Profetas del Nuevo Testamento
«Ahora bien, hay diversos dones, pero el Espíritu es el mismo. Hay diversos ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay diversas actividades, pero Dios, que efectúa todas las cosas en todos, es el mismo» — 1 Corintios 12:4-6
Domingo: 18 de octubre
Jesús como profeta
Moisés predijo que «un Profeta de en medio de los tuyos, de tus hermanos, como yo, te levantará el Señor tu Dios; a él oirás» (Deut. 18:15). ¿Quién era ese profeta? Las Escrituras dicen claramente que se trató de Jesús mismo: «Porque Moisés dijo: “El Señor vuestro Dios les levantará de entre sus hermanos a un profeta como yo. A él oirán en todo lo que les diga”» (Hech. 3:20-22; ver también Juan 6:14).
Jesús es aquel a quien todos los profetas del Antiguo Testamento señalaban como el Cristo o Mesías venidero. En el Nuevo Testamento, él es reconocido como el cumplimiento de esas profecías mesiánicas. En Lucas 24:13-35, Jesús se identificó como aquel a quien señalaban las profecías mesiánicas.
De hecho, la descripción que se hace en Juan 1:1-5 del Verbo no se ajusta a ningún ser humano, profeta o no. El Verbo es identificado como el Creador, porque «todas las cosas fueron hechas por él. Nada de cuanto existe fue hecho sin él» (Juan 1:3). Es decir, él es el autor de todo lo creado; es decir, del cosmos entero, cuya extensión se estima en 93 000 millones de años luz.
En cada «dijo Dios» de Génesis 1 oímos hablar a Jesús. Aquel que dijo: «Haya luz» (Gén. 1:3) es también la «luz de los hombres» (Juan 1:4), quien estaba disipando las tinieblas de la tierra mediante el plan de salvación (Juan 1:4-5).
Las palabras proféticas de Dios son ciertas y confirmadas. Cuando se les presta atención, son una luz «que alumbra en lugar oscuro, hasta que el día esclarezca y el Lucero de la mañana salga en sus corazones» (2 Ped. 1:19). La profecía seguirá trayendo luz a nuestro mundo pecaminoso hasta que Jesús, «la Estrella de la mañana» y fuente de esa luz profética, inaugure su reino eterno.
Hasta entonces, Cristo ofrece la eternidad a todos en virtud de su vida, muerte y resurrección. La única pregunta es si la aceptaremos o no.
Comentarios Elena G.W
Al curarlo a Simón de la lepra, Cristo lo había salvado de una muerte viviente. Pero ahora Simón se preguntaba si el Salvador era profeta. Porque Cristo permitió que esta mujer se acercara a él, porque no la rechazó con indignación como a una persona cuyos pecados eran demasiado grandes para ser perdonados, porque no demostró que comprendía que ella había caído, Simón estaba tentado a pensar que él no era profeta. Jesús no sabe nada en cuanto a esta mujer que es tan liberal en sus demostraciones, pensaba él, de lo contrario no permitiría que le tocase.
Pero era la ignorancia de Simón respecto a Dios y a Cristo lo que le inducía a pensar así. No comprendía que el Hijo de Dios debía actuar como Dios, con compasión, ternura y misericordia. El plan de Simón consistía en no prestar atención al servicio de penitencia de María. El acto de ella, de besar los pies de Cristo y ungirlos con ungüento, era exasperante para su duro corazón. Y pensó que si Cristo era profeta, debería reconocer a los pecadores y rechazarlos.
A estos pensamientos inexpresados contestó el Salvador: “Simón, una cosa tengo que decirte… Un acreedor tenía dos deudores: el uno le debía quinientos denarios, y el otro cincuenta; y no teniendo ellos de qué pagar, perdonó a ambos. Di, pues, ¿cuál de estos le amará más? Y respondiendo Simón, dijo: Pienso que aquel al cual perdonó más. Y él le dijo: Rectamente has juzgado”.
Como Natán con David, Cristo ocultó el objeto de su ataque bajo el velo de una parábola. Cargó a su huésped con la responsabilidad de pronunciar sentencia contra sí mismo. Simón había arrastrado al pecado a la mujer a quien ahora despreciaba. Ella había sido muy perjudicada por él. Por los dos deudores de la parábola estaban representados Simón y la mujer. Jesús no se propuso enseñar qué grado de obligación debían sentir las dos personas, porque cada una tenía una deuda de gratitud que nunca podría pagar. Pero Simón se sentía más justo que María, y Jesús deseaba que viese cuán grande era realmente su culpa. Deseaba mostrarle que su pecado superaba al de María en la medida en que la deuda de quinientos denarios excedía a la de cincuenta.
Simón empezó ahora a verse a sí mismo desde un nuevo punto de vista. Vio cómo era considerada María por quien era más que profeta. Vio que, con penetrante ojo profético, Cristo había leído el corazón de amor y devoción de ella. Sobrecogido de vergüenza, comprendió que estaba en la presencia de uno que era superior a él.
“Entré en tu casa —continuó Cristo—, no me diste agua para mis pies”; pero con lágrimas de arrepentimiento, impulsada por el amor, María ha lavado mis pies, y los ha secado con su cabellera. “No me diste beso, mas esta”, que tú desprecias, “desde que entré, no ha cesado de besar mis pies”. Cristo enumeró las oportunidades que Simón había tenido para mostrar el amor que tenía por su Señor, y su aprecio de lo que había sido hecho en su favor. Claramente, aunque con delicada cortesía, el Salvador aseguró a sus discípulos que su corazón se apena cuando sus hijos dejan de mostrar su gratitud hacia él con palabras y hechos de amor— El Deseado de todas las gentes, pp. 519, 520


