ENTENDIENDO EL SACRIFICIO
“Y cantaban un nuevo cántico, diciendo: ‘Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos; porque tú fuiste inmolado, y con tu sangre nos has redimido para Dios, de todo linaje y lengua y pueblo y nación’ ” (Apoc. 5:9, RVR 1960).
Domingo: 4 de mayo
¿SACRIFICIOS INÚTILES?
Contrastar dos ideas puede resultar muy instructivo. Por ejemplo, se puede aprender mucho acerca de la perspectiva bíblica del sacrificio a la luz del rechazo que Dios hizo de los sacrificios que su pueblo le ofrecía.
Compara Isaías 1:2 al 15 con Isaías 56:6 y 7, y Salmos 51:17. ¿Qué lecciones importantes enseñan estos textos acerca del sacrificio?
Isaías 1:2-15
2 Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crie hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. 3 El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. 4 ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. 5 ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. 6 Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite. 7 Vuestra tierra está destruida, vuestras ciudades puestas a fuego, vuestra tierra delante de vosotros comida por extranjeros, y asolada como asolamiento de extraños. 8 Y queda la hija de Sion como enramada en viña, y como cabaña en melonar, como ciudad asolada. 9 Si Jehová de los ejércitos no nos hubiese dejado un resto pequeño, como Sodoma fuéramos, y semejantes a Gomorra. 10 Príncipes de Sodoma, oíd la palabra de Jehová; escuchad la ley de nuestro Dios, pueblo de Gomorra. 11 ¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos de carneros y de sebo de animales gordos; no quiero sangre de bueyes, ni de ovejas, ni de machos cabríos. 12 ¿Quién demanda esto de vuestras manos, cuando venís a presentaros delante de mí para hollar mis atrios? 13 No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes. 14 Vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas solemnes las tiene aborrecidas mi alma; me son gravosas; cansado estoy de soportarlas. 15 Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos.
Isaías 56:6-7
6 Y a los hijos de los extranjeros que sigan a Jehová para servirle, y que amen el nombre de Jehová para ser sus siervos; a todos los que guarden el día de reposo para no profanarlo, y abracen mi pacto, 7 yo los llevaré a mi santo monte, y los recrearé en mi casa de oración; sus holocaustos y sus sacrificios serán aceptos sobre mi altar; porque mi casa será llamada casa de oración para todos los pueblos.
Salmos 51:17
17 Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.
Este trágico episodio de la historia de Israel no fue la primera ocasión en que Dios rechazó un sacrificio. Algo similar ocurrió cerca del comienzo de la historia de la salvación, cuando el sacrificio de Abel fue aprobado y aceptado por Dios a diferencia del de Caín. Ese temprano episodio representa otra oportunidad de observar el contraste existente entre los sacrificios aceptables y los inaceptables (ver Gén. 4:3-7; Heb. 11:4).
En la época de Isaías, Israel cumplía con sus obligaciones y tildaba mentalmente las casillas de los deberes religiosos en un poco esforzado y vano intento de apaciguar a Dios mientras que vivía a su antojo. Sus sacrificios estaban, como los de Caín, anclados en el yo, no en una actitud de entrega y sumisión a Dios.
Ese es el mismo espíritu de autosuficiencia que anima a los reinos de este mundo. Caín vivía a su antojo mientras ofrecía a Dios un ritual de formas realizado en sus propios términos. Es de suponer que consideraba a Dios como un inconveniente, un obstáculo para seguir su propio camino, pero lo temía lo suficiente como para cumplir con sus obligaciones.
Por el contrario, Abel ofreció un cordero, el sacrificio que Dios había pedido, el que representaba la promesa que Dios había hecho de un Mesías venidero (Gén. 3:15) y señalaba hacia el acto salvador de Cristo en el Calvario.
“Abel se aferró a los grandes principios de la Redención. Se veía pecador, y vio que el pecado y su pena de muerte se interponían entre su alma y la comunión con Dios. Trajo la víctima inmolada, la vida sacrificada, y así reconoció las demandas de la ley que había sido transgredida. En la sangre derramada contempló el sacrificio futuro, a Cristo muriendo en la cruz del Calvario; y al confiar en la expiación que iba a realizarse allí, obtuvo testimonio de que era justo, y de que su ofrenda era aceptada” (Elena de White, Patriarcas y profetas, pp. 59, 60).
¡Cuán crucial es que evitemos simplemente “cumplir con las formalidades”! ¿Cómo podemos experimentar lo que significa depender totalmente de la muerte de Jesús como nuestra única esperanza de salvación?
Comentarios Elena G.W
El Señor no ignoraba los sentimientos de resentimiento abrigados por Caín; pero quería que Caín reflexionara sobre su conducta y, convencido de su pecado, se arrepintiera y pusiera los pies en el camino de la obediencia. No había ninguna causa para sus sentimientos de ira hacia su hermano o hacia su Dios; fue su propio desprecio de la voluntad de Dios, claramente expresada, lo que había llevado al rechazo de su ofrenda. A través de su ángel mensajero, Dios dijo a este hombre rebelde y obstinado: «Si haces bien, ¿no serás aceptado? y si no haces bien, el pecado está a la puerta». «Si haces bien», no te sales con la tuya, sino que obedeces los mandamientos de Dios, te acercas a él con la sangre de la víctima inmolada, mostrando así tu fe en el Redentor prometido, que, en la plenitud de los tiempos, haría expiación por el hombre culpable, para que no perezca, sino que tenga vida eterna…
Así, el asunto quedó claramente expuesto ante Caín; pero su combatividad se despertó porque se cuestionó su proceder, y no se le permitió seguir sus propias ideas independientes. Estaba enojado con Dios y enojado con su hermano. Estaba enojado con Dios porque no aceptaba los planes del hombre pecador en lugar de los requisitos divinos, y estaba enojado con su hermano por no estar de acuerdo con él (The Signs of the Times, 16 de diciembre, 1886, «Cain and Abel Tested», párr. 8, 10).
Se puede aprender una lección importante de la historia de las ofrendas de Caín y Abel. Las demandas de la justicia infinita y las exigencias de la ley de Dios solo pueden satisfacerse mediante el sacrificio expiatorio de Cristo. La ofrenda más costosa que el hombre puede traer a Dios, el fruto de su trabajo, sus adquisiciones físicas e intelectuales, ya pertenecen a su Creador. El hombre no tiene nada que no haya recibido. Ni la riqueza material ni la grandeza intelectual expiarán el pecado del alma. Caín despreció la idea de que fuera necesario acercarse a Dios con una ofrenda de sangre. En el mismo espíritu muchos en nuestros días se niegan a creer que la sangre de Cristo fue derramada como sacrificio por los pecados de los hombres. Aunque Caín decidió desobedecer el mandato de Dios, llevó su ofrenda con gran confianza. La consideraba como el fruto de su propio trabajo y, por lo tanto, como algo que le pertenecía; y al presentársela a Dios sintió que estaba obligando a su Creador a respetarlo a él… La gran pregunta debería ser: ¿Qué puedo hacer para obtener la aprobación de Dios? y no: ¿Cómo puedo complacerme mejor a mí mismo?
Abel confiaba plenamente en los méritos del sacrificio expiatorio de Cristo. Fue esta fe la que lo conectó con Dios. La promesa de un Redentor era tenuemente comprendida; pero las ofrendas del sacrificio arrojaron luz sobre la promesa. Caín tuvo la misma oportunidad de aprender y aceptar estas verdades que Abel. Dios no aceptó a uno y rechazó al otro sin razón suficiente. Abel creyó y obedeció; Caín dudó y se rebeló. Dios no hace acepción de personas, pero recompensará a los obedientes y castigará a los desobedientes (The Signs of the Times, February 6, 1879, «The Great Controversy Between Christ and His Angels and Satan and His Angels: Chapter 5—Cain and Abel», párr. 5, 6).


