EL PROBLEMA DEL MAL
“Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá más muerte, ni habrá más llanto ni clamor ni dolor, porque las primeras cosas ya pasaron” (Apoc. 21: 4).
Jueves: 13 de febrero
¿AMOR Y MALDAD?
Dios ha concedido a sus criaturas el libre albedrío porque este es necesario para que exista el amor. El mal uso del libre albedrío es la causa del mal. Una vez más, quedan muchos interrogantes. Dios permite temporalmente el mal aunque lo desprecia apasionadamente porque descartar su posibilidad excluiría el amor, y porque destruirlo prematuramente dañaría la confianza necesaria para el amor.
“La tierra quedó oscura porque se comprendió mal a Dios. A fin de que pudiese iluminarse las lóbregas sombras, a fin de que el mundo pudiera ser traído de nuevo a Dios, había que quebrantar el engañoso poder de Satanás. Esto no podía hacerse por la fuerza. El ejercicio de la fuerza es contrario a los principios del gobierno de Dios; él desea tan solo el servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser obtenido por la fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el amor. El conocer a Dios es amarle; su carácter debe ser manifestado en contraste con el carácter de Satanás” (Elena G. de White, El Deseado de todas las gentes, p. 13).
Sin libre albedrío no podría haber amor, y si Dios es amor, entonces parece claro que no es realmente una opción para Dios negar el amor o la libertad necesaria para que este exista. Cabría también suponer que si conociéramos, como Dios, el fin desde el principio, no querríamos que se deshiciera de nuestra libertad. Después de todo, ¿quién querría vivir en un universo sin amor?
Lee Romanos 8: 18; y Apocalipsis 21: 3 y 4. ¿Cómo pueden estos textos ayudarnos a confiar en la bondad de Dios a pesar del mal que existe en el mundo?
Romanos 8: 18
18 Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.
Apocalipsis 21: 3-4
3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. 4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.
Aunque no podemos ver a través de la oscuridad, Dios puede ver el final desde el principio. También puede ver la bienaventuranza eterna prometida a todos los que confían en Jesús. Según Romanos 8: 18, “las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse”. ¿Tenemos la fe y la confianza necesarias para creer esta asombrosa promesa? El amor y la libertad inherente en él son tan sagrados y fundamentales que Jesús no quiso privarnos de ellos aunque sabía que lo conducirían a la Cruz, donde sufriría enormemente. ¿Por qué es tan importante tener siempre presente este pensamiento?
¿De qué manera el hecho de tener presente que Dios nos concede libre albedrío nos protege de pensar que todo lo que sucede es su voluntad?
Comentarios Elena G.W
En todos los tiempos los testigos señalados por Dios se han expuesto al vituperio y la persecución por amor a la verdad. José fue calumniado y perseguido porque mantuvo su virtud e integridad. David, el mensajero escogido de Dios, fue perseguido por sus enemigos como una fiera. Daniel fue echado al foso de los leones porque se mantuvo fiel al cielo. Job fue privado de sus posesiones terrenales y estuvo tan enfermo que le aborrecieron sus parientes y amigos; pero aun así mantuvo su integridad… Pablo fue encarcelado, azotado con varas, apedreado y finalmente muerto porque fue un fiel mensajero de Dios a los gentiles…
Estos ejemplos de constancia humana atestiguan la fidelidad de las promesas de Dios, su constante presencia y su gracia sostenedora. Testificaron del poder de la fe para resistir a las potestades del mundo. Es obra de la fe confiar en Dios en la hora más obscura, y sentir, a pesar de ser duramente probados y azotados por la tempestad, que nuestro Padre empuña el timón. Sólo el ojo de la fe puede ver más allá de las cosas presentes para estimar correctamente el valor de las riquezas eternas (Los hechos de los apóstoles, pp. 459, 460).
Si somos llamados a entrar en el horno de fuego por amor de Jesús, él estará a nuestro lado, así como estuvo con los tres fieles en Babilonia. Los que aman a su Redentor se regocijarán por toda oportunidad de compartir con él la humillación y el oprobio. El amor que sienten hacia su Señor dulcifica el sufrimiento por su causa.
En todas las edades, Satanás persiguió a los hijos de Dios. Los atormentó y ocasionó su muerte; pero al morir alcanzaron la victoria. En su fe constante se reveló Uno que es más poderoso que Satanás. Este podía torturar y matar el cuerpo, pero no podía tocar la vida escondida con Cristo en Dios… Más allá de la lobreguez, podían ver la gloria y decir: «Tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse». Romanos 8:18 (El discurso maestro de Jesucristo, p. 29).
¿Se decidirá el hombre aferrarse del poder divino, y con determinación y perseverancia resistir a Satanás, siguiendo el ejemplo que Cristo le dio en su conflicto con el enemigo en el desierto de la tentación? Dios no puede salvar al hombre contra su voluntad del poder de los artificios de Satanás. El hombre debe trabajar con su poder humano, ayudado con el poder divino de Cristo, para resistir y vencer a cualquier costo. En otras palabras, el hombre debe vencer tal como Cristo venció. Y luego, por medio de la victoria que es privilegio suyo lograr por el nombre todopoderoso de Jesús, él puede llegar a ser un heredero de Dios y coheredero con Cristo Jesús. No podría ser este el caso si solo Cristo ganara todas las victorias. El hombre debe hacer su parte; puede vencer por su propio esfuerzo, usando la fortaleza y la gracia que Cristo le concede. El hombre debe ser un obrero con Cristo en la tarea de vencer, y entonces será participante con Cristo de su gloria (Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 37).


