«Por esos días Jesús fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios. Al llegar el día, llamó a sus discípulos y escogió a doce de ellos, a los cuales también llamó apóstoles» (Lucas 6: 12-13, RVC).
Debo reconocer que en ocasiones, no le doy ni el tiempo ni el valor que la oración merece. ¿Y tú? Si tienes una excelente vida de oración, no es necesario que sigas con esta lectura. Pero si has reconocido que tu vida de oración necesita mejorar, quédate. Al día siguiente, Jesús tenía que hacer una sabia elección. Elegiría a los hombres que esparcirían su mensaje cuando él se fuera al cielo. Eran muchos los candidatos; sin embargo, él necesitaba doce, que con todo y sus defectos y fortalezas serían útiles en su ministerio y en el cumplimiento de las profecías. Aquella noche, Jesús no fue a dormir en una cama calientita o a su cuarto con aire acondicionado. No. Aquella noche, cuando había que tomar decisiones importantes, Jesús pasó la noche orando. Sé que sí se puede, pues una madrugada cuando el malestar por la enfermedad me despertó, bajé de la cama y oré casi hasta el amanecer.
Tenemos el gran privilegio de orar y lo desperdiciamos. Elena G. de White dice al respecto: «Cuando están en dificultades, cuando son asalta- dos por fieras tentaciones, tienen el privilegio de la oración. ¡Qué exaltado privilegio! Los seres finitos, de polvo y ceniza, admitidos por la mediación de Cristo en la cámara de la audiencia del Altísimo. Con tales prácticas, el alma es colocada dentro de una sagrada proximidad con Dios y es renovada en conocimiento y verdadera santidad y fortalecida contra los asaltos del enemigo».
¡Qué maravilla es estar en la cámara de audiencia de Dios! Querida amiga, si vas tomar decisiones, ora. Si vas a solicitar un empleo, ora. Si vas a casarte, ora más. Si planeas tener hijos, ora, ora, ora. Los resultados son mejores cuando pedimos la dirección divina.
Animarnos entre nosotras a orar es un buen método para tenerlo siempre presente. Lee esta joya: «Y cuando tengamos el privilegio de encontrarnos con nuestros hermanos en la iglesia, hablémosles de la necesidad de mantener abierto el canal de comunicación entre Dios y el alma». Cuando nos encontramos con nuestros amigos en la iglesia, hablamos de muchos asuntos menos de la oración, ¿cierto? La buena noticia es que al mantener siempre abierto el canal de comunicación, nunca nos faltará la dirección divina para tomar decisiones.
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