Martes 29 de septiembre – Dios busca a la humanidad – El Creador habla

El Creador habla

«En el pasado, Dios habló muchas veces y de muchas maneras a nuestros padres mediante los profetas; pero en estos últimos días nos habló por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por medio de quien hizo el universo» — Hebreos 1:1-2

Martes: 29 de septiembre

Dios busca a la humanidad

En Génesis 3:9-10 vemos que Dios tomó la iniciativa de buscar a sus hijos caídos. La pregunta «¿dónde estás?» era retórica, porque Dios sabía lo que Adán y Eva habían hecho y dónde estaban. Sin embargo, el pecado interrumpió la comunicación habitual entre él y la primera pareja humana.

Génesis 3:9-10 — RV609 Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? 10 Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.

La preocupación inmediata de Dios era restablecer la comunicación con sus hijos, reunirse con ellos y darles esperanza. De hecho, el verbo hebreo qara’ («llamar»), en Génesis 3:9, se utiliza a menudo para describir el llamado de Dios para comunicarse con su pueblo.

Lee Lucas 15:11-32. ¿Cómo refleja esta parábola lo que sucedió en Génesis 3:9-10?
Lucas 15:11-32 — RV6011 También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. 17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. 25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.

El hecho de que Dios buscara a Adán y Eva revela su amor incondicional por sus hijos. Dios nunca se da por vencido (ver Luc. 15) y hace todo lo posible para restablecer su comunión con nosotros, incluso cuando nos ocultamos de él. Antes de la crucifixión de Jesús, cuando Pedro lo negó tres veces, Cristo «se volvió y lo miró» (Luc. 22:61). Incluso sin palabras, «habló» a Pedro y trató de llegar al corazón de su amigo descarriado.

Observa en Génesis 3:11-13 cómo el pecado afectó la relación entre Adán y Eva. En lugar de confesar su pecado individual, comenzaron a culpar a otros. Adán culpó a Eva e, indirectamente, a Dios, quien le había dado a Eva. «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí», dijo (Gén. 3:12). Eva, por su parte, culpó a la serpiente por su desobediencia. «La serpiente me engañó, y comí», fue su excusa (Gén. 3:13). Ninguno de los dos, al menos cuando se los confrontó por primera vez con su pecado, reconoció su culpa. ¡Cuán poco ha cambiado esto en seis mil años!

El pecado ha afectado a todos los seres humanos. El apóstol Pablo describe bien nuestra condición en Romanos 7:15-24, donde se refiere al dolor resultante de pecar aunque se desea hacer lo correcto: «No entiendo lo que me pasa; porque no hago lo que quiero sino lo que aborrezco» (Rom. 7:15, NVI).

¿Quién no ha experimentado esta realidad? Lo que Pablo dice es profundo. Todos somos personas quebrantadas que hacemos cosas que sabemos que no debemos hacer.

Nuestra única esperanza, dice Pablo, es la liberación «por nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 7:25). Por eso Dios sigue buscándonos para llevarnos a Jesús, el único que puede moldearnos a su imagen y salvarnos de la devastación causada por el pecado.

Comentarios Elena G.W

Jesús miraba a los acongojados y de corazón quebrantado, a aquellos cuyas esperanzas habían sido defraudadas, y que procuraban satisfacer los anhelos del alma con goces terrenales, y los invitaba a todos a buscar y encontrar descanso en él.

Con toda ternura decía a los cansados: “Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Mateo 11:29.

Con estas palabras, Cristo se dirigía a todo ser humano. Sabiéndolo o sin saberlo todos están trabajados y cargados. Todos gimen bajo el peso de cargas que sólo Cristo puede quitar. La carga más pesada que llevamos es la del pecado. Si tuviéramos que llevarla solos nos aplastaría. Pero el que no cometió pecado se ha hecho nuestro sustituto. “Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros”. Isaías 53:6.

El llevó el peso de nuestra culpa. También quitará la carga de nuestros hombros cansados. Nos dará descanso. Llevará por nosotros la carga de nuestros cuidados y penas. Nos invita a echar sobre él todos nuestros afanes; pues nos lleva en su corazón.

El Hermano Mayor de nuestra familia humana está junto al trono eterno. Mira a toda alma que vuelve su rostro hacia él como al Salvador. Sabe por experiencia lo que es la flaqueza humana, lo que son nuestras necesidades, y en qué consiste la fuerza de nuestras tentaciones, porque fue “tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”. Hebreos 4:15. Está velando sobre ti, tembloroso hijo de Dios. ¿Estás tentado? Te librará. ¿Eres débil? Te fortalecerá. ¿Eres ignorante? Te iluminará. ¿Estás herido? Te curará. Jehová “cuenta el número de las estrellas”; y, no obstante, es también el que “sana a los quebrantados de corazón, y liga sus heridas”. Salmos 147:4-3.

Cualesquiera que sean tus angustias y pruebas, expónlas al Señor. Tu espíritu encontrará sostén para sufrirlo todo. Se te despejará el camino para que puedas librarte de todo enredo y aprieto. Cuanto más débil y desamparado te sientas, más fuerte serás con su ayuda. Cuanto más pesadas sean tus cargas, más dulce y benéfico será tu descanso al echarlas sobre Aquel que se ofrece a llevarlas por ti.

Las circunstancias pueden separar a los amigos; las aguas intranquilas del dilatado mar pueden agitarse entre nosotros y ellos. Pero ninguna circunstancia ni distancia alguna puede separarnos del Salvador. Doquiera estemos, él está siempre a nuestra diestra, para sostenernos y alentarnos. Más grande que el amor de una madre por su hijo es el amor de Cristo por sus rescatados. Es nuestro privilegio descansar en su amor y decir: “En él confiaré; pues dio su vida por mí”.

El amor humano puede cambiar; el de Cristo no conoce mudanza. Cuando clamamos a él por ayuda su mano se extiende para salvarnos.— Exaltad a Jesús, 24 de marzo, p. 91


Así como se revela la verdad divina en la Sagrada Escritura, así también se refleja, como en un espejo, en la faz de la naturaleza; y a través de su creación llegamos a familiarizarnos con el Creador. Por eso el libro de la naturaleza es un gran libro de texto, que los maestros que son sabios pueden usar conjuntamente con las Escrituras para guiar a las ovejas perdidas de vuelta al aprisco del Señor. Mientras se estudian las obras de Dios, el Espíritu Santo imparte convicción a la mente. No se trata de la convicción que producen los razonamientos lógicos; y a menos que la mente haya llegado a estar demasiado oscurecida para conocer a Dios, la vista demasiado anublada para verlo, el oído demasiado embotado para oír su voz, se percibe un significado más profundo, y las sublimes verdades espirituales de la Palabra escrita quedan impresas en el corazón.

 

El modo más eficaz de enseñar a los paganos que no conocen a Dios es a través de las obras de Dios. De esa forma, mucho más fácil que por algún otro método, pueden ser llevados a darse cuenta de la diferencia entres sus ídolos, obras de sus propias manos, y el Dios verdadero, el Hacedor de los cielos y la tierra.— Ser semejante a Jesús, 23 de agosto, p. 242

Elena G.W

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