Domingo 9 de febrero – “¿HASTA CUÁNDO, SEÑOR?” – EL PROBLEMA DEL MAL

EL PROBLEMA DEL MAL

“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron” (Apoc. 21: 4).

Domingo: 9 de febrero

“¿HASTA CUÁNDO, SEÑOR?”

El problema del mal se expresa no solo en contextos contemporáneos, sino también en la propia Escritura.

Lee Job 30: 26; Jeremías 12: 1; 13: 22; Malaquías 2: 17; y Salmo 10: 1. ¿Cómo traen estos textos el problema del mal al primer plano de la experiencia humana?

 

Job 30: 26

26 Cuando esperaba yo el bien, entonces vino el mal; Y cuando esperaba luz, vino la oscuridad. 27 Mis entrañas se agitan, y no reposan; Días de aflicción me han sobrecogido. 28 Ando ennegrecido, y no por el sol; Me he levantado en la congregación, y clamado. 29 He venido a ser hermano de chacales, Y compañero de avestruces. 30 Mi piel se ha ennegrecido y se me cae, Y mis huesos arden de calor. 31 Se ha cambiado mi arpa en luto, Y mi flauta en voz de lamentadores.

 

Jeremías 12: 1

1 Justo eres tú, oh Jehová, para que yo dispute contigo; sin embargo, alegaré mi causa ante ti. ¿Por qué es prosperado el camino de los impíos, y tienen bien todos los que se portan deslealmente?

 

Jeremías 13: 22

22 Si dijeres en tu corazón: ¿Por qué me ha sobrevenido esto? Por la enormidad de tu maldad fueron descubiertas tus faldas, fueron desnudados tus calcañares.

 

Malaquías 2: 17

17 Habéis hecho cansar a Jehová con vuestras palabras. Y decís: ¿En qué le hemos cansado? En que decís: Cualquiera que hace mal agrada a Jehová, y en los tales se complace; o si no, ¿dónde está el Dios de justicia?

 

Salmo 10: 1

1 ¿Por qué estás lejos, oh Jehová, Y te escondes en el tiempo de la tribulación?

Estos textos plantean muchas preguntas que siguen vigentes hoy. ¿Por qué parece que los malvados siempre, o al menos con frecuencia, prosperan y se benefician de su maldad? ¿Por qué sufren tanto los justos? ¿Dónde está Dios cuando ocurre el mal? ¿Por qué Dios parece a veces estar lejos de nosotros, incluso oculto?

Independientemente de qué respuestas demos a esas preguntas y al problema del mal en general, debemos asegurarnos de no trivializarlo. No debemos tratar de resolver la cuestión restando importancia al tipo o la cantidad de mal existente en el mundo. El mal es muy nefasto, y Dios lo odia más que nosotros. Por eso, podríamos unirnos al clamor que resuena en toda la Escritura en respuesta a los muchos males e injusticias del mundo: “¿Hasta cuándo, Señor?”.

Lee Mateo 27: 46. ¿Cómo entiendes estas palabras de Jesús? ¿Cómo expresan el hecho de que el mal impactó a Dios de la forma más sorprendente?

 

Mateo 27: 46

46 Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

Jesús mismo preguntó en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mat. 27: 46). Vemos aquí que Dios mismo resulta afectado por el mal, una asombrosa verdad poderosamente destacada por el sufrimiento y la muerte de Cristo en la Cruz, donde todo el mal del mundo recayó sobre él.

Pero incluso aquí hay esperanza. Lo que Cristo hizo en la Cruz significó la derrota de Satanás, el originador y la fuente del mal, y terminará finalmente con el mal. Jesús citó esas palabras de Salmo 22: 1, que concluye con una nota de victoria.

Jesús fue sostenido en la Cruz por una esperanza cuyo cumplimiento no podía ver en ese momento. ¿Cómo podemos encontrar consuelo en su experiencia cuando tampoco podemos ver el cumplimiento de nuestra esperanza?

Comentarios Elena G.W

«El Señor no tarda su promesa». 2 Pedro 3:9. Él no se olvida de sus hijos ni los abandona, pero permite a los malvados que pongan de manifiesto su verdadero carácter para que ninguno de los que quieran hacer la voluntad de Dios sea engañado con respecto a ellos. Además, los rectos pasan por el horno de la aflicción para ser purificados y para que por su ejemplo otros queden convencidos de que la fe y la santidad son realidades, y finalmente para que su conducta intachable condene a los impíos y a los incrédulos.

Dios permite que los malvados prosperen y manifiesten su enemistad contra él, para que cuando hayan llenado la medida de su iniquidad, todos puedan ver la justicia y la misericordia de Dios en la completa destrucción de aquellos. Pronto llega el día de la venganza del Señor, cuando todos los que hayan transgredido su ley y oprimido a su pueblo recibirán la justa recompensa de sus actos; cuando todo acto de crueldad o de injusticia contra los fieles de Dios será castigado como si hubiera sido hecho contra Cristo mismo (El conflicto de los siglos, pp. 44, 45).

En la obra de reforma que debe ejecutarse hoy, se necesitan hombres que, como Esdras y Nehemías, no reconocerán paliativos ni excusas para el pecado, ni rehuirán de vindicar el honor de Dios. Aquellos  sobre quienes recae el peso de esta obra no callarán cuando vean que se obra mal ni cubrirán a este con un manto de falsa caridad. Recordarán que Dios no hace acepción de personas y que la severidad hacia unos pocos puede resultar en misericordia para muchos. Recordarán también que el que reprende el mal debe revelar siempre el espíritu de Cristo (Profetas y reyes, p. 498).

[Cristo fue] clavado en la cruz, colgado entre los cielos y la tierra… El glorioso Redentor del mundo perdido sufría la penalidad que merecía la transgresión de la ley del Padre, que había cometido el hombre. Estaba por redimir a su pueblo con su propia sangre…

¡Oh! ¿Hubo alguna vez sufrimiento y pesar como el que soportó el Salvador moribundo? Lo que hizo tan amarga su copa fue la comprensión del desagrado de su Padre. No fue el sufrimiento corporal lo que acabó tan prestamente con la vida de Cristo en la cruz. Fue el peso abrumador de los pecados del mundo y la sensación de la ira de su Padre. La gloria de Dios y su presencia sostenedora le habían abandonado; la desesperación le aplastaba con su peso tenebroso, y arrancó de sus labios pálidos y temblorosos el grito angustiado: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»…

En su agonía mortal, mientras entregaba su preciosa vida, tuvo que confiar por la fe solamente en Aquel a quien había obedecido con gozo… Mientras se lo denegaba hasta la brillante esperanza y confianza en el triunfo que obtendría en lo futuro, exclamó con fuerte voz: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Lucas 23:46. Conocía el carácter de su Padre, su justicia, misericordia y gran amor, y sometiéndose a él se entregó en sus manos (God’s Amazing Grace, p. 170; parcialmente en La maravillosa gracia de Dios, p. 170).

Elena G.W

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