Domingo 8 de junio – HAMBRE EN LA “CASA DEL PAN” – RUT Y ESTER

RUT Y ESTER

“Cuando él vio a la reina Ester en el patio, ella obtuvo gracia en sus ojos, y el rey le extendió el cetro de oro que tenía en la mano. Entonces Ester se acercó y tocó la punta del cetro” (Est. 5:2).

Domingo: 8 de junio

HAMBRE EN LA “CASA DEL PAN”

Los críticos de la fe cristiana han señalado a menudo la brutal realidad de vivir en este mundo como prueba de que: (a) Dios no existe, (b) es impotente para impedir que ocurran cosas malas o (c) no le importa que suframos. Sin embargo, muchas de las historias de la Biblia proveen abundantes evidencias de que ninguna de estas suposiciones es correcta. Es cierto que Dios permite que la humanidad coseche las consecuencias de la rebelión contra él, pero está siempre presente y activo en la historia humana para la resolución final del pecado y el sufrimiento, aunque sin coartar la libertad humana. La historia de Rut es un ejemplo de ello.

Lee Rut 1:1 al 5. ¿Cuáles fueron las penurias que cayeron sobre Noemí y Rut, y qué las causó? ¿Cómo refleja esto la situación a la que se enfrenta ahora toda la humanidad?

 

Rut 1:1-5

1 Aconteció en los días que gobernaban los jueces, que hubo hambre en la tierra. Y un varón de Belén de Judá fue a morar en los campos de Moab, él y su mujer, y dos hijos suyos. El nombre de aquel varón era Elimelec, y el de su mujer, Noemí; y los nombres de sus hijos eran Mahlón y Quelión, efrateos de Belén de Judá. Llegaron, pues, a los campos de Moab, y se quedaron allí. Y murió Elimelec, marido de Noemí, y quedó ella con sus dos hijos, los cuales tomaron para sí mujeres moabitas; el nombre de una era Orfa, y el nombre de la otra, Rut; y habitaron allí unos diez años. Y murieron también los dos, Mahlón y Quelión, quedando así la mujer desamparada de sus dos hijos y de su marido.

El enunciado inicial de esta historia resulta paradójico: Hubo una hambruna que afectó a Belén, una ciudad cuyo nombre significa “casa del pan [o del alimento]”. La abundancia caracterizaba al Edén, donde Dios dijo a Adán y a Eva: “Puedes comer de todo árbol del huerto” (Gén. 2:16). La humanidad comenzó su existencia en medio de la abundancia, bajo el cuidado de un Creador generoso, pero su papel de administradores de la Creación se convirtió luego en la esclavitud del pecado. “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste tomado”, dijo Dios a Adán (Gén. 3:19).

Al igual que Noemí, hemos sido desposeídos de la herencia que Dios originalmente dispuso que tuviéramos, y nuestra vida se ha convertido en una penuria. El Edén fue un regalo, pero no incondicional. Los humanos eran libres de rebelarse, pero eso significaría que tendrían que asumir la responsabilidad de su propio bienestar. Originalmente, debíamos controlar o ejercer dominio sobre la Creación con la bendición de Dios, pero ahora nos enfrentamos a la tarea de controlar un mundo caído. Los seres humanos egoístas que compiten por los escasos recursos provocan mucho dolor y sufrimiento.

La tragedia es indecible. La tierra sigue produciendo en abundancia, lo que es un poderoso testimonio del amor de Dios, pero la codicia humana y los estragos del pecado hacen que el mundo parezca someternos más a nosotros que nosotros a él. Un día, sin embargo, todo esto terminará.

Incluso después de seis mil años de pecado y muerte, ¿cómo sigue revelando la Tierra las maravillas del amor y el poder creador de Dios?

Comentarios Elena G.W

No es por un poder inherente por lo que año tras año produce la tierra sus frutos y sigue en su derrotero alrededor del sol. La mano de Dios guía a los planetas y los mantiene en posición en su marcha ordenada a través de los cielos. Es su poder el que hace que el verano y el invierno, el tiempo de sembrar y de recoger, el día y la noche se sigan uno a otro en sucesión regular. Es por su palabra como florece la vegetación, y como aparecen las hojas y las flores llenas de lozanía. Todo lo bueno que tenemos, cada rayo del sol y cada lluvia, cada bocado de alimento, cada momento de la vida, es un regalo de amor.

Cuando nuestro carácter no conocía el amor y éramos «aborrecibles» y nos aborrecíamos «unos a otros», nuestro Padre celestial tuvo compasión de nosotros. «Cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia». Tito 3:3-5. Si recibimos su amor, nos hará igualmente tiernos y bondadosos, no solo con quienes nos agradan, sino también con los más defectuosos, errantes y pecaminosos (El discurso maestro de Jesucristo, p. 65).

Las cosas de la naturaleza que ahora contemplamos nos dan apenas un débil concepto de la gloria del Edén. El pecado afeó la belleza de la tierra, y por doquiera pueden verse los estragos del mal. No obstante, queda aún mucha hermosura. La naturaleza atestigua que un Ser infinito en poder, grande en bondad, misericordia y amor, creó la tierra y la llenó de vida y de alegría. Aunque ajadas, todas las cosas manifiestan la obra de la mano del gran Artista y Maestro. Por doquiera que nos volvamos, podemos oír la voz de Dios, y ver pruebas evidentes de su bondad.

Desde el solemne retumbar del trueno y el bramido incesante del viejo océano, hasta los alegres cantos que hacen de las selvas un concierto de melodías, las miríadas de voces de la naturaleza entonan las alabanzas de Dios. Contemplamos su gloria en la tierra, en el mar y en el firmamento, con sus maravillosos tintes y colores, que varían en grandioso contraste o se armonizan unos con otros. Los perennes collados nos hablan de su poder. Los árboles que hacen ondear sus verdes banderas bajo los rayos del sol, y las flores en su delicada belleza, nos señalan al Creador. El vivo verdor que alfombra la tierra nos habla del solícito cuidado de Dios por sus más humildes criaturas. Las cavernas del mar y las profundidades de la tierra revelan sus tesoros. El que puso las perlas en el océano y la amatista y el crisólito entre las rocas, ama lo bello. El sol que sale en el horizonte es representante de Aquel que es vida y luz de todo lo que hizo. Todo el brillo y la belleza que adornan la tierra e iluminan los cielos, hablan de Dios (El ministerio de curación, pp. 319, 320).

Elena G.W

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