¡DIOS ES FIEL!
“No faltó ninguna palabra de las buenas que el Señor había hablado a la casa de Israel. Todo se cumplió” (Jos. 21:45).
Jueves: 18 de diciembre
AFÉRRATE A DIOS
La única forma en que Israel podía evitar la tentación de la idolatría y la ira de Dios no era recordando constantemente lo que el pacto estipulaba que no debía hacer, sino fomentando una lealtad consciente y constante al Señor. El mismo verbo traducido como “fueron fieles” al Señor (ver Deut. 4:4), se utiliza también para describir el pacto matrimonial que se pretendía que existiera entre los cónyuges (Gén. 2:24) o la lealtad de Rut a Noemí (Rut 1:14). Es importante señalar que, según la evaluación de Josué, tal fidelidad había caracterizado a Israel como nación “hasta el día de hoy”. Lamentablemente, la misma afirmación no sería aplicable a períodos posteriores de la historia de Israel, como tristemente demuestra el libro de Jueces (Jue. 2:2, 7, 11; 3:7, 12; 4:1, etc.).
Josué exhorta a Israel a amar al Señor, su Dios (Jos. 23:11; comparar con Deut. 6:5). El amor no puede forzarse; si así fuera, dejaría de ser lo que esencialmente es. Ahora bien, ¿en qué sentido es posible requerir el amor de alguien?
Josue 23:11
11 Guardad, pues, con diligencia vuestras almas, para que améis a Jehová vuestro Dios.
Deuteronomio 6:5
5 Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas.
Para que Israel pudiera disfrutar continuamente de las bendiciones del pacto, debía permanecer fiel a Dios. El texto hebreo de Josué 23:11 es extremadamente enfático: “Tengan sumo cuidado, por la vida de ustedes, de amar al Señor su Dios” (NBLA). La palabra ‘‘ahabah, “amor”, puede referirse a una amplia gama de afectos humanos, como el apego amistoso, la intimidad sexual, la ternura maternal, el amor romántico y la lealtad a Dios. Si entendemos el amor a Dios como un compromiso consciente y como devoción a él, es posible exigirlo sin violar su verdadera esencia (comparar con Juan 13:34). Dios siempre quiso que la obediencia a sus mandamientos surgiera natural y espontáneamente de una relación personal con él (Éxo. 19:4 [“los he traído a mí”]; Deut. 6:5, comparar con Mat. 22:37), basada en lo que él hizo por su pueblo como demostración de su gran misericordia y amor.
El mandamiento de amar a Dios también expresa la naturaleza mutua, pero no simétrica, del amor divino. Dios desea entrar en una relación íntima y personal con cada persona que corresponda a su amor. En consecuencia, su amor para con todos constituye el marco para la manifestación de nuestro amor voluntario y mutuo.
Jesús dio un mandamiento nuevo a sus discípulos. ¿En qué sentido era este mandamiento nuevo y antiguo al mismo tiempo? Lee Juan 13:34; 15:17; 1 Juan 3:11; comparar con Lev. 19:18.
Juan 13:34
34 Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros.
Juan 15:17
17 Esto os mando: Que os améis unos a otros.
1 Juan 3:11
11 Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros.
Levítico 19:18
18 No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo Jehová.
Comentarios Elena G.W
El oro es probado en el fuego para purificarlo de la escoria; pero la fe que se purifica mediante las pruebas es más preciosa que el oro refinado. Consideremos entonces las pruebas en forma razonable. No pasemos por ellas murmurando y descontentos. No cometamos errores al querer librarnos de ellas. En el tiempo de prueba debemos aferrarnos a Dios y a sus promesas.
Algunos me han preguntado: «¿No se desanima usted cuando experimenta pruebas?» Y yo les he contestado: «Si por desánimo usted quiere decir tristeza o abatimiento, sí me desanimo». «¿No le ha hablado usted a nadie de sus sentimientos?» «No; hay un tiempo para el silencio, un tiempo para mantener la lengua como con una rienda, y yo estaba decidida a no pronunciar ninguna palabra de duda o de oscuridad, para no ensombrecer con la melancolía a aquellos con quienes me asociaba. Me he dicho a mí misma: Soportaré el fuego del Refinador; no seré consumida. Cuando hable, hablaré de luz; hablaré de fe y esperanza en Dios; hablaré de justicia, de bondad, de amor a Cristo mi Salvador, hablaré para dirigir las mentes de otros hacia el cielo y las cosas celestiales, hacia la obra que Cristo hace en el cielo por nosotros y hacia la obra que nosotros hacemos aquí en la tierra por él».
El horno del Refinador tiene que quitar la escoria. Cuando el Refinador vea su imagen reflejada perfectamente en vosotros, os sacará del horno. No seréis dejados para ser consumidos, o para soportar la prueba ígnea más de lo que sea necesario para vuestra purificación. Pero para reflejar la imagen divina es necesario que vosotros os sometáis al proceso que el Refinador ha elegido para vosotros, para que seáis limpiados, purificados, y para que desaparezca toda mancha y arruga —ni un solo defecto debe quedar en vuestro carácter cristiano. Que el Señor os ayude. a permitir que la voluntad y la obra de Dios se cumplan en vosotros. Entonces… seréis una luz en vuestro hogar, un rayo de sol… ¡Mirad hacia arriba! Jesús vive, Jesús ama, Jesús se compadece, y él os recibirá con toda vuestra carga de cuidado y perplejidad si acudís a él y depositáis vuestra carga sobre él. Él ha prometido que nunca dejará u olvidará a aquellos que colocan su confianza en él (Nuestra elevada vocación, 2 de noviembre, p. 314).
Confíe en el Señor con todo el corazón, y él nunca la va a defraudar. Si le pide ayuda a Dios, no lo hará en vano. Para animarnos a tener confianza se acerca a nosotros por medio de su Santa Palabra y su Espíritu, y trata de lograrlo de mil maneras. Pero en nada se deleita más que en recibir al débil que acude a él en procura de fortaleza. Si quisiéramos encontrar corazón y voz para orar, ciertamente él encontraría oídos para oír y un brazo para salvar.
No se conoce un solo caso en que Dios haya ocultado su rostro para no oír las súplicas de su pueblo. Cuando todo otro recurso falló, él fue siempre un pronto auxilio en cada emergencia. ¡Quiera Dios bendecirla, querida alma pobre, sacudida y maltratada! Aférrese de su mano; no la suelte. La llevará a usted, a sus hijos y todas sus penas y pesares, si está dispuesta a depositarlos sobre él (Cada día con Dios, 4 de julio, p. 192).


