«Y se opusieron al rey Uzías. Le dijeron: Uzías, el quemar incienso al Señor no te corresponde a ti, sino sólo a los sacerdotes descendientes de Aarón, que han sido consagrados para quemarlo. Sal ahora del santuario, porque has pecado, y delante del Señor Dios eso no te es nada honroso» (2 Crónicas 26: 18, RVC).
El rey Uzías estaba en el apogeo de su reinado. Su inteligencia le había permitido inventar máquinas de guerra con la cuales se hizo poderoso. Sin embargo, «cuando se hizo fuerte, su corazón se enalteció, y eso fue su ruina, porque se rebeló contra el Señor su Dios y hasta entró en el templo del Señor para quemar incienso en el altar del incienso» (2 Crónicas 26: 16).
Siendo el soberano de la nación tenía derecho de hacer su voluntad siempre y cuando esta no fuera contra la voluntad y reglas de Dios, un Rey que está por encima de cualquier mortal. No obstante, Uzías olvidó este pequeño detalle. Al sentir el poder de su gloria creyó que todo lo había logrado por sus propias fuerzas y desafió la autoridad divina. Como rey, sabía muy bien que no le estaba permitido entrar al templo para quemar incienso y, a pesar de ello, lo hizo. Cuando el sacerdote Azarías entró para reprenderlo, el rey se enojó tanto, por lo que allí mismo Dios envió su castigo (2 Crónicas 26: 19). El resto de sus días vivió leproso, sin trono, sin gloria ni corona y alejado de su familia.
De no haber sido por aquel incidente, el registro histórico de Uzías habría sido sin mancha. Este hecho debería hacernos reflexionar en nuestras actitudes en cuanto a los asuntos sagrados. En ocasiones, hay personas que han pasado tantos años en cierto cargo, que se sienten dueños de las congregaciones y que pueden hacer y deshacer a su antojo. Otros sienten que Dios es su igual y rebasan el límite del respeto cuando se refieren a él. No es honroso para ningún ser humano tomarse atributos que no le corresponden; todo lo contrario, resulta vergonzoso. De alguna manera el Señor nos busca y nos reprende cuando nuestros pasos están mal encaminados. No obstante, muchos recurren al enojo, como lo hizo el rey, cuando son puestos en evidencia.
Querida amiga, no es honroso olvidar a quién debemos todo lo que somos. La ruina del rey le sobrevino cuando su corazón se enalteció. Vivamos en humildad, y el orgullo y la arrogancia no tendrán lugar en nuestro corazón.
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