Lunes 20 de noviembre – SOLO EL MÉTODO DE CRISTO – MISIÓN EN FAVOR DE LOS NECESITADOS

MISIÓN EN FAVOR DE LOS NECESITADOS

“Y el Rey les dirá: ‘Les aseguro, cuanto hicieron a uno de estos mis hermanos pequeños, a mí me lo hicieron’ ” (Mat. 25:40).

Lunes: 20 de noviembre

SOLO EL MÉTODO DE CRISTO

¿Qué nos enseñan los siguientes relatos acerca de servir a los necesitados?

 

Juan 5:1-9  

1 Después de estas cosas había una fiesta de los judíos, y subió Jesús a Jerusalén. Y hay en Jerusalén, cerca de la puerta de las ovejas, un estanque, llamado en hebreo Betesda, el cual tiene cinco pórticos. En estos yacía una multitud de enfermos, ciegos, cojos y paralíticos, que esperaban el movimiento del agua. Porque un ángel descendía de tiempo en tiempo al estanque, y agitaba el agua; y el que primero descendía al estanque después del movimiento del agua, quedaba sano de cualquier enfermedad que tuviese. Y había allí un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo. Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano? Señor, le respondió el enfermo, no tengo quien me meta en el estanque cuando se agita el agua; y entre tanto que yo voy, otro desciende antes que yo. Jesús le dijo: Levántate, toma tu lecho, y anda. Y al instante aquel hombre fue sanado, y tomó su lecho, y anduvo. Y era día de reposo[a] aquel día.

 

Marcos 1:23–28  23 Pero había en la sinagoga de ellos un hombre con espíritu inmundo, que dio voces, 24 diciendo: ¡Ah! ¿qué tienes con nosotros, Jesús nazareno? ¿Has venido para destruirnos? Sé quién eres, el Santo de Dios. 25 Pero Jesús le reprendió, diciendo: ¡Cállate, y sal de él! 26 Y el espíritu inmundo, sacudiéndole con violencia, y clamando a gran voz, salió de él. 27 Y todos se asombraron, de tal manera que discutían entre sí, diciendo: ¿Qué es esto? ¿Qué nueva doctrina es esta, que con autoridad manda aun a los espíritus inmundos, y le obedecen? 28 Y muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea.

Elena de White ofrece un proceso de cinco pasos respecto del método de Jesús para ministrar especialmente a los necesitados: “Solo el método de Cristo será el que dará éxito para llegar a la gente. El Salvador trataba con los hombres como quien deseaba hacerles bien. Les mostraba simpatía, atendía sus necesidades y se ganaba su confianza. Entonces les pedía: ‘Sígueme’ ” (El ministerio de curación, p. 102).

En primer lugar, debemos relacionarnos con los desvalidos, dedicar tiempo a conocerlos y comprender sus necesidades, con la intención de hacerles el bien. Fíjate lo que hizo Jesús con el paralítico en el estanque. Jesús estaba allí mismo, en medio de la “multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos” (Juan 5:3).

En segundo lugar, debemos mostrar compasión. Esto puede resultar difícil en algunos casos debido a la desconfianza, y porque a veces la gente utiliza la amabilidad como medio para ganarse la confianza de alguien de quien luego abusa. Sin embargo, Dios nos llama a mostrar simpatía sin esperar nada a cambio.

El tercer paso es atender sus necesidades. Esto implica algo más que palabras. Hay que actuar para atender las necesidades de un amigo o de un desconocido. Jesús habló con el paralítico, le preguntó qué deseaba y luego obró un milagro en su favor. En la historia del hombre poseído por un “espíritu inmundo”, Jesús tomó el control total de la situación, haciendo por el hombre indefenso lo que él no podía hacer por sí mismo.

El cuarto paso es ganarse su confianza. Cuando ministramos a la gente, cuando la ayudamos, aprenderá a confiar en nosotros y en lo que le decimos, y así, cuando le hablemos de Jesús, estará más abierta a escuchar. Jesús no quería curar solo físicamente; quería que la gente tuviera vida eterna en él (ver Juan 10:10).

El último paso es ayudarla a llegar hasta Jesús, un acto que requiere fe tanto de tu parte como de la persona a la que ayudas.

Por lo general, nuestra fe no hace posibles los milagros que hizo Jesús. Pero ¿de qué maneras podemos ministrar a los que necesitan ayuda?

Comentarios Elena G.W

El enfermo estaba acostado en su estera y levantaba ocasionalmente la cabeza para mirar el estanque, cuando un rostro tierno y compasivo se inclinó sobre él, y atrajeron su atención las palabras: «¿Quieres ser salvo?» La esperanza renació en su corazón…

Jesús le dice: «Levántate, toma tu lecho y anda.» Juan 5:6-8. Con nueva esperanza el enfermo mira a Jesús. La expresión de su rostro, el acento de su voz, no son como los de otro cualquiera. Su misma presencia parece respirar amor y poder. La fe del paralítico se aferra a la palabra de Cristo. Sin otra pregunta, se dispone a obedecer, y todo su cuerpo le responde.

En cada nervio y músculo pulsa una nueva vida, y se transmite a sus miembros inválidos una actividad sana. De un salto se pone de pie, y emprende la marcha con paso firme y resuelto, alabando a Dios y regocijándose en sus fuerzas renovadas…

Nunca penséis que Cristo está lejos. Siempre está cerca. Su amorosa presencia os circunda. Buscadle sabiendo que desea ser encontrado por vosotros. Quiere que no solo toquéis su vestidura, sino que andéis con él en comunión constante (El ministerio de curación, pp. 55, 57).

Es necesario acercarse a la gente por medio del esfuerzo personal. Si se dedicara menos tiempo a sermonear y más al servicio personal, se conseguirían mayores resultados. Hay que aliviar a los pobres, atender a los enfermos, consolar a los afligidos y dolientes, instruir a los ignorantes y aconsejar a los inexpertos. Hemos de llorar con los que lloran y regocijarnos con los que se regocijan. Acompañada del poder de persuasión, del poder de la oración, del poder del amor de Dios, esta obra no será ni puede ser infructuosa…

Debemos animar al enfermo y al doliente a que miren a Jesús y vivan. Pongan los obreros cristianos a Cristo, el divino Médico, en continua presencia de aquellos a quienes desalentó la enfermedad del cuerpo y del alma. Dirijan sus miradas hacia Aquel que puede sanar la enfermedad física y la espiritual. Háblenles de Aquel que se compadece de sus flaquezas. Persuádanles a que se entreguen al cuidado de Aquel que dio su vida para que ellos puedan obtener vida eterna. Háblenles de su amor, del poder que tiene para salvar (El ministerio de curación, pp. 102, 103).

Las palabras de Cristo nos enseñan que debemos considerarnos inseparablemente unidos a nuestro Padre celestial. Cualquiera sea nuestra situación, dependemos de Dios, quien tiene todos los destinos en sus manos. El nos ha señalado nuestra obra, y nos ha dotado de facultades y recursos para ella. Mientras sometamos la voluntad a Dios, y confiemos en su fuerza y sabiduría, seremos guiados por sendas seguras, para cumplir nuestra parte señalada en su gran plan (El Deseado de todas las gentes, pp. 179, 180).

Elena G.W

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