Profetas del Antiguo Testamento
«Josafat se puso en pie y dijo: “Óiganme, Judá y habitantes de Jerusalén: crean al Señor su Dios y estarán seguros; crean a sus profetas y serán prosperados”» — 2 Crónicas 20:20
Domingo: 11 de octubre
La humanidad de los profetas
Como vimos la semana pasada, el Señor utilizó al profeta Elías para realizar una grandiosa obra en Israel a pesar de la feroz oposición que debió enfrentar. Lo que el Señor había logrado por medio de él era increíble. Sin embargo, lo que sucedió después es difícil de creer.
Elías tuvo un éxito notable en el monte Carmelo (1 Rey. 18), donde Dios obró de manera poderosa por medio de él y ocurrió uno de los milagros más asombrosos de la historia del Antiguo Testamento: en respuesta al clamor de Elías, ¡el fuego descendió del cielo! (1 Rey. 18:38). Se podría pensar que este hombre de Dios se sintió sumamente feliz después de algo así.
«Basta ya, Señor, quita mi vida, que no soy mejor que mis padres» (1 Rey. 19:4). ¿Cómo se explica ese aparente episodio de depresión? Lo que ocurrió en el monte Carmelo sería difícil de superar.
Quizá la clave del estado de ánimo de Elías se encuentre en sus palabras: «Sentí un vivo celo por el Señor Dios Todopoderoso, porque los israelitas han dejado tu pacto, han derribado tus altares y han matado a tus profetas. Solo yo he quedado, y me buscan para quitarme la vida» (1 Rey. 19:10). Sus palabras parecen un lamento por lo que percibía como el fracaso en su ministerio. Es decir, la apostasía seguía presente a pesar de sus mejores esfuerzos. Sea lo que fuere que le estaba ocurriendo, resulta evidente la humanidad y fragilidad de este hombre de Dios. En otras palabras, Elías era un hombre que tenía una naturaleza como la nuestra (Sant. 5:17).
Comentarios Elena G.W
Parecería que, después de haber manifestado valor tan indómito y de haber triunfado tan completamente sobre el rey, los sacerdotes y el pueblo, Elías ya no podría ceder al desaliento ni verse acobardado por la timidez. Pero el que había sido bendecido con tantas evidencias del cuidado amante de Dios, no estaba exento de las debilidades humanas, y en esa hora sombría le abandonaron su fe y su valor… Si hubiese permanecido donde estaba, si hubiese hecho de Dios su refugio y fortaleza y quedado firme por la verdad, habría sido protegido de todo daño. El Señor le habría dado otra señalada victoria enviando sus castigos contra Jezabel…
A todos nos tocan a veces momentos de intensa desilusión y profundo desaliento, días en que nos embarga la tristeza y es difícil creer que Dios sigue siendo el bondadoso benefactor de sus hijos terrenales; días en que las dificultades acosan al alma, en que la muerte parece preferible a la vida. Entonces es cuando muchos pierden su confianza en Dios… Si en tales momentos pudiésemos discernir con percepción espiritual el significado de las providencias de Dios, veríamos ángeles que procuran salvarnos de nosotros mismos y luchan para asentar nuestros pies en un fundamento más firme que las colinas eternas; y nuestro ser se compenetraría de una nueva fe y una nueva vida…
Para los desalentados hay un remedio seguro en la fe, la oración y el trabajo. La fe y la actividad impartirán una seguridad y una satisfacción que aumentarán de día en día… En los días más sombríos, cuando en apariencia hay más peligro, no temáis. Tened fe en Dios. Él conoce vuestra necesidad. Tiene toda potestad. Su compasión y amor infinitos son incansables… Y otorgará a sus fieles siervos la medida de eficiencia que su necesidad exige…
¿Desamparó Dios a Elías en su hora de prueba? ¡Oh, no! Amaba a su siervo, tanto cuando Elías se sentía abandonado de Dios y de los hombres como cuando, en respuesta a su oración, el fuego descendió del cielo e iluminó la cumbre de la montaña— Conflicto y valor, 26 de julio, p. 213
Aunque el lugar del monte Horeb al cual Elías se había retirado era un sitio oculto para los hombres, era conocido por Dios; y el profeta cansado y desalentado, no fue abandonado para que luchase solo con las potestades de las tinieblas que le apremiaban…
Dios preguntó a su siervo: “¿Qué haces aquí, Elías?” Te mandé al arroyo Querit, y después a la viuda de Sarepta. Te ordené que volvieses a Israel y te presentases ante los sacerdotes idólatras en el monte Carmelo; luego te ceñí de fortaleza para guiar el carro del rey hasta la puerta de Jezreel. Pero ¿quién te mandó huir apresuradamente al desierto? ¿Qué tienes que hacer aquí?…
Mucho depende de la actividad incesante de los que son fieles y leales; y por esta razón Satanás hace cuanto puede para impedir que el propósito divino sea realizado mediante los obedientes. Induce a algunos a olvidar su alta y santa misión y a hallar satisfacción en los placeres de esta vida… A otros los induce a huir de su deber, desalentados por la oposición o la persecución… A todo hijo de Dios cuya voz el enemigo de las almas ha logrado silenciar, se le dirige la pregunta: “¿Qué haces aquí?” Te ordené que fueses a todo el mundo y predicases el evangelio, a fin de preparar a un pueblo para el día de Dios. ¿Por qué estás aquí?— Conflicto y valor, 27 de julio, p. 214


