Profetas del Antiguo Testamento
«Josafat se puso en pie y dijo: “Óiganme, Judá y habitantes de Jerusalén: crean al Señor su Dios y estarán seguros; crean a sus profetas y serán prosperados”» — 2 Crónicas 20:20
Lunes: 12 de octubre
Identificando a los verdaderos profetas
Hubo falsos profetas en la etapa temprana de la historia de Israel (Deut. 18:20), pero Dios no dejó a su pueblo sin orientación acerca de quiénes eran sus verdaderos profetas.
Como receptores de la revelación y la inspiración de Dios, los verdaderos profetas transmitían fiel, precisa y honestamente los mensajes divinos, aunque a veces eso los hiciera impopulares entre los poderosos.
Que un rey diga de un profeta: «Lo aborrezco, porque nunca me profetiza el bien sino solo el mal» (1 Rey. 22:8) dice mucho de ese monarca, pero más aún del profeta, quien obviamente no temía decir la verdad, ni siquiera al propio rey, lo cual no era la mejor manera de obtener el favor real.
Micaías se enfrentó solo a cuatrocientos falsos profetas al presentar la verdad que se le había revelado. Pese a la presión para que alterara los mensajes negativos del Señor a fin de apaciguar así al malvado rey Acab y a su impía esposa Jezabel (1 Rey. 22:13-14), Micaías presentó la verdad de Dios sin importarle cómo fuera recibida.
La Biblia registra numerosos ejemplos del elevado concepto que las personas en general tenían de los profetas. En este caso, Saúl fue enviado por su padre, Cis, a buscar sus asnos perdidos. El siervo que viajaba con Saúl le sugirió que no abandonara la búsqueda, porque «en esta ciudad hay un hombre de Dios que es varón insigne» (1 Sam. 9:6). La descripción que se hace aquí del profeta Samuel refleja las cualidades que se esperan de los profetas de Dios. Los verdaderos profetas bíblicos eran reconocidos como «hombres de Dios», elegidos en parte para ejemplificar el carácter divino. Al mismo tiempo, el hecho de que algunos de los «hombres de Dios» fueran profetas no los convertía en seres humanos perfectos.
Comentarios Elena G.W
Los siervos de Dios deben trabajar por las clases más altas, pero esto no significa que deben atarse con los grandes de la tierra, dependiendo de ellos para obtener fortaleza, influencia y éxito. El Señor muchas veces inclinará los corazones de los que están en posiciones de responsabilidad para otorgar favores al pueblo que guarda los mandamientos de Dios. Pero cuando los siervos de Dios lo abandonan para buscar el reconocimiento de los hombres de la tierra, cambian el poder por la debilidad.
Tenemos una obra muy solemne delante de nosotros, cuya importancia solo podemos entender por medio de la luz que brilla desde la Palabra de Dios sobre el pasado y el presente. ¿Quién, en medio de los gritos: “Miren, aquí está” y “Miren, allá”, está mostrando una confianza inconmovible en la Palabra de Dios? La fe del presente nos conecta con el pasado y nos señala el futuro.
Podemos aprender lecciones valiosas de la vida del profeta Eliseo. Eliseo fue elegido por el Señor como ayudante de Elías y, por medio de pruebas, demostró que era fiel y digno de confianza. Estaba dispuesto a ser y a hacer todo lo que el Señor indicara. No rehuyó el servicio más humilde, sino que fue fiel tanto en las tareas pequeñas como en las responsabilidades mayores. Estaba siempre dispuesto a servir en cualquier lugar que el Señor le señalara, aunque fuera desagradable a sus inclinaciones naturales. Y a cada paso aprendía lecciones de humildad y servicio…
“Cuando habían pasado, Elías dijo a Eliseo: Pide lo que quieras que haga por ti, antes que yo sea quitado de ti. Y dijo Eliseo: Te ruego que una doble porción de tu espíritu sea sobre mí”. 2 Reyes 2:9. No pidió honores del mundo, ni un lugar elevado entre los grandes de la tierra. Lo que ansiaba era una doble porción del espíritu dado a aquel a quien Dios estaba por honrar trasladándolo al cielo. Sabía que solamente una doble porción del espíritu que había estado sobre Elías lo prepararía para ocupar el lugar que este dejaba, porque Elías tenía la experiencia y la sabiduría de los años, que no puede ser impartida a los jóvenes por medio de ningún método.
Si se le hubiera hecho a usted esa pregunta, ¿qué habría contestado? ¿Cuál es el mayor deseo de su corazón al entregarse al servicio de Dios?— Alza tus ojos, 13 de noviembre, p. 329


