Domingo 19 de marzo – LAS RECOMPENSAS DE LA FIDELIDAD

LAS RECOMPENSAS DE LA FIDELIDAD

“Su señor le dijo: ‘¡Bien, siervo bueno y fiel! Sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor’” (Mat. 25:21).

Domingo: 19 de Marzo

RECOMPENSA POR LA FIDELIDAD

Lee Hebreos 11:6. ¿Qué debería significar este versículo para nosotros? ¿Cómo debemos responder a lo que dice? Ver también Apocalipsis 22:12; e Isaías 40:10 y 62:11. ¿Qué nos enseñan todos estos pasajes?

La recompensa de Dios para sus hijos fieles es única y, como muchas cosas espirituales, puede estar más allá de nuestra comprensión finita. “El lenguaje humano es inadecuado para describir la recompensa de los justos. Solo la conocerán quienes la contemplen. Ninguna mente finita puede comprender la gloria del Paraíso de Dios” (CS 733).

Jesús concluyó las Bienaventuranzas, que introducen el Sermón del Monte, con estas palabras: “Bienaventurados son cuando los insulten y persigan, y digan de ustedes todo mal por mi causa, mintiendo. Gócense y alégrense, porque su recompensa es grande en el cielo, que así persiguieron a los profetas que fueron antes de ustedes” (Mat. 5:11, 12). Después de enumerar a las personas de fe en Hebreos 11, el autor comienza el próximo capítulo explicando por qué Jesús estuvo dispuesto a morir en la Cruz.

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de lo que estorba y del pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, fijos los ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, quien, en vista del gozo que le esperaba, sufrió la cruz, menospreció la vergüenza y se sentó a la diestra del trono de Dios” (Heb. 12:1, 2).

Sin embargo, ser recompensados por la fidelidad no es lo mismo que la salvación por obras. ¿Quién entre nosotros, o entre cualesquiera de los personajes bíblicos, hizo obras lo suficientemente buenas como para tener algún mérito ante Dios? Ninguno, por supuesto. Esa es la razón de ser de la Cruz; si pudiéramos salvarnos por obras, Jesús nunca habría ido al sacrificio. En cambio, es por gracia. “Y si es por gracia, ya no es con base en las obras. Si fuera por obras, la gracia ya no sería gracia” (Rom. 11:6). Las recompensas, en cambio, son el mero resultado de lo que Dios ha hecho por nosotros y en nosotros.

¿Cómo entendemos la diferencia entre la salvación por gracia y la recompensa según las obras? Lleva tu respuesta a la clase el sábado.

Comentarios Elena G.W

No hay nada que fomente la incredulidad. El Señor manifiesta su gracia y su poder vez tras vez, y esto debe enseñarnos que siempre es provechoso, en todas las circunstancias, fomentar la fe, hablar de la fe, proceder con fe. No debemos permitir que nuestros corazones y nuestras manos se debiliten al permitir que las sugestiones de mentes Incrédulas planten en nuestros corazones las semillas de duda y desconfianza [se cita Heb. 3:12]. El Señor obra en cooperación con la voluntad y la acción del ser humano. Cada persona tiene privilegio y el deber de aceptar lo que dice Dios, creer en Jesús como su Salvador personal y responder anhelante e inmediatamente a las bondadosas propuestas que Dios hace. El hombre debe estudiar para creer y obedecer las instrucciones divinas de las Escrituras. Debe basar su fe no en sentimientos, sino en evidencias y en la Palabra de Dios (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, pp. 939, 940). Alcemos los OJOS y dejemos que nuestra fe aumente de continuo. Dejemos que esta fe nos guíe a lo largo de la senda estrecha que ha de llevarnos por las puertas de la ciudad al gran más allá, al amplio e ilimitado futuro de gloria que espera a los redimidos. "Pues, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia, hasta que reciba la lluvia temprana y tardía. Tened también vosotros paciencia: confirmad vuestros corazones: porque la venida del Señor se acerca". Santiago 5:7, 8. Las naciones de los salvos no conocerán otra ley que la del cielo. Todos constituirán una familia feliz y unida, ataviada con las vestiduras de alabanza y agradecimiento. Al presenciar la escena, las estrellas de la mañana cantarán juntas, y los hijos de los hombres aclamarán de gozo, mientras Dios y Cristo se unirán para proclamar: No habrá más pecado ni muerte (Profetas y reyes, p. 542). Jesús viene pronto, y nuestra posición debería caracterizarse por una actitud de espera y de vigilia en anticipación a su llegada. No deberíamos permitir que nada se interponga entre Jesús y nosotros. Aquí tenemos que aprender el cántico del cielo, para que cuando nuestra lucha haya concluido nos podamos unir al himno de los ángeles celestiales en la ciudad de Dios. ¿Cuál es ese canto? Es la alabanza, el honor y la gloria que se le rinden a Aquel que está sentado sobre el trono y al Cordero por los siglos de los siglos. Encontraremos Oposición; la gente nos odiará por causa de Cristo, y también lo hará Satanás, porque sabe que con los seguidores de Cristo existe una fuerza divina que debilitará su influencia. No podemos escapar de su censura... No podemos permitir que nuestro tiempo se mantenga ocupado de tal manera con cosas de naturaleza temporal —ni siquiera con asuntos que frenen que ver con la causa de Dios—, que pase un día tras otro sin que nos acerquemos al costado sangrante de Jesús. Necesitamos sostener una comunión diaria con él. Se nos exhorta a que peleemos la buena batalla de la fe. Para mantener una vida de fe ardiente se necesita pelear una batalla viva; si nos entregamos totalmente a Cristo, con la determinación inquebrantable de aferrarnos únicamente a él, seremos capaces de rechazar al enemigo y de ganar una victoria gloriosa (Exaltad a Jesús, p. 366).

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