ARREPENTIMIENTO Y PERDÓN
«Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de todo mal» (1 Juan 1: 9).
Miércoles: 3 de junio
GRACIA SUFICIENTE
Cuando sentimos el peso de nuestro pecado y permitimos que el Espíritu Santo nos conduzca al pie de la Cruz, debemos pedir el perdón de Dios, pues «compasivo y clemente es el Señor, lento para enojarse y grande en amor» (Sal. 103: 8). Este mismo versículo fue pronunciado por Dios mismo (Éxo. 34: 6) después de que su nación elegida lo hizo entristecer.
Lee Éxodo 34: 1 al 10. ¿Qué verdad crucial se encuentra aquí?
Éxodo 34: 1-10
1 Y Jehová dijo a Moisés: Alísate dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré sobre esas tablas las palabras que estaban en las tablas primeras que quebraste. 2 Prepárate, pues, para mañana, y sube de mañana al monte de Sinaí, y preséntate ante mí sobre la cumbre del monte. 3 Y no suba hombre contigo, ni parezca alguno en todo el monte; ni ovejas ni bueyes pazcan delante del monte. 4 Y Moisés alisó dos tablas de piedra como las primeras; y se levantó de mañana y subió al monte Sinaí, como le mandó Jehová, y llevó en su mano las dos tablas de piedra. 5 Y Jehová descendió en la nube, y estuvo allí con él, proclamando el nombre de Jehová. 6 Y pasando Jehová por delante de él, proclamó: ¡Jehová! ¡Jehová! fuerte, misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en misericordia y verdad; 7 que guarda misericordia a millares, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado, y que de ningún modo tendrá por inocente al malvado; que visita la iniquidad de los padres sobre los hijos y sobre los hijos de los hijos, hasta la tercera y cuarta generación. 8 Entonces Moisés, apresurándose, bajó la cabeza hacia el suelo y adoró. 9 Y dijo: Si ahora, Señor, he hallado gracia en tus ojos, vaya ahora el Señor en medio de nosotros; porque es un pueblo de dura cerviz; y perdona nuestra iniquidad y nuestro pecado, y tómanos por tu heredad. 10 Y él contestó: He aquí, yo hago pacto delante de todo tu pueblo; haré maravillas que no han sido hechas en toda la tierra, ni en nación alguna, y verá todo el pueblo en medio del cual estás tú, la obra de Jehová; porque será cosa tremenda la que yo haré contigo.
El hecho de que el Señor sea bondadoso, lento en airarse y abundante en misericordia es también la razón por la que Jesús murió en la Cruz, para que nuestra relación con él pudiera restablecerse.
Cuando estamos dispuestos a reconocer y confesar nuestro pecado, y decimos: «Señor, aquí estoy de nuevo…» «Ten compasión de mí, que soy pecador» (Luc. 18: 13), Jesús, quien obra en nosotros y por nosotros mediante el Espíritu Santo antes de que se lo pidamos, quita de nosotros el peso que nos agobia. Nuestras cargas son aliviadas en el Calvario y Jesús está sin duda muy cerca cuando acudimos a él. Nos busca incluso antes, como el buen Pastor, y está a la puerta llamando (Apoc. 3: 20). No permanezcamos lejos de la Cruz, mirando a Dios desde lejos. Corramos hacia Jesús y permitamos que él reemplace nuestros pecados y cargas por su justicia (Zac. 3: 4).
Lee detenidamente los siguientes versículos y registra por escrito con tus propias palabras lo que te dicen acerca de la gracia de Dios disponible para ti:
- «Porque la paga del pecado es la muerte, pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom. 6: 23).
- «Pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia; para que así como el pecado reinó para muerte, así la gracia reine para vida eterna mediante la justicia de Jesucristo, Señor nuestro» (Rom. 5: 20, 21).
- «Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rom. 5: 8).
Comentarios Elena G.W
Espero que nadie se forme la idea de que está ganando el favor de Dios al confesar sus pecados o que hay una virtud especial en confesárselos a los seres humanos… El Señor querría que acudiéramos diariamente a él con todas nuestras cuitas y confesiones de pecado, y él nos puede dar descanso… Confesad vuestros pecados secretos únicamente delante de vuestro Dios. Reconoced las desviaciones de vuestro corazón delante del que conoce perfectamente cómo tratar vuestro caso. Si habéis perjudicado a vuestro vecino, reconoced vuestro pecado ante él y manifestad el fruto del arrepentimiento por medio de la restitución. Entonces pedid la bendición. Acudid a Dios tal como estáis y dejadlo curar vuestras debilidades. Presentad vuestro caso al trono de la gracia; dejad que se haga en vosotros una obra completa. Sed sinceros al tratar con Dios y con vuestra propia alma. Si acudís a él con corazón verdaderamente contrito, os dará la victoria. No os entenderá mal ni os juzgará mal tampoco.
Vuestros semejantes no pueden absolveros de pecado ni limpiaros de iniquidad. Jesús es el único que puede daros paz. Os amó y se entregó a sí mismo por vosotros. Su gran corazón de amor se compadece de «nuestras debilidades». Hebreos 4:15. ¿Qué pecados pueden ser demasiado grandes para su perdón? alma demasiado entenebrecida y oprimida por el pecado que él no pueda salvar? Él es lleno de gracia, no busca mérito en nosotros, sino que por su ilimitada bondad cura nuestras apostasías y nos ama ampliamente mientras somos aún pecadores. Es «tardo para la ira, y grande en misericordia». Nehemías 9:17.
Hay remedio para el alma enferma de pecado. Ese remedio es Jesús. ¡Precioso Salvador! Su gracia es suficiente para el más débil; y el más fuerte también debe tener su gracia o perecerá.
Vi cómo se podía obtener esta gracia. Id a vuestra cámara secreta y ahí suplicad solos con Dios. «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí». Salmo 51:10. Sed fervientes, sed sinceros. La oración fervorosa logra mucho. Luchad en oración tal como Jacob. Agonicen. En el huerto Jesús transpiró grandes gotas de sangre; deben hacer un esfuerzo. No abandonen su habitación hasta que se sientan fuertes en Dios; luego velen y, mientras velan y oran, podrán dominar los pecados que les asedian, y la gracia de Dios podrá manifestarse en ustedes; y lo hará (God’s Amazing Grace, p. 87; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, 20 de marzo, p. 87).


