Domingo 11 de enero – “CRISTO SERÁ MAGNIFICADO” – VIDA Y MUERTE

VIDA Y MUERTE

“Para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Fil. 1:21).

Domingo: 11 de enero

“CRISTO SERÁ MAGNIFICADO”

Lee Filipenses 1:19, 20. ¿Cuál parece ser la expectativa de Pablo en cuanto al resultado de su juicio? ¿Qué considera incluso más importante que ser absuelto?

 

Filipenses 1:19-20

19 Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación, 20 conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; antes bien con toda confianza, como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte.

Aunque Pablo no era un delincuente, no era la primera vez que lo encarcelaban, y tampoco era ajeno a la persecución. En su carta a los corintios detalló sus sufrimientos hasta ese momento: “En azotes, sin número; en cárceles, más; en peligro de muerte, muchas veces. De los judíos cinco veces recibí cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas; una vez, apedreado. Tres veces naufragué. Una noche y un día pasé a la deriva en alta mar. Anduve de viaje muchas veces. Estuve en peligro de ríos, en peligro de salteadores, en peligro de los de mi raza, en peligro de los gentiles. Peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos. En trabajo y fatiga, en muchos desvelos, en hambre y sed, en muchos ayunos, en frío y desnudez” (2 Cor. 11:23-27).

No obstante, aclara inmediatamente que esos sufrimientos no eran lo más importante en su mente: “Además de otras cosas, lo que sobre mí se agolpa cada día: la preocupación por todas las iglesias” (2 Cor. 11:28).

Lee 1 Corintios 4:14-16; 1 Tesalonicenses 2:10, 11; Gálatas 4:19; Filemón 1:10. ¿Qué relación tenía Pablo con las iglesias que estableció y con las personas que condujo a Cristo?

 

1 Corintios 4:14-16

14 No escribo esto para avergonzaros, sino para amonestaros como a hijos míos amados. 15 Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio. 16 Por tanto, os ruego que me imitéis.

 

1 Tesalonicenses 2:10-11

10 Vosotros sois testigos, y Dios también, de cuán santa, justa e irreprensiblemente nos comportamos con vosotros los creyentes; 11 así como también sabéis de qué modo, como el padre a sus hijos, exhortábamos y consolábamos a cada uno de vosotros,

 

Gálatas 4:19

19 Hijitos míos, por quienes vuelvo a sufrir dolores de parto, hasta que Cristo sea formado en vosotros,

 

Filemón 1:10

10 te ruego por mi hijo Onésimo,, a quien engendré en mis prisiones,

Al igual que Jesús, quien no escatimó nada para salvarnos, Pablo estaba dispuesto a “gastar y gastarse” por el bien de los creyentes (2 Cor. 12:15). Sin embargo, paradójicamente, cuanto más se parecen las acciones de una persona a las de Jesús, menos es amada o apreciada por algunos. “Todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos” (2 Tim. 3:12). A pesar de ello, los cristianos fieles siguen siendo quizá la forma más poderosa de glorificar a Dios y de revelar la verdad del evangelio (comparar con Fil. 1:7). “La paciencia y el gozo de Pablo, su ánimo y su fe durante su largo e injusto encarcelamiento, eran un sermón continuo” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, p. 383).

Evalúa cómo vives y tratas a las personas, especialmente a quienes no te tratan bien. ¿Qué clase de testimonio presentas acerca de Jesús?

Comentarios Elena G.W

La Biblia tiene poco que decir en alabanza de los hombres. Dedica poco espacio a relatar las virtudes hasta de los mejores hombres que jamás hayan vivido. Este silencio no deja de tener su propósito y su lección. Todas las buenas cualidades que poseen los hombres son dones de Dios; realizan sus buenas acciones por la gracia de Dios manifestada en Cristo. Como lo deben todo a Dios, la gloria de cuanto son y hacen le pertenece solo a él; ellos no son sino instrumentos en sus manos. Además, según todas las lecciones de la historia bíblica, es peligroso alabar o ensalzar a los hombres; pues si uno llega a perder de vista su total dependencia de Dios, y a confiar en su propia fortaleza, caerá seguramente. El hombre lucha con enemigos que son más fuertes que él… Es imposible que nosotros, con nuestra propia fortaleza, sostengamos el conflicto; y todo lo que aleje a nuestra mente de Dios, todo lo que induzca al ensalzamiento o a la dependencia de sí, prepara seguramente nuestra caída. El tenor de la Biblia está destinado a inculcarnos desconfianza en el poder humano y a fomentar nuestra confianza en el poder divino.

El alma verdaderamente convertida es iluminada de lo alto… Sus palabras, sus motivos, sus acciones pueden ser mal interpretados y falseados, pero no le importa porque tiene intereses más importantes en juego… No ambiciona la ostentación; no anhela la alabanza de los hombres. Su esperanza está en el cielo, y se mantiene rectamente, con la vista fija en Jesús. Hace el bien porque es justo.

Por sus obras buenas, los seguidores de Cristo deben dar gloria, no a sí mismos, sino al que les ha dado gracia y poder para obrar.

Toda obra buena se cumple solamente por el Espíritu Santo, y este es dado para glorificar, no al que lo recibe, sino al Dador. Cuando la luz de Cristo brille en el alma, los labios darán alabanzas y gracias a Dios. Nuestras oraciones, nuestro cumplimiento del deber, nuestra benevolencia, nuestro sacrificio personal, no serán el tema de nuestros pensamientos ni de nuestra conversación. Jesús será magnificado, el yo se esconderá y se verá que Cristo es todo en todos (Conflicto y valor, 25 de diciembre, p. 365).

Cuando los hombres y las mujeres puedan comprender plenamente la magnitud del gran sacrificio que fue hecho por la Majestad del cielo al morir en lugar del hombre, entonces será magnificado el plan de salvación, y al reflexionar en el Calvario se despertarán emociones tiernas, sagradas y vivas en el corazón del cristiano; vibrarán en su corazón y en sus labios alabanzas a Dios y al Cordero. El orgullo y la estima propia no pueden florecer en los corazones que mantienen frescos los recuerdos de las escenas del Calvario. Este mundo parecerá de poco valor a aquellos que estimen el gran precio de la redención del hombre, la preciosa sangre del amado Hijo de Dios. Todas las riquezas del mundo no tienen suficiente valor para redimir un alma que perece. ¿Quién puede medir el amor que sintió Cristo por el mundo perdido, mientras pendía de la cruz sufriendo por los pecados de los hombres culpables? Este incomprensible amor de Dios fue inconmensurable, infinito (Exaltad a Jesús, 29 de enero, p. 37).

Elena G.W

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