Lunes 21 de abril – EL LLAMADO DE ABRAHAM – LAS NACIONES – PRIMERA PARTE

LAS NACIONES – PRIMERA PARTE

“Y le fue dado dominio, y gloria y reino; y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su dominio es eterno, que nunca pasará, y su reino nunca será destruido” (Dan. 7:14).

Lunes: 21 de abril

EL LLAMADO DE ABRAHAM

Génesis 10 dice que la humanidad se dividió en tierras, lenguas, familias y “naciones” (Gén. 10:5; ver también Apoc. 14:6). La palabra que se tradujo allí como “naciones” es goyim, que también designa a los gentiles, o paganos.

Casi inmediatamente después de la introducción de este concepto, Dios llamó a Abraham a salir de una de esas naciones para diferenciarse de ellas y de lo que representaban.

Lee Génesis 12:1 al 9. ¿Por qué llamó Dios a Abram (más tarde Abraham) a abandonar su nación de origen?

 

Génesis 12:1-9

1 Pero Jehová había dicho a Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré. Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición. Bendeciré a los que te bendijeren, y a los que te maldijeren maldeciré; y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Y se fue Abram, como Jehová le dijo; y Lot fue con él. Y era Abram de edad de setenta y cinco años cuando salió de Harán. Tomó, pues, Abram a Sarai su mujer, y a Lot hijo de su hermano, y todos sus bienes que habían ganado y las personas que habían adquirido en Harán, y salieron para ir a tierra de Canaán; y a tierra de Canaán llegaron. Y pasó Abram por aquella tierra hasta el lugar de Siquem, hasta el encino de More; y el cananeo estaba entonces en la tierra. Y apareció Jehová a Abram, y le dijo: A tu descendencia daré esta tierra. Y edificó allí un altar a Jehová, quien le había aparecido. Luego se pasó de allí a un monte al oriente de Bet-el, y plantó su tienda, teniendo a Bet-el al occidente y Hai al oriente; y edificó allí altar a Jehová, e invocó el nombre de Jehová. Y Abram partió de allí, caminando y yendo hacia el Neguev.

La intención de Dios era utilizar a Abraham para establecer una nación que contrastara con los reinos humanos. No debían tener otro rey que Dios mismo. El pueblo debía ejemplificar lo que sucedería si la raza humana regresaba a su Creador. Israel fue establecido con el propósito de que fuera una bendición para “todas las familias de la tierra” (Gén. 12:3). Dios había derramado sobre ellos luz y privilegios que no se habían visto en el mundo desde, quizás, antes del Diluvio.

Lee Deuteronomio 4:5 al 9. ¿Qué estaba diciendo el Señor a los hijos de Abraham, a la nación que se había convertido en el cumplimiento de la promesa hecha por Dios al patriarca?

 

Deuteronomio 4:5-9

Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó, para que hagáis así en medio de la tierra en la cual entráis para tomar posesión de ella. Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque esta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es esta. Porque ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros? Por tanto, guárdate, y guarda tu alma con diligencia, para que no te olvides de las cosas que tus ojos han visto, ni se aparten de tu corazón todos los días de tu vida; antes bien, las enseñarás a tus hijos, y a los hijos de tus hijos.

El plan de Dios no era que solo un individuo diera testimonio en su entorno, sino que toda una nación obrara unida y, en cooperación con Dios, exhibiera la gloria de su carácter ante el mundo. Nota, además, que las “normas y preceptos” que Dios les había comunicado no eran lo que los hacía tan especiales, sino su adhesión a esas normas y preceptos, como resultado de lo cual las demás naciones exclamarían: “¡Qué pueblo sabio y entendido, qué nación grande es esta!” (Deut. 4:6). Por maravillosas que fueran las verdades dadas al pueblo, el hecho de que no vivieran de acuerdo con ellas y las desobedecieran acarrearía maldiciones en lugar de bendiciones, y muerte en lugar de vida.

¿Cómo se aplica hoy a nosotros, los adventistas, el mismo principio, a saber, que es necesario obedecer la verdad además de conocerla?

Comentarios Elena G.W

Esta esperanza de redención por el advenimiento del Hijo de Dios como Salvador y Rey, no se extinguió nunca en los corazones de los hombres. Desde el principio hubo algunos cuya fe se extendió más allá de las sombras del presente hasta las realidades futuras. Mediante Adán, Set, Enoc, Matusalén, Noé, Sem, Abraham, Isaac, Jacob y otros notables, el Señor conservó las preciosas revelaciones de su voluntad. Y fue así como a los hijos de Israel, al pueblo escogido por medio del cual iba a darse al mundo el Mesías prometido, Dios hizo conocer los requerimientos de su ley y la salvación que se obtendría mediante el sacrificio expiatorio de su amado Hijo.

La esperanza de Israel se incorporó en la promesa hecha en el momento de llamarse a Abraham y fue repetida después vez tras vez a su posteridad: «Serán benditas en ti todas las familias de la tierra»  Génesis 12:3. Al ser revelado a Abraham el propósito de Dios para la redención de la familia humana, el Sol de Justicia brilló en su corazón, y disipó sus tinieblas. Y cuando, al fin, el Salvador mismo anduvo entre los hijos de los hombres y habló con ellos, dio testimonio a los judíos acerca de la brillante esperanza de liberación que el patriarca tenía por la venida de un Redentor. Cristo declaró: «Abraham vuestro padre se gozó por ver mi día; y lo vio, y se gozó». Juan 8:56 (Prefetas y reyes, p. 503).

El mensaje de Dios a Abraham era: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré». Vers. l . A fin de que Dios pudiese capacitarlo para su gran obra como depositario de los sagrados oráculos, Abraham debía separarse de los compañeros de su niñez. La influencia de sus parientes y amigos impediría la educación que el Señor intentaba dar a su siervo. Ahora que Abraham estaba, en forma especial, unido con el cielo, debía morar entre extraños. Su carácter debía ser peculiar, diferente del de todo el mundo. Ni siquiera podía explicar su manera de obrar para que la entendiesen sus amigos. Las cosas espirituales se disciernen espiritualmente, y sus motivos y acciones no eran comprendidos por sus parientes idólatras…

No fue una prueba ligera la que soportó Abraham, ni tampoco era pequeño el sacrificio que se requirió de él. Había fuertes vínculos que le ataban a su tierra, a sus parientes y a su hogar. Pero no vaciló en obedecer al llamamiento. Nada preguntó en cuanto a la tierra prometida. No averiguó si era feraz y de clima saludable, si los campos ofrecían paisajes agradables, o si habría oportunidad para acumular riquezas. Dios había hablado, y su siervo debía obedecer; el lugar más feliz de la tierra para él era dónde Dios quería que estuviese (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 118, 1 19).

Elena G.W

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