Hacia la Eternidad
«Amados, ahora ya somos hijos de Dios; y, aunque no se ve aún lo que hemos de ser, sabemos que cuando Cristo aparezca seremos semejantes a él, porque lo veremos como es él» — 1 Juan 3:2
Jueves: 25 de Junio
«¡Ven!»
Hoy también se nos extiende la invitación a venir.
Lee los siguientes textos y nota su invitación a venir a él: Mateo 11:28-30; Isaías 55:1-3; Juan 6:44.
El Espíritu Santo quiere acercarte a Jesús hoy. Jesús te invita a venir a él y a permanecer en él hoy y cada día hasta que venga. Cuando respondas y vengas a él, cuando tu corazón se enternezca y tu mente se rinda, sentirás paz porque tendrás la certeza de que él te recibirá en sus brazos, ya sea que estés vivo o que resucites, no importa cuán indigno seas, en el día final de esta Tierra. Jesús dijo: «Al que viene a mí, nunca lo echo fuera» (Juan 6:37).
Debemos sentir la urgencia de cooperar con el Espíritu Santo para llamar a otros a entrar en una relación salvadora con Jesús. «El Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven!” Y el que oiga también diga: “¡Ven!” Y el que tiene sed venga, y el que quiera tome del agua de la vida gratuitamente» (Apoc. 22:17).
La invitación es gratuita, es un don proveniente de la gracia divina. Cuando aceptamos a Dios y lo amamos con todo nuestro corazón (mente), nuestro ser y nuestras fuerzas (Deut. 6:5), nuestra vida cambia para siempre, aquí y en la Eternidad.
La Biblia termina con una promesa: «”Ciertamente, vengo en breve”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Apoc. 22:20).
¿Cuándo ocurrirá eso? Si morimos antes de que Cristo vuelva, lo primero que veremos al abrir nuevamente nuestros ojos será el regreso de Cristo. Nuestra vida transcurre rápidamente, y así de rápido regresará Jesús por nosotros. Si morimos antes de que Cristo regrese, tal vez nuestro primer pensamiento cuando resucitemos será: «¡Vaya, Señor, tu venida ocurrió verdaderamente pronto!».
Nuestra percepción actual es limitada, pero entonces veremos a Jesús cara a cara. No te canses de esperar. Mantén vivo ese anhelo, siempre ante ti, con fe y confianza en el amor y la bondad de Dios. Di con Juan: «Señor Jesús, ¡ven, por favor!».
Ora ahora mismo para que tu fe perdure y te permita entregarte completamente a Aquel que murió por ti y volverá pronto a buscarte.
Comentarios Elena G.W
Allí está la nueva Jerusalén, la metrópoli de la nueva tierra glorificada, “corona de hermosura en la mano de Jehová, y una diadema real en la mano de nuestro Dios” (Isaías 62:3). “Su luz era semejante a una piedra preciosísima, como piedra de jaspe, transparente como el cristal”. “Las naciones andarán a la luz de ella; y los reyes de la tierra traen a ella su gloria” (Apocalipsis 21:11, 24). El Señor dijo: “Me regocijaré en Jerusalén, y gozáreme en mi pueblo” (Isaías 65:19). “¡He aquí el tabernáculo de Dios está con los hombres, y él habitará con ellos, y ellos serán pueblos suyos, y el mismo Dios con ellos estará, como Dios suyo!” (Apocalipsis 21:3).
En la ciudad de Dios “no habrá ya más noche”. Nadie necesitará ni deseará descanso. No habrá quien se canse haciendo la voluntad de Dios ni ofreciendo alabanzas a su nombre. Sentiremos siempre la frescura de la mañana, que nunca se agostará. “No necesitan luz de lámpara, ni luz del sol; porque el Señor Dios los alumbrará” (Apocalipsis 22:5). La luz del sol será sobrepujada por un brillo que sin deslumbrar la vista excederá sin medida la claridad de nuestro mediodía. La gloria de Dios y del Cordero inunda la ciudad santa con una luz que nunca se desvanece.
En sus visiones el profeta ve a los que triunfaron sobre el pecado y el sepulcro felices en la presencia de su Hacedor, conversando libremente con él como el hombre conversaba con Dios en el principio. El Señor los invita así: “Alegraos vosotros, y regocijaos hasta la eternidad en lo que voy a crear; pues he aquí que voy a crear a Jerusalén, que sea un regocijo, y su pueblo, un gozo. También yo me regocijaré en Jerusalén, y gozaréme en mi pueblo; y no se oirá más en ella voz de lloro ni voz de clamor” (Isaías 65:18, 19)…
Mientras el profeta contempla a los redimidos morando en la ciudad de Dios, libres del pecado y de todos los rastros de la maldición, exclama arrobado: “Alegraos con Jerusalén, y gozaos con ella, todos los que la amáis: llenaos con ella de gozo” (Isaías 66:10).— La maravillosa gracia de Dios, 27 de diciembre, p. 369


