AMOR PACTUAL
“Respondió Jesús y le dijo: ‘El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada con él’” (Juan 14: 23).
Jueves: 9 de enero
HAS RECIBIDO GRATIS, DA GRATIS
Así como el siervo de la parábola no podía pagar su deuda a su amo, nosotros nunca podríamos compensar a Dios por la nuestra. Nunca podríamos ganar o merecer el amor de Dios. “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Rom. 5: 8). ¡Qué amor tan asombroso! Como dice 1 Juan 3: 1: “Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios”.
Sin embargo, lo que podemos y debemos hacer es reflejar el amor de Dios a los demás tanto como nos sea posible. Si hemos recibido tanta compasión y perdón, ¿cuánto más deberíamos otorgar compasión y perdón a los demás? Recordemos que el siervo perdió la compasión y el perdón de su amo porque no se los concedió a su consiervo. Si realmente amamos a Dios, no dejaremos de reflejar su amor a los demás.
Lee Juan 15: 12; 1 Juan 3: 16; y 1 Juan 4: 7 al 12. ¿Qué enseñan estos pasajes acerca del amor de Dios y de la relación entre su amor, nuestro amor a él y el amor a los demás?
Juan 15: 12
12 Este es mi mandamiento: Que os améis unos a otros, como yo os he amado.
1 Juan 3: 16
16 En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.
1 Juan 4: 7-12
7 Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios. Todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. 8 El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor. 9 En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros pecados. 11 Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también nosotros amarnos unos a otros. 12 Nadie ha visto jamás a Dios. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros, y su amor se ha perfeccionado en nosotros.
Inmediatamente después de Juan 15: 12, Jesús dijo a sus discípulos: “Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Juan 15: 14, RVC). ¿Qué les ordenó Jesús (al igual que a nosotros)? Entre otras cosas, que amaran a los demás como él los amaba. Aquí y en otros lugares, el Señor nos ordena amar a Dios y amarnos mutuamente.
En resumen, debemos reconocer que se nos ha perdonado una deuda infinita e impagable para nosotros, una deuda que fue cancelada en la Cruz en favor de nosotros. Por tanto, debemos amar a Dios, alabarlo y ser amorosos y misericordiosos con los demás. Como enseña Lucas 7: 47, mucho ama aquel a quien mucho se le ha perdonado, pero “a quien se le perdona poco, poco ama”. ¿Quién de nosotros no es consciente de cuánto se le ha perdonado?
Si amar a Dios implica amar a los demás, debemos compartir con urgencia el mensaje del amor de Dios, tanto de palabra como por obra. Deberíamos ayudar a las personas en su vida cotidiana aquí y ahora, tratar de ser un instrumento del amor de Dios y dirigir la atención de los demás hacia aquel que les ofrece la vida eterna en un Cielo y una Tierra nuevos, una nueva creación de este mundo que está tan estropeado y devastado por el pecado y la muerte, los frutos lúgubres de rechazar el amor de Dios.
¿Qué pasos concretos puedes dar para amar a Dios amando a los demás? ¿Qué podrías hacer hoy y en los próximos días para mostrar a las personas el amor de Dios e invitarlas a disfrutar de lo que significa aceptar la promesa de la vida eterna?
Comentarios Elena G.W
Los que viven en estrecho compañerismo con Cristo serán promovidos por él a posiciones de confianza. El siervo que hace lo mejor que puede por su Amo, es admitido en la familia de Aquel cuyas órdenes obedece con agrado. En el fiel cumplimiento del deber podemos llegar a ser uno con Cristo, porque los que obedecen los mandamientos de Dios pueden hablarle libremente. El que habla más familiarmente con su Guía divino tiene la concepción más exaltada de su grandeza, y es el más obediente a sus mandamientos.
“Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho… Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamaré siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; pero os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer”. Juan 15:7-15.
El carácter del que viene con fe a Dios dará testimonio de que el Salvador ha entrado en su vida, dirigiendo todo, penetrándolo todo. Tal persona pregunta continuamente: “¿Es esta tu voluntad, mi Salvador?” Mira constantemente a Jesús, el Autor y Consumador de su fe. Consulta la voluntad de su Amigo divino en todas sus acciones, porque sabe que en esa confianza está su fortaleza. Ha convertido en un hábito el elevar su corazón a Dios en cada dificultad e incertidumbre (A fin de conocerle, p.295).
El Señor los ama, y en tanto sigan en las huellas de Jesús, andarán seguros. Es fundamental que toda alma que profesa el nombre de Cristo haga senderos rectos para sus pies. ¿Por qué? No sea que el cojo se desvíe del camino. Es terrible, muy terrible dar a un alma un mal ejemplo y conducirla por el rumbo equivocado a causa de la forma en que ustedes andan…
Jesús es rico en gracia. Obtengan, obtengan constantemente de él, pues pueden tener valiosas provisiones (Alza tus ojos, p. 273).
Los que identifican sus intereses enteramente con Cristo querrán servirle, y cuanto más hagan las obras de Cristo procurando bendecir a los demás, tanto más les impartirá Jesús su luz y su amor, para que puedan comunicarlo a los demás. Guardaos de intentar enseñar a otros a menos que vosotros mismos seáis alumnos diarios de la escuela de Cristo. Debemos repetir sus lecciones; debemos manifestar su espíritu de bondad, paciencia, tolerancia y amor. No podéis impartir a otros lo que vosotros mismos no tenéis. Mantened encendidos en vuestros corazones la luz y el amor de Dios, para que podáis ayudar a los demás; porque se necesita más celo, mayor devoción y una fe más firme y ferviente. Debéis velar y orar mucho, así como escudriñar las Escrituras si queréis aprender las preciosas lecciones de la fe. Debéis guardaros de hacer de los sentimientos vuestro criterio; pues esto en sí no es evidencia de que sois hijos de Dios, o de que no lo sois. “Por sus frutos los conoceréis». Son la obediencia y la fe las que nos unen a Jesucristo. Debéis aprender el sencillo arte de aceptar la palabra de Dios. Entonces tendréis tierra firme bajo vuestros pies (The Youth’s Instructor, 18 de agosto, 1886, párrafo 6).


