LA GUERRA DETRÁS DE TODAS LAS GUERRAS
“Hubo una gran batalla en el cielo. Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón y sus ángeles combatieron; pero estos no prevalecieron, ni se halló más lugar para ellos en el cielo” (Apoc. 12:7, 8).
Jueves: 4 de abril
NUESTRO SUMO SACERDOTE
Lo que Jesús hizo por nosotros en la Cruz le permite también interceder por nosotros en el Cielo. Nuestro Señor resucitado es nuestro gran Sumo Sacerdote, que nos brinda todo lo que necesitamos para salvarnos y vivir en el Reino de Dios para siempre.
Lee Hebreos 4:15 y 16; y 7:25. ¿En qué medida estos versículos nos dan seguridad en un mundo de tentaciones, sufrimiento, enfermedad y muerte?
Hebreos 4:15-16
15 Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. 16 Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.
Hebreos 7:25
25 por lo cual puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.
El texto dice que él “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). Y añade: “Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Heb. 4:16).
En pocas palabras, Jesús nos presenta ante el universo revestidos de su justicia, salvados por su muerte y redimidos por su sangre. Todo lo que nos debería haber tocado a nosotros, le tocó a él. En Cristo, no hay condenación por los pecados de nuestro pasado. En Cristo, nuestra culpa desaparece, y mediante su poderosa intercesión se rompe el yugo del pecado en nuestra vida. Las cadenas que nos atan se desatan y somos libres.
Lee Juan 17:24 al 26. ¿Cuál es el mayor anhelo de Cristo en el gran conflicto entre el bien y el mal?
Juan 17:24-26
24 Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo, para que vean mi gloria que me has dado; porque me has amado desde antes de la fundación del mundo. 25 Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido, y estos han conocido que tú me enviaste. 26 Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos.
“Consumado ya el gran sacrificio, Cristo subió al Cielo y rehusó la adoración de los ángeles hasta que no hubiese presentado la petición: ‘Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo’ (Juan 17:24). Entonces, con amor y poder indecibles, el Padre respondió desde su trono: ‘Adórenlo todos los ángeles de Dios’ (Heb. 1:6). No había una mancha en Jesús. Acabada su humillación, completado su sacrificio, le fue dado un nombre que está por encima de todo nombre” (Elena de White, El conflicto de los siglos, p. 556). Lo que más desea Jesús es que estemos con él en el Cielo. El deseo de su corazón, la razón de su muerte e intercesión, es salvarnos. ¿Tienes alguna necesidad especial en tu vida? Cuéntasela a Jesús. Donde hay dolor, él trae consuelo. Donde hay miedo, él trae paz. Donde hay culpa, él trae perdón. Donde hay debilidad, él trae fortaleza.
¿Por qué crees que Cristo se sacrificó por nosotros? ¿Qué nos hace tan valiosos para él?
Comentarios Elena G.W
El que se humanó sabe simpatizar con los padecimientos de la humanidad. No solo conoce Cristo a cada alma, así como sus necesidades y pruebas particulares, sino que conoce todas las circunstancias que irritan el espíritu y lo dejan perplejo. Tiende su mano con tierna compasión a todo hijo de Dios que sufre. Los que más padecen recibe mayor medida de su simpatía y compasión. Le conmueven nuestros achaques y desea que depongamos a sus pies nuestras congojas y nuestros dolores, y que allí los dejemos…
Cuando las tentaciones os asalten, cuando los cuidados, las perplejidades y las tinieblas parezcan envolver vuestra alma, mirad hacia el punto en que visteis la luz por última vez. Descansad en el amor de Cristo y bajo su cuidado protector. Cuando el pecado lucha por dominar en el corazón, cuando la culpa oprime al alma y carga la con-ciencia, cuando la incredulidad anubla el espíritu, acordaos de que la gracia de Cristo basta para vencer al pecado y desvanecer las tinieblas Al entrar en comunión con el Salvador entramos en la región de la paz (El ministerio de curación, pp. 192, 193).
En la obra intercesora de Cristo, el amor de Dios se reveló en toda su perfección a los hombres y a los ángeles.
Él intercede por vosotros. Es el gran Sumo Sacerdote que aboga en vuestro favor; y podéis presentar vuestro caso al Padre por medio de Jesucristo. De este modo tenéis acceso a Dios; y a pesar de vuestro pecado, vuestro caso no es desesperado. “Hijitos míos, estas cosas os escribo, para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogad tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo». 1 Juan 2:1…
La obra de Cristo en el Santuario celestial, donde él está presentando su propia sangre cada momento ante el propiciatorio, haciendo intercesión por nosotros, debería impresionar debidamente el corazón de modo que reconociésemos el valor de cada momento. Jesús siempre vive para hacer intercesión por nosotros; pero un solo momento malgastado no puede ser jamás recobrado (The Faith I Live By, p. 205; parcialmente en La fe por la cual vivo, 18 de julio, p. 207).
Cristo representó a su Padre ante el mundo, y ante Dios representa a los escogidos en quienes ha restaurado la imagen moral de Dios. Ellos son su herencia. A ellos dice: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”. “Nadie conoce… al Padre… sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar”. Ningún sacerdote, ningún religioso por estricto que sea puede revelar al Padre a cualquier hijo o hija de Adán.
Los hombres tienen un solo Abogado, un Intercesor, que puede perdonar las transgresiones. ¿No se llenarán de gratitud nuestros corazones ante Aquel que dio a Jesús para que fuera la propiciación por nuestros pecados? Pensad profundamente en el amor que el Padre ha manifestado en favor de nosotros, el amor que ha expresado para nosotros. No podemos medir ese amor. No hay medida para él. Solo podemos señalar al Calvario, al Cordero muerto desde la fundación del mundo. Es un sacrificio infinito. ¿Podemos comprender y medir lo infinito? (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 7, p. 926).


