Martes 13 de enero – TENER CONFIANZA – VIDA Y MUERTE

VIDA Y MUERTE

“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).

Martes: 13 de enero

TENER CONFIANZA

Lee Filipenses 1:23, 24. ¿Qué quiere decir Pablo cuando afirma que “ser desatado y estar con Cristo” es “mucho mejor”?

Filipenses 1:23-24

23 Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; 24 pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros.

Este pasaje ha sido malinterpretado por muchos a lo largo de los siglos. En el texto para memorizar de esta semana, Pablo se refiere al contraste existente entre vivir y morir. El cristiano vive para Cristo e incluso puede morir por él. En ese sentido, la muerte es “ganancia” porque nuestro testimonio resulta mucho más poderoso y persuasivo (Fil. 1:21). Sin duda, solo alguien que realmente creyera estaría dispuesto a morir por su fe.

Pero también debe reconocerse que los muertos están realmente muertos; es decir, “nada saben”. Descansan en la tumba hasta la resurrección (ver Ecl. 9:5; Juan 5:28, 29). Por eso, Jesús dijo acerca del difunto Lázaro: “Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo del sueño” (Juan 11:11).

Si las personas van al Cielo inmediatamente cuando mueren, la frustración de Lázaro no podría haber sido mayor al ser traído nuevamente a esta Tierra después de haber disfrutado del Paraíso durante cuatro días.

La muerte es como un sueño profundo del que Jesús despertará a sus fieles seguidores cuando regrese; entonces, junto con los santos que estén vivos, serán llevados al Cielo para estar eternamente con Jesús (ver 1 Tes. 4:16, 17).

 Para Pablo, “ser desatado” de la vida presente a fin de estar con Cristo significa participar con él del sufrimiento y la muerte (2 Tim. 4:6) para “llegar de algún modo a la resurrección de los muertos” (Fil. 3:11). Además, sin duda, era consciente de que cerraría sus ojos al morir y que lo primero que vería cuando volviera a abrirlos sería a Jesús, quien lo llevaría juntamente con todo el pueblo de Dios al lugar que ha preparado para quienes lo aman (Juan 14:3; 1 Cor. 2:9).

Aunque estaba dispuesto a morir por Cristo, Pablo sabía que sería mejor para los filipenses “quedar en la carne” (Fil. 1:24). Curiosamente, no es fácil para el cristiano decidir si es mejor vivir para Cristo o morir por él. Pablo dijo: “Es difícil decidirme por una de las dos cosas” (Fil. 1:23; DHH): seguir vivo o descansar en la tumba.

Aunque no nos agrada la idea de la muerte, ¿has pensado alguna vez que lo primero que veremos los creyentes, tras lo que nos parecerá apenas un segundo después de morir, será el regreso de Cristo? ¿Cómo podría ese pensamiento ayudarte a entender lo expresado aquí por Pablo?

Comentarios Elena G.W

Para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz. En aquel entonces se le había dado una revelación del infinito amor de Dios, según se revelaba en la muerte de Cristo; y se había producido en su vida una maravillosa transformación que había puesto todos sus planes y propósitos en armonía con el cielo. Desde aquella hora había sido un nuevo hombre en Cristo. Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo.

En ocasión de su conversión, Pablo se llenó de un vehemente deseo de ayudar a sus semejantes a contemplar a Jesús de Nazaret como el Hijo del Dios vivo, poderoso para transformar y salvar. Desde entonces dedicó enteramente su vida al esfuerzo de pintar el amor y el poder del Crucificado. Su gran corazón simpatizaba con todas las clases sociales. «A griegos y a bárbaros —declaraba—, a sabios y a no sabios soy deudor». Romanos 1:14. El amor por el Señor de gloria, a quien había perseguido tan implacablemente en la persona de sus santos, era el principio propulsor de su conducta, su fuerza motriz. Si alguna vez su ardor en la senda del deber flaqueaba, una mirada a la cruz y al asombroso amor allí revelado, bastaba para inducirlo a ceñirse los lomos de su entendimiento y avanzar en la senda de la abnegación.

Con el poder del Espíritu, Pablo relató la historia de su propia milagrosa conversión, y de su confianza en las Escrituras del Antiguo Testamento, que se había cumplido tan plenamente en Jesús de Nazaret. Habló con solemne fervor, y sus oyentes no pudieron sino percibir que amaba con todo su corazón al crucificado y resucitado Salvador. Vieron que su mente se concentraba en Cristo, y que toda su vida estaba vinculada con su Señor…

Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón y ponía todo pensamiento en sujeción a Cristo. Hablando de sí mismo, afirmaba que llevaba «siempre por todas partes la muerte de Jesús en el cuerpo, para que también la vida de Jesús sea manifestada en nuestros cuerpos». 2 Corintios 4:10. En las enseñanzas del apóstol, Cristo era la figura central. «Vivo —declaraba—, no ya yo, mas vive Cristo en mí». Gálatas 2:20. El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado (Exaltad a Jesús, 20 de agosto, p. 240).

 

Elena G.W

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