El ministerio de Pablo en Corinto
«Entonces el Señor dijo a Pablo en una visión nocturna: “No temas. Sigue hablando y no calles, que yo estoy contigo, y ninguno te podrá dañar; pues tengo mucho pueblo en esta ciudad”» — Hechos 18:9-10
Lunes: 29 de Junio
De Atenas a Corinto
Hechos 17:16-34 describe la predicación de Pablo a los atenienses antes de ir a Corinto. Al parecer, el apóstol no tenía previsto visitar Atenas en ese momento, pero fue allí con la ayuda de algunos amigos debido a la oposición que encontró en Berea (Hech. 17:13-15).
Quienes acompañaron a Pablo a Atenas regresaron a Berea con el pedido de que Timoteo y Silas se unieran a él lo antes posible (Hech. 17:15). El texto bíblico registra lo que Pablo hizo mientras los esperaba. Habló de Jesús en la sinagoga, en el mercado y en el Areópago. No podía dejar de hablar de Jesús y aprovechaba cada oportunidad para hacerlo.
Pablo fue a Corinto durante su segundo viaje misionero y permaneció allí un año y medio, según Lucas.
Como de costumbre, el apóstol comenzó su actividad misionera en la sinagoga (Hech. 18:4-6). Hechos 17:1 y 2 menciona que esa era su costumbre. Siguió la estrategia de «primero al judío» (Rom. 1:16; Hech. 13:46), tal como Jesús había ordenado a sus apóstoles (ver Hech. 1:8).
Cuando Silas y Timoteo se unieron finalmente a él en Corinto, Pablo «se dedicó enteramente a la predicación de la palabra, dando testimonio a los judíos de que Jesús era el Cristo» (Hech. 18:5). Durante su permanencia en Corinto, se dedicó a enseñar la Palabra de Dios (Hech. 18:11). Fue también en este contexto donde expresó su famosa decisión de que estaba resuelto a «no saber nada» entre los corintios «sino a Jesucristo, y a él crucificado» (1 Cor. 2:2).
Comentarios Elena G.W
Durante el primer siglo de la era cristiana, Corinto era una de las ciudades principales, no solo de Grecia, sino del mundo. Griegos, judíos, romanos y viajeros de todos los países, llenaban las calles, empeñados afanosamente en los negocios y los placeres. Era un gran centro comercial, situado a fácil acceso de todas partes del Imperio Romano, un lugar importante donde establecer monumentos para Dios y su verdad.
Entre los judíos que se habían establecido en Corinto, se contaban Aquila y Priscila, quienes más tarde se distinguieron como fervientes obreros de Cristo. Al reconocer el carácter de esas personas, Pablo “posó con ellos”.
En el mismo comienzo de sus labores en este centro de tránsito, Pablo vio por doquiera serios obstáculos al progreso de su obra. La ciudad estaba casi completamente entregada a la idolatría. Venus era la deidad favorita; y con el culto de Venus se asociaban muchos ritos y ceremonias desmoralizadores. Los corintios habían llegado a destacarse, aun entre los paganos, por su grosera inmoralidad. Parecían pensar o preocuparse poco fuera de los placeres y alegrías frívolas de la hora.
Al predicar el evangelio en Corinto, el apóstol siguió un plan diferente que en Atenas. Mientras estuvo en ese lugar, trató de adaptar su estilo al carácter de su auditorio; trató de hacer frente a la lógica con la lógica, a la ciencia con la ciencia, a la filosofía con la filosofía. Al pensar en el tiempo así usado, y darse cuenta de que su enseñanza en Atenas había producido solo poco fruto, decidió seguir otro plan de acción en Corinto, en sus esfuerzos por cautivar la atención de los despreocupados e indiferentes. Resolvió evitar todas las discusiones y argumentos complicados, y no “saber algo” entre los corintios, “sino a Jesucristo, y a este crucificado”. Iba a predicarles, no “con palabras persuasivas de humana sabiduría, mas con demostración del Espíritu y de poder”. 1 Corintios 2:2, 4.— Los hechos de los apóstoles, pp. 198, 199
Había sido la costumbre de Pablo adoptar un estilo retórico en su predicación. Era un hombre preparado para hablar ante reyes, ante los hombres más grandes y doctos de Atenas y sus conocimientos intelectuales eran a menudo de valor al preparar el camino para el evangelio. Trató de hacer esto en Atenas, enfrentando la elocuencia con elocuencia, la filosofía con filosofía y la lógica con lógica, pero no encontró el éxito que esperaba. Su perspicacia lo llevó a comprender que necesitaba algo que estaba más allá de la sabiduría humana…
Debía recibir su poder de una fuente superior. A fin de convencer y convertir a los pecadores, el Espíritu de Dios debía intervenir en su obra y santificar todo proceso espiritual.
Para Pablo, la cruz era el único objeto de supremo interés. Desde que fuera contenido en su carrera de persecución contra los seguidores del crucificado Nazareno, no había cesado de gloriarse en la cruz… Sabía por experiencia personal que una vez que un pecador contempla el amor del Padre, como se lo ve en el sacrificio de su Hijo, y se entrega a la influencia divina, se produce un cambio de corazón, y Cristo es desde entonces todo en todo.
En ocasión de su conversión, Pablo se llenó de un vehemente deseo de ayudar a sus semejantes a contemplar a Jesús de Nazaret como el Hijo del Dios vivo, poderoso para transformar y salvar. Desde entonces dedicó enteramente su vida al esfuerzo de pintar el amor y el poder del Crucificado… Los esfuerzos del apóstol no se limitaban a la predicación pública; había muchos que no podrían ser alcanzados de esa manera… Visitaba a los enfermos y tristes, consolaba a los afligidos y animaba a los oprimidos. En todo lo que decía y hacía, magnificaba el nombre de Jesús…
Pablo comprendía que su suficiencia no estaba en él, sino en la presencia del Espíritu Santo, cuya misericordiosa influencia llenaba su corazón… El yo estaba escondido; Cristo era revelado y ensalzado.— Conflicto y valor, 1° de diciembre, p. 341


