbol de la vida.
Si bien es cierto que los querubines tenían la responsabilidad de impedir que los pecadores accedieran al Árbol de la Vida (Gén. 3:22), también eran un símbolo de esperanza, de la promesa de que un día los seres humanos volverían al Paraíso. “El Jardín del Edén permaneció sobre la Tierra mucho tiempo después de que el hombre fuera expulsado de sus agradables senderos (ver Gén. 4:16). Por mucho tiempo se le permitió a la raza caída contemplar de lejos el hogar de la inocencia, cuya única entrada estaba vedada por los ángeles vigilantes. En la puerta del Paraíso, custodiada por querubines, se revelaba la gloria divina. Aquí venían Adán y sus hijos a adorar a Dios. Allí renovaban sus votos de obediencia a esa Ley cuya transgresión los había arrojado del Edén. […] Pero en la restitución final, cuando haya ‘un cielo nuevo y una tierra nueva’ (Apoc. 21:1), se lo ha de restaurar más gloriosamente embellecido que al principio” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 46, 47).
Génesis 3:24 es también interesante en otro sentido: la palabra hebrea traducida allí como “puso” (shakan) es la misma que designa el Tabernáculo, o Santuario (ver Éxo. 25:9; Núm. 3:26), donde Dios moraba (shakan) con su pueblo. Aunque el sustantivo shekinah (derivado de shakan), como designación de la presencia de Dios, no aparece en la Biblia, la raíz del término designa el Santuario (la morada de Dios con su pueblo) y aparece en Génesis 3:24: “Dios puso (heb. shakan) querubines al oriente del Jardín del Edén”.
La Biblia asocia a los querubines con la presencia de Dios (ver 1 Crón. 13:6; Sal. 80:1; Isa. 37:16), en particular con su Trono, el lugar donde es proclamado su nombre. En tal sentido, los 24 ancianos que están ante el Trono de Dios en Apocalipsis 4 y 5 lo alaban y reconocen su derecho a gobernar como Creador de todas las cosas (Apoc. 4:11). Esto puede ayudarnos a entender la escena de la sala del Trono y nuestro papel como pecadores perdonados en relación con nuestro Hacedor.
Comentarios Elena G.W
El glorioso recordativo del poder maravilloso de Dios pronto será restaurado al sitial que le corresponde. Entonces el paraíso perdido se transformará en el paraíso restaurado. El plan de Dios para la redención del hombre quedará concluido. El Hijo del hombre colocará sobre los justos la corona de la vida eterna, y ellos «le sirven día y noche en su templo; y el que está sentado sobre el trono extenderá su tabernáculo sobre ellos. Ya no tendrán hambre ni sed, y el sol no caerá más sobre ellos, ni calor alguno; 17 porque el Cordero que está en medio del trono los pastoreará, y los guiará a fuentes de aguas de vida; y Dios enjugará toda lágrima de los ojos de ellos». Apocalipsis 7:15-17 (The Review and Herald, 5 de septiembre, 1899, «The First and the Second Advent», párr. 15; parcialmente en Exaltad a Jesús, 25 de diciembre, p. 367).
Cuando se da la bienvenida a los redimidos en la ciudad de Dios, un grito triunfante de admiración llena los aires. Los dos Adanes están a punto de encontrarse… Al distinguir Adán las cruentas señales de los clavos, no se echa en los brazos de su Señor, sino que se prosterna humildemente a sus pies, exclamando: «¡Digno, digno es el Cordero que fue inmolado!» El Salvador lo levanta con ternura, y le invita a contemplar nuevamente la morada edénica de la cual ha estado desterrado por tanto tiempo.
Después de su expulsión del Edén, la vida de Adán en la tierra estuvo llena de pesar. Cada hoja marchita, cada víctima ofrecida en sacrificio, cada ajamiento en el hermoso aspecto de la naturaleza, cada mancha en la pureza del hombre, le volvían a recordar su pecado. Terrible fue la agonía del remordimiento cuando notó que aumentaba la iniquidad, y que en contestación a sus advertencias, se le tachaba de ser él mismo causa del pecado… Se arrepintió sinceramente de su pecado y confió en los méritos del Salvador prometido, y murió en la esperanza de la resurrección. El Hijo de Dios reparó la culpa y caída del hombre, y ahora, merced a la obra de propiciación, Adán es restablecido a su primitiva soberanía.
Transportado de dicha, contempla los árboles que hicieron una vez su delicia, los mismos árboles cuyos frutos recogiera en los días de su inocencia y dicha. Ve las vides que sus propias manos cultivaron, las mismas flores que se gozaba en cuidar en otros tiempos. Su espíritu abarca toda la escena; comprende que este es en verdad el Edén restaurado y que es mucho más hermoso ahora que cuando él fue expulsado. El Salvador le lleva al árbol de la vida, toma su fruto glorioso y se lo ofrece para comer. Adán mira en torno suyo y nota a una multitud de los redimidos de su familia que se encuentra en el paraíso de Dios. Entonces arroja su brillante corona a los pies de Jesús, y, cayendo sobre su pecho, abraza al Redentor. Toca luego el arpa de oro, y por las bóvedas del cielo repercute el canto triunfal: «¡Digno, digno, digno es el Cordero, que fue inmolado y volvió a vivir!? La familia de Adán repite los acordes y arroja sus coronas a los pies del Salvador, inclinándose ante él en adoración (El conflicto de los siglos, pp. 629, 630).


