Jueves 23 de enero – COMPASIVO Y APASIONADO – DIOS ES APASIONADO Y COMPASIVO

DIOS ES APASIONADO Y COMPASIVO

“¿Se olvidará la mujer de lo que dio a luz, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? ¡Aunque ella lo olvide, yo nunca me olvidaré de ti!” (Isa. 49: 15).

Jueves: 23 de enero

COMPASIVO Y APASIONADO

El Dios de la Biblia es compasivo y apasionado, y estas emociones divinas se ponen de manifiesto de manera suprema en Jesucristo. Dios es compasivo (compara con Isa. 63: 9; Heb. 4: 15), es profundamente afectado por las penas de su pueblo (Juec. 10: 16; Luc. 19: 41), y está dispuesto a escuchar, responder y consolar (Isa. 49: 10, 15; Mat. 9: 36; 14: 14).

Lee 1 Corintios 13: 4 al 8. ¿De qué manera nos llama este pasaje a reflejar el amor compasivo y asombroso de Dios en nuestras relaciones con los demás?

 

1 Corintios 13: 4-8

El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, el amor no es jactancioso, no se envanece; no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia acabará.

Anhelamos relacionarnos con personas que ejemplifiquen el tipo de amor descrito en 1 Corintios 13: 4 al 8. Pero ¿cuán a menudo procuramos convertirnos en este tipo de persona en favor de los demás? No podemos ser sufridos y amables; no podemos evitar ser envidiosos, engreídos, groseros o egoístas. No podemos producir en nosotros un amor que “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” y que “nunca deja de ser” (1 Cor. 13: 7, 8). Ese amor solo puede ejemplificarse en nuestra vida como fruto del Espíritu Santo. Alabado sea Dios porque el Espíritu Santo derrama el amor de Dios en los corazones de quienes permanecen en Cristo Jesús por la fe (Rom. 5: 5).

Por la gracia de Dios y el poder del Espíritu Santo, ¿de qué maneras prácticas podríamos responder al amor profundamente emocional, pero perfectamente justo y racional, de Dios y reflejarlo en nuestra vida? En primer lugar, adorando al Dios que es amor. En segundo lugar, y en respuesta a su amor, mostrando compasión y amor benevolente a los demás. No debemos limitarnos a sentirnos reconfortados por nuestra fe cristiana, sino que debemos estar dispuestos a reconfortar a los demás. Por último, debemos reconocer que no podemos transformar nuestros corazones, que solo Dios puede hacerlo, y permitírselo.

Así pues, pidamos a Dios que nos dé un corazón nuevo para él y para los demás, un amor puro y purificador que eleve lo que es bueno y elimine la escoria de nuestro interior.

Que la oración de Pablo se haga realidad en nuestra vida y en nuestro medio: “Que el Señor los haga crecer y aumente el amor entre ustedes y hacia los demás […] para que se fortalezca su corazón y sean ustedes santos e irreprensibles delante de nuestro Dios y Padre, cuando venga nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos” (1 Tes. 3:12, 13, RVC).

¿Por qué la muerte al yo, al egoísmo y a la corrupción de nuestros corazones naturales es la única manera de revelar esta clase de amor? ¿Qué decisiones podemos tomar a fin de morir a nosotros mismos?

Comentarios Elena G.W

El amor no es un simple impulso, una emoción transitoria, dependiente de las circunstancias; es un principio vivo, una fuerza permanente. El alma es alimentada por las corrientes de amor puro que fluyen del corazón de Cristo, como un manantial que nunca falla. ¡Oh, cómo se vivifica el corazón, cómo se ennoblecen sus motivos, cómo se profundizan sus afectos, por esta comunión! Bajo la educación y la disciplina del Espíritu Santo, los hijos de Dios se aman unos a otros, verdadera, sincera e incondicionalmente, «sin parcialidad y sin hipocresía». Y esto porque el corazón está enamorado de Jesús. Nuestro afecto mutuo brota de nuestra relación común con Dios. Somos una familia, nos amamos unos a otros como Él nos amó…

Amar como Cristo amó significa manifestar desinterés en todo momento y en todo lugar, con palabras amables y miradas agradables. El amor genuino es un atributo precioso de origen celestial, que aumenta su fragancia en la medida en que se dispensa a los demás (Hijos e Hijas de Dios, p. 101).

El Salvador venció para mostrar al hombre cómo puede vencer. A todas las tentaciones de Satanás, Cristo respondió con la palabra de Dios. Confiando en las promesas de Dios, recibió poder para obedecer los mandamientos de Dios, y el tentador no pudo obtener ventaja alguna. A cada tentación Su respuesta fue: «Está escrito». Así Dios nos ha dado su palabra para resistir al mal. Tenemos promesas sumamente grandes y preciosas, para que por ellas «seamos participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». 2 Pedro 1:4.

Pide al tentado que no mire a las circunstancias, a la debilidad de sí mismo o al poder de la tentación, sino al poder de la palabra de Dios. Toda su fuerza es nuestra. «Tu palabra», dice el salmista, «he escondido en mi corazón, para no pecar contra ti». «Por la palabra de tus labios me he guardado de las sendas del destructor». Salmo 119:11; 17:4 (Temperancia, p. 107).

No puede haber crecimiento ni fecundidad en la vida que está centrada en el yo. Si has aceptado a Cristo como Salvador personal, debes olvidarte de ti mismo y tratar de ayudar a los demás. Habla del amor de Cristo, habla de su bondad. Cumple con todos los deberes que te presenten. Lleva la carga de las almas en tu corazón, y por todos los medios a tu alcance procura salvar a los perdidos. A medida que recibas el Espíritu de Cristo -el Espíritu de amor desinteresado y de trabajo por los demás- crecerás y darás fruto. Las gracias del Espíritu madurarán en tu carácter. Tu fe aumentará, tus convicciones se profundizarán, tu amor se perfeccionará. Cada vez reflejarás más la semejanza de Cristo en todo lo que es puro, noble y hermoso.

«El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza». Gálatas 5:22, 23. Este fruto nunca perecerá, sino que producirá según su género una cosecha para vida eterna (Palabras de vida del gran Maestro, p. 47).

Elena G.W

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