«Pero el rey le respondió: “De ninguna manera. Yo te pagaré su precio. No voy a ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada”. Y David le compró la era y los toros por cincuenta monedas de plata» (2 Samuel 24: 24, RVC).
Delante del rey David se presentaban tres opciones de castigo. Nuevamente, el orgullo de sentir que había hecho una gran nación lo llevó a la necedad de censar al pueblo, y la ira de Dios se encendió sobre él. Como resultado vinieron tres días de mortandad sobre el pueblo. Setenta mil hombres habían muerto cuando la misericordia de Dios se hizo manifiesta y se arrepintió del mal que había hecho caer sobre Israel (2 Samuel 24: 15-16). Después de reconocer su pecado, al rey le fue dada la indicación de que debía levantar un altar para el sacrificio para que la plaga cesara. Y así lo hizo. El texto de hoy deja claro que David no quiso recibir el terreno y los animales como un regalo, sino que estuvo dispuesto a pagar el precio justo. «No voy a ofrecer al Señor mi Dios holocaustos que no me cuesten nada». ¡Qué declaración!
Con la muerte de Jesús como sacrificio expiatorio de toda la raza humana, terminaron todos los ritos ceremoniales que incluían la muerte de los animales. Y aunque queda claro que la salvación es por gracia y no por obras para que nadie se gloríe (Efesios 2: 9), es fundamental que no olvidemos que el principio de sacrificio que nos mueve a servir sigue siendo de «olor grato a Jehová» (Éxodo 29: 18).
En ocasiones quienes nos llamamos cristianos, estamos dispuestos a seguir al Señor y trabajar para él siempre y cuando no conlleve un mayor sacrificio. Estamos dispuestos solo si no se requiere desembolsar dinero, caminar largas distancias, abstenerse de alimentos dañinos, entre otros. Es decir, queremos recibir la gracia de Dios desde la comodidad de las bancas de la iglesia.
Un claro ejemplo de sacrificios que no cuestan, son los tres minutos que dedicamos a la devoción personal. El creyente que necesita la benevolencia de Dios estará dispuesto a pagar el precio justo sin regatear el costo de su sacrificio y sin delegar a otros la responsabilidad que le corresponde. Hagamos hoy de las palabras del rey David un lema en nuestra vida. La buena noticia es que Dios las aceptará en olor grato.
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