Profetas del Antiguo Testamento
«Josafat se puso en pie y dijo: “Óiganme, Judá y habitantes de Jerusalén: crean al Señor su Dios y estarán seguros; crean a sus profetas y serán prosperados”» — 2 Crónicas 20:20
Miércoles: 14 de octubre
Mujeres profetas
Hay abundante evidencia en las Escrituras de que Dios llamó a mujeres para que sirvieran como profetas (ver el uso de la palabra hebrea nevi’ah en Éxo. 15:20 y de la palabra griega profētis en Luc. 2:36). En Miqueas 6:4, María aparece junto a Moisés y Aarón como enviados por Dios al pueblo. María es presentada como una profetisa que entonó un canto de victoria cuando los israelitas cruzaron el Mar Rojo (Éxo. 15:20-21). Sin embargo, esta profetisa, al igual que sus colegas masculinos, no estaba exenta de culpa, como revela su vergonzosa actitud hacia Moisés y su esposa madianita, de tez más oscura, acciones por las que la profetisa fue debidamente disciplinada (ver Núm. 12:1-10).
Podemos ver la obra de otra profetisa en la historia de Débora, quien actuó como jueza en Israel (Juec. 4:1-4).
De hecho, hay pruebas claras de que Débora (Juec. 4:4) recibió una revelación de Dios (Juec. 4:4-9, 14-22). Su canto de victoria (Juec. 5:2-31) es un reconocimiento de la intervención de Dios y tuvo un profundo significado teológico para la nación en ese momento de la historia.
Los principales consejeros del rey Josías consultaron a Hulda «la profetisa» (2 Rey. 22:14; 2 Crón. 34:22) después de leer al rey las palabras del «libro de la ley» (2 Rey. 22:8) (que se cree que es Deuteronomio), quien, en respuesta, «rasgó su vestido» (2 Rey. 22:11).
Obviamente, se trataba de un asunto muy importante, y el rey lo tomó como tal, por lo que sus hombres acudieron directamente a Hulda. Ella había recibido un mensaje de Dios acerca del inminente juicio de Judá. Las reformas de Josías fueron el resultado de los mensajes proféticos de Hulda y evitaron que el juicio de Dios fuera ejecutado sobre su pueblo.
Comentarios Elena G.W
Ningún apóstol o profeta pretendió haber vivido sin pecado. Hombres que han vivido lo más cerca de Dios, hombres que sacrificaron sus vidas antes de cometer a sabiendas un acto pecaminoso, hombres a quienes Dios honró con luz divina y poder, confesaron su naturaleza pecaminosa. No pusieron su confianza en la carne, no pretendieron poseer una justicia propia, sino que confiaron completamente en la justicia de Cristo.
Así debe ser con todos los que contemplan a Jesús. Cuanto más nos acerquemos a él y cuanto más claramente discernamos la pureza de su carácter, tanto más claramente veremos la extraordinaria gravedad del pecado y tanto menos nos sentiremos tentados a exaltarnos a nosotros mismos. Habrá un continuo esfuerzo del alma para acercarse a Dios; una constante, ferviente y dolorosa confesión del pecado y una humillación del corazón ante él. En cada paso de avance que demos en la experiencia cristiana, nuestro arrepentimiento será más profundo. Conoceremos que la suficiencia solamente se encuentra en Cristo, y haremos la confesión del apóstol: “Y yo sé que en mí (es a saber, en mi carne) no mora el bien”. “Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo”. Romanos 7:18; Gálatas 6:14— Los hechos de los apóstoles, p. 448
Desde los comienzos en su vida madura, Josías había procurado aprovechar su posición como rey para exaltar los principios de la santa ley de Dios. Y ahora, mientras Safán el escriba le leía del libro de la ley, el rey descubrió en este tomo un tesoro de conocimiento y un poderoso aliado en la obra de reforma que él tanto había deseado realizar en su tierra. Resolvió andar a la luz de sus consejos, y también hacer todo lo que estuviera a su alcance para enseñar a su pueblo estas instrucciones, y, si era posible, conducirlo a cultivar reverencia y amor por la ley del cielo.
Pero, ¿sería posible producir la reforma necesaria? Por todo lo que podía captar de la lectura del libro que estaba ante él, Israel casi había llegado al límite de la paciencia divina; pronto Dios se levantaría para castigar a quienes habían arrojado deshonra a su nombre. La ira de Dios ya estaba encendida contra el pueblo. Abrumado de dolor y desánimo, Josías rompió sus vestiduras y se inclinó ante Dios con agonía de espíritu, procurando el perdón por los pecados de una nación impenitente.
En ese tiempo, la profetisa Hulda vivía en Jerusalén, cerca del templo. La mente del rey, llena de angustiosos presagios, se volvió hacia ella, y decidió consultar al Señor mediante su mensajera elegida, para averiguar si había algún medio a su alcance para salvar al errante Judá, ahora al borde de la ruina.
La gravedad de la situación, y el respeto que tenía por la profetisa, lo condujeron a elegir a los principales de su reino como sus mensajeros. “Id —les pidió—, y preguntad a Jehová por mí, y por el pueblo, y por todo Judá, acerca de las palabras de este libro que se ha hallado; porque grande es la ira de Jehová que se ha encendido contra nosotros, por cuanto nuestros padres no escucharon las palabras de este libro, para hacer conforme a todo lo que nos fue escrito”. 2 Reyes 22:13— Recibiréis poder, 16 de septiembre, p. 270



