Domingo 15 de septiembre – “¿ERES TÚ EL REY DE LOS JUDÍOS?” – JUZGADO Y CRUCIFICADO

JUZGADO Y CRUCIFICADO

“Y a la hora novena Jesús exclamó a gran voz: ‘Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?’, que quiere decir: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has desamparado?’ ” (Mar. 15:34).

Domingo: 15 de septiembre

“¿ERES TÚ EL REY DE LOS JUDÍOS?”

Lee Marcos 15:1 al 15. ¿Qué clase de circunstancias irónicas ocurren aquí?

 

Marcos 15:1-15

 Muy de mañana, habiendo tenido consejo los principales sacerdotes con los ancianos, con los escribas y con todo el concilio, llevaron a Jesús atado, y le entregaron a Pilato. Pilato le preguntó: ¿Eres tú el Rey de los judíos? Respondiendo él, le dijo: Tú lo dices. Y los principales sacerdotes le acusaban mucho. Otra vez le preguntó Pilato, diciendo: ¿Nada respondes? Mira de cuántas cosas te acusan. Mas Jesús ni aun con eso respondió; de modo que Pilato se maravillaba. Ahora bien, en el día de la fiesta les soltaba un preso, cualquiera que pidiesen. Y había uno que se llamaba Barrabás, preso con sus compañeros de motín que habían cometido homicidio en una revuelta. Y viniendo la multitud, comenzó a pedir que hiciese como siempre les había hecho. Y Pilato les respondió diciendo: ¿Queréis que os suelte al Rey de los judíos? 10 Porque conocía que por envidia le habían entregado los principales sacerdotes. 11 Mas los principales sacerdotes incitaron a la multitud para que les soltase más bien a Barrabás. 12 Respondiendo Pilato, les dijo otra vez: ¿Qué, pues, queréis que haga del que llamáis Rey de los judíos? 13 Y ellos volvieron a dar voces: ¡Crucifícale! 14 Pilato les decía: ¿Pues qué mal ha hecho? Pero ellos gritaban aún más: ¡Crucifícale! 15 Y Pilato, queriendo satisfacer al pueblo, les soltó a Barrabás, y entregó a Jesús, después de azotarle, para que fuese crucificado.

Poncio Pilato fue gobernador de Judea entre los años 26 y 36 d.C. No era un líder amable, y varias de sus acciones causaron consternación entre los habitantes del país (compara con Luc. 13:1). El juicio de Jesús resultó en una sentencia de muerte por blasfemia. Sin embargo, bajo el Gobierno romano, los judíos no podían ejecutar personas en la mayoría de los casos, así que trajeron a Jesús ante Pilato para que lo condenara.

El cargo contra Jesús ante Pilato no es mencionado, pero es posible deducirlo a partir de la breve pregunta que le dirige al Señor: “¿Eres tú el Rey de los judíos?” (Mar. 15:2). En los tiempos del Antiguo Testamento, Israel ungía a sus reyes, así que no es difícil ver cómo el término Messiah (“ungido”) podía ser convertido en un presunto reclamo de homenaje propio de un rey, en competencia con el emperador. Por lo tanto, la acusación presentada ante el Sanedrín contra Jesús fue de blasfemia, mientras que la esgrimida contra él ante el gobernador fue de sedición, lo que podía conducir a la muerte.

La ironía radica en el hecho de que Jesús es tanto el Mesías como el Rey de los judíos. Sus condenas por blasfemia y sedición estaban equivocadas. Debió haber recibido, en cambio, homenaje y adoración. Pero Jesús aún actúa como un rey. Su respuesta a Pilato: “Tú lo dices” (Mar. 15:2, RVR 1960) es evasiva. Él no rechaza el título ni lo confirma. Esta respuesta puede sugerir que es un rey, pero de una clase diferente (compara con Juan 18:33-38).

Marcos 15:6 introduce en la narración la costumbre de liberar a un prisionero durante la Pascua. En Marcos 15:9, Pilato pregunta si quieren que suelte al “Rey de los judíos”, y aunque usó tal vez el título de manera irónica, la ironía está en realidad jugando en su contra.

Marcos 15:9 y 10 es un estudio de percepción y de falta de ella. Pilato se da cuenta de que los líderes religiosos entregaron a Jesús por envidia, pero no percibe que, al formular la pregunta a la multitud, está haciendo el juego a los dirigentes religiosos. Estos incitan a la multitud y piden la crucifixión de Jesús. Pilato retrocede. La crucifixión era una manera demasiado terrible de morir, sobre todo para alguien a quien él consideraba inocente. Cuán dolorosamente irónico es que el gobernador romano quisiera liberar al Mesías, mientras que los dirigentes religiosos lo querían crucificado.

¿Qué puede preservarte de seguir a la multitud cuando la presión para hacerlo es fuerte?

Comentarios Elena G.W

Jesús tenía muchos simpatizantes en el grupo que lo rodeaba, y el hecho de que no respondiera a las numerosas preguntas que se le hacían asombraba a la multitud. Frente al escarnio y la violencia de la turba, ni un gesto, ni una expresión de molestia se dibujaba en sus rasgos. Tenía una actitud digna y compuesta. Los espectadores lo contemplaban maravillados. Comparaban su perfecta forma y su comportamiento firme y digno con la apariencia de los que se habían sentado en juicio contra él, y se decían mutuamente que tenía mucho más la apariencia de un rey que cualquiera de los dirigentes. No tenía señales de ser criminal. Su mirada era bondadosa, luminosa y libre de temor; su frente amplia y elevada. Cada rasgo suyo estaba definidamente señalado por la benevolencia y la nobleza. Su paciencia y su tolerancia eran tan poco humanas que muchos temblaron. Aun Herodes y Pilato se sintieron sumamente perturbados frente a su porte noble y divino (La historia de la redención, p. 224).

Desde el mismo principio Pilato se convenció de que Jesús no era un hombre ordinario. Creía que era una persona excelente y totalmente inocente de lo que se lo acusaba. Los ángeles que contemplaban la escena notaron la convicción del gobernador romano, y para salvarlo de comprometerse en el terrible acto de entregar a Jesús para ser crucificado un ángel fue enviado a la esposa de Pilato y le dio información por medio de un sueño de que el juicio en que su esposo estaba participando era el del Hijo de Dios, y que era inocente. Inmediatamente ella le envió un mensaje para declarar que había sufrido mucho en sueños con respecto a Jesús, y para advertirle que no tuviera nada que ver con ese santo. El mensajero, abriéndose paso apresuradamente entre la multitud, puso la carta en manos de Pilato. Al leerla, este tembló y se puso pálido, y decidió inmediatamente no tener nada que ver con enviar a Cristo a la muerte. Si los judíos querían la sangre de Jesús, él no prestaría su influencia para que lo lograran; al contrario, trataría de librarlo (La historia de la redención, pp. 224, 225).

Jesús no vivió para agradarse a sí mismo. Se entregó como un sacrificio vivo y consumidor en favor de los demás… Los que reciben a Cristo abandonarán todo rasgo descortés y áspero, y manifestarán la amabilidad y la bondad que hay en Jesús, porque Cristo mora en el corazón por la fe. Cristo era la Luz que brillaba en la oscuridad, y sus seguidores también deben ser la luz del mundo…

Cristo es nuestro modelo, pero a menos que lo contemplemos, que nos espaciemos en su carácter, no lo reflejaremos en nuestra vida práctica. Fue manso y humilde de corazón. Nunca cometió una acción ruda, nunca pronunció una palabra descortés. El Señor no se complace con nuestra conducta ruda y carente de simpatía manifestada hacia los demás… Debemos estar en el mundo pero no debemos ser del mundo. Debemos ser una representación de Jesucristo. Tal como el Señor de vida y gloria vino a nuestro mundo a fin de representar al Padre, así hemos de ir al mundo para representar a Jesús (That I May Know Him, p. 306; parcialmente en A fin de conocerle, p. 305).

Elena G.W

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