MÁS TESTIMONIOS ACERCA DE JESÚS
“Y cuando yo sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mí” (Juan 12:32).
Domingo: 3 de noviembre
HUMILDAD: JUAN EL BAUTISTA VUELVE A DAR TESTIMONIO
La lección 2 describió cómo el testimonio de Juan el Bautista llevó a los primeros discípulos (Andrés y Juan, Pedro, Felipe y Natanael) a Jesús. Cabría esperar que el Bautista desapareciera de escena tras dar su testimonio. Pero reaparece varias veces en el Evangelio de Juan.
Lee Juan 3:25 al 36. ¿De qué manera Juan el Bautista es comparado con Jesús?
Juan 3:25-36
25 Entonces hubo discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación. 26 Y vinieron a Juan y le dijeron: Rabí, mira que el que estaba contigo al otro lado del Jordán, de quien tú diste testimonio, bautiza, y todos vienen a él. 27 Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. 28 Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. 29 El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. 30 Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. 31 El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos. 32 Y lo que vio y oyó, esto testifica; y nadie recibe su testimonio. 33 El que recibe su testimonio, este atestigua que Dios es veraz. 34 Porque el que Dios envió, las palabras de Dios habla; pues Dios no da el Espíritu por medida. 35 El Padre ama al Hijo, y todas las cosas ha entregado en su mano. 36 El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él.
Surgió una disputa entre los discípulos de Juan el Bautista y un judío anónimo acerca de la purificación, probablemente, sobre la eficacia del bautismo (comparar con Mar. 1:4, 5). Curiosamente, cuando los discípulos de Juan acuden a él para dirimir la cuestión, mencionan a Jesús: “Está bautizando, y todos van a él” (Juan 3:26). No es difícil leer entre líneas que están celosos de Jesús y preocupados por la reputación tanto de su maestro como de ellos mismos.
Habría sido muy fácil que Juan cediera a los celos, pero no lo hizo pues sabía cuál era su misión. Por el contrario, recordó a sus discípulos que nunca pretendió ser el Cristo. Vino, en cambio, a señalar hacia él, a prepararle el camino, a ser su testigo (Juan 1:6-8).
Utilizando la ilustración de una boda, se compara a sí mismo con el amigo del novio, y a Jesús con el novio. La novia sería el pueblo de Dios (comparar con Ose. 2:16-23; Isa. 62:1-5). Luego, en palabras que muestran la verdadera grandeza de Juan, dice: “Él tiene que crecer y yo menguar” (Juan 3:30).
Juan 3:31 al 36 continúa la comparación entre Jesús y Juan para destacar así la superioridad del Mesías respecto de su precursor. Al dirigir así la atención hacia Jesús, Juan subraya nuevamente la idea del testimonio. Quienes reciben ese testimonio y creen en Jesús tienen vida eterna. Quienes no lo reciben quedan bajo la ira de Dios. Eso dice el texto. Dios ama al mundo y envió a su Hijo para salvarlo (Juan 3:16, 17), pero quienes rechazan el regalo que se les ofrece enfrentarán la consecuencia de sus propios pecados: la muerte eterna.
¿Cómo podemos aprender la lección de la humildad en relación con Dios y con los demás? ¿Qué podemos aprender del ejemplo de Juan acerca de la humildad?
Comentarios Elena G.W
Cuando, después que comenzara el ministerio de Cristo, los discípulos de Juan fueron a él con la queja de que todos seguían al nuevo Maestro, Juan demostró cuán claramente comprendía su relación con el Mesías, y cuán gustosamente daba la bienvenida a Aquel cuyo camino había preparado…
«Vosotros mismos me sois testigos que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa, es el esposo; mas el amigo del esposo, que está en pie y lo oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo es cumplido. A él conviene crecer, mas a mí menguar». Juan 3:27-30.
Mirando con fe al Redentor, Juan se había elevado a la altura de la abnegación. El no trataba de atraer a los hombres a sí mismo, sino de elevar sus pensamientos siempre más alto, hasta que reposasen en el Cordero de Dios. El no había sido más que una voz, un clamor en el desierto. Ahora aceptaba con gozo el silencio y la oscuridad, a fin de que los ojos de todos pudiesen dirigirse hacia la Luz de la vida (Obreros evangélicos, pp. 57, 58).
El profeta [Juan el Bautista] señala al Salvador como el Sol de Justicia que se eleva con esplendor y pronto eclipsará su propia luz, para luego palidecer y oscurecerse en la gloria de una luz mayor. Juan, por su alegría desinteresada en el ministerio exitoso de Jesús, presenta al mundo el tipo más verdadero de nobleza jamás exhibido por un hombre mortal. Lleva consigo una lección de sumisión y abnegación para aquellos a quienes Dios ha colocado en puestos de responsabilidad. Les enseña a no apropiarse nunca de honores indebidos, ni dejar que el espíritu de rivalidad deshonre la causa de Dios…
Las noticias que habían sido llevadas a Juan acerca del éxito de Jesús fueron llevadas también a Jerusalén, y allí crearon contra él celos, envidia y odio. Jesús conocía los corazones endurecidos y las mentes ensombrecidas de los fariseos, y que no escatimarían esfuerzos para crear una división entre sus propios discípulos y los de Juan que perjudicaría grandemente la obra, por lo que calladamente dejó de bautizar y se retiró a Galilea. Sabía que se avecinaba la tormenta que pronto barrería al profeta más noble que Dios había dado al mundo. Quiso evitar toda división de sentimientos en la gran obra que tenía ante sí y, por el momento, se retiró de aquella región con el propósito de calmar toda conmoción perjudicial para la causa de Dios (The Spirit of Prophecy, t. 2, pp. 138, 139).
Cuando, en lugar de confiar en la comprensión humana, o conformarnos a las máximas del mundo, nos sentemos a los pies de Jesús, bebiendo ansiosamente sus palabras, aprendiendo de él, y diciendo: «Señor, ¿qué quieres que haga?» nuestra independencia natural, nuestra confianza propia, nuestra obcecada fuerza de voluntad, serán cambiadas por un espíritu infantil, sumiso y educable.
Nuestros afectos se centrarán en Jesús, nuestros pensamientos serán poderosamente arrastrados hacia el cielo. Cristo crecerá, yo decreceré… Cultivaremos las virtudes que moran en Jesús, para que podamos reflejar ante los demás una representación de su carácter (Nuestra elevada vocación, p. 101).


