Lunes 16 de febrero – EL PRIMOGÉNITO DE LA CREACIÓN – LA PREEMINENCIA DE CRISTO

LA PREEMINENCIA DE CRISTO

“Cristo es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda la creación. Por él fueron creadas todas las cosas, las que están en los cielos y las que están en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, dominios, principados o autoridades. Todo fue creado por medio de él y para él. Porque Cristo existía antes de todas las cosas, y todas las cosas subsisten en él” (Col. 1:15–17).

Lunes: 16 de febrero

EL PRIMOGÉNITO DE LA CREACIÓN

En el Nuevo Testamento, el término “primogénito” casi siempre se refiere a Jesús (ver Luc. 2:7; Rom. 8:29; Col. 1:15, 18; Heb. 1:6; Apoc. 1:5), pero aun en los textos donde la palabra designa a otras personas, estas no necesariamente nacieron cronológicamente primero dentro de sus familias. El concepto bíblico de “primogénito” enfatiza la relación especial que un hijo tiene con su padre, independientemente del orden en que haya nacido respecto de sus hermanos. Además, hay casos en los que los hijos más jóvenes son más prominentes. Tal es el caso de Isaac, Jacob y José, por nombrar algunos.

David fue ungido rey a pesar de ser el menor de ocho hijos (1 Sam. 16:10-13). No obstante, Dios dijo de él: “Lo pondré por primogénito, el más excelso de los reyes de la tierra” (Sal. 89:27). También dijo a Moisés: “Israel es mi hijo, mi primogénito” (Éxo. 4:22). En este sentido, el término es usado con una connotación de preeminencia.

Lee Colosenses 1:15-17. ¿Qué razones da Pablo para que Jesús sea llamado “el primogénito de toda la creación”?

 

Colosenses 1:15-17

15 Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación. 16 Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles; sean tronos, sean dominios, sean principados, sean potestades; todo fue creado por medio de él y para él. 17 Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten;

Es evidente que Pablo no estaba sugiriendo que Jesús fue el primer ser creado. De hecho, excluye categóricamente esa posibilidad cuando dice dos veces, y de maneras diferentes, que todo lo que existe fue creado por él y para él (Col. 1:16). En ambos casos, se señala a Jesús como el agente personal mediante el cual la Deidad llevó a cabo el proceso de la Creación (ver también Efe. 3:9; Juan 1:1-3; Apoc. 4:11).

La afirmación de Pablo no podría ser más amplia. Todo significa todo: espacialmente (cielo y Tierra), ontológicamente (visible e invisible) y funcionalmente (tronos, dominios, principados, potestades). Estos últimos términos se refieren normalmente a los seres angélicos (ver Efe. 3:10; 6:12). Para no dejar lugar a equívocos, Pablo señala también que Jesús existía “antes de todas las cosas” (Col. 1:17). La expresión griega traducida como “antes” significa precedencia tanto en sentido jerárquico como cronológico, pero en todos los demás textos donde Pablo la usa se refiere al tiempo (ver, por ejemplo, 1 Cor. 2:7; Gál. 1:17; Efe. 1:4).

Otra razón que da Pablo para justificar la preeminencia de Jesús es que “todas las cosas subsisten en él” (Col. 1:17). El verbo griego synistēmi significa literalmente “reunir” o “unir”. Jesús es el factor unificador del Universo, no solo por su papel como Creador, sino también porque es el Redentor.

Dios, el Creador, murió por nosotros. ¿Qué podrían añadir a eso nuestras obras? ¿Por qué es blasfema la idea de que nuestras obras pueden o deben añadirse a lo que Cristo ya ha hecho por nosotros?

Comentarios Elena G.W

El Hijo de Dios vino al mundo como un restaurador. El era el Camino, la Verdad, y la Vida. Cada palabra que pronunció era espíritu y vida. Hablaba con autoridad, consciente de su poder para bendecir a la humanidad y librar a los cautivos atados por Satanás; además, estaba consciente de que con su presencia podía traer al mundo una felicidad completa. Anhelaba ayudar a cada miembro de la familia humana que se encontrara oprimido y sufriente, y mostrarle que era su prerrogativa bendecir, no condenar.

Cuando Cristo realizaba las obras de Dios no se estaba adueñando de una facultad que no le perteneciera; porque este era el propósito que el cielo le había encomendado, y para esto estaban a su disposición los tesoros de la eternidad. Ningún control le sería impuesto al disponer de sus dones. Pasó por alto a los que se auto engrandecían, los encumbrados y ricos, y se relacionó con los pobres y oprimidos, proporcionando a sus vidas una brillantez, una esperanza y una inspiración que nunca antes habían conocido. Pronunció una bendición sobre todos los que tuvieran que sufrir por su causa, declarando: «Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo». Mateo 5:11…

Cristo reconoció abiertamente su derecho a la autoridad y a recibir lealtad. «Vosotros me llamáis Maestro, y Señor —les dijo—; Y decís bien, porque lo soy». «Uno es vuestro Maestro, el Cristo». Juan 13:13; Mateo 23:8. De ese modo mantuvo la dignidad que le correspondía a su nombre, y la autoridad y el poder que poseía en el cielo.

Hubo ocasiones cuando habló con la dignidad de su verdadera grandeza. Más de una vez declaró: «El que tiene oídos para oír, oiga». Con estas palabras no hacía más que repetir la orden de Dios, cuando desde la excelencia de su gloria el Infinito había declarado: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd». Mateo 17:5. De pie ante los fariseos de ceño fruncido, que trataban de poner en alto su propia importancia, Cristo no vaciló en compararse con los representantes más distinguidos que habían caminado sobre la tierra y declarar su propia eminencia sobre todos ellos.

Una de esas personas era Jonás, a quien la nación judía tenía en alta estima… Al traer a la mente de sus oyentes el mensaje de Jonás y su participación en la salvación de los ninivitas, Cristo dijo: «Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque a la predicación de Jonás se arrepintieron, y he aquí más que Jonás en este lugar». Lucas 11:32.

Cristo sabía que los israelitas consideraban a Salomón como el más grande monarca que jamás hubiera empuñado un cetro sobre un reino terrenal… Sin embargo Cristo declaró: «He aquí más que Salomón en este lugar». Vers. 31 (Exaltad a Jesús, 23 de enero, p. 31).

Elena G.W

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