PRACTIQUEMOS LA LEALTAD SUPREMA A CRISTO
“Y ustedes, amos, hagan con ellos lo mismo. Dejen las amenazas, sabiendo que el Señor de ellos y de ustedes está en el cielo, y no hace acepción de personas” (Efe. 6:9).
Lunes: 4 de septiembre
CONSEJOS PARA LOS PADRES
Compara Efesios 6:4 con Colosenses 3:21. ¿Qué motivación ofrece Colosenses 3:21 para evitar irritar a los hijos?
Efesios 6:4
4 Y vosotros, padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos, sino criadlos en disciplina y amonestación del Señor.
Colosenses 3:21
21 Padres, no exasperéis a vuestros hijos, para que no se desalienten.
Sirácides, un documento judío disponible en la época de Pablo, aconseja a los padres acerca del trato con los hijos: “El que ama a su hijo no le escatima los azotes” […]. ¿Quieres mimar a tu hijo? Un día te hará temblar; juguetea con él, te causará tristeza. […] Educa bien a tu hijo, lábralo, o si no, su mala conducta se volverá en tu contra” (Sirácides [Eclesiástico] 30:1, 9, 13, BL).
El consejo de Pablo tiene un tono muy diferente. En primer lugar, dirige un mandato negativo a los padres: “No irriten a sus hijos”, seguido de uno positivo: “Críenlos en disciplina y amonestación del Señor” (Efe. 6:4). En los días de Pablo, el padre tenía poder legal absoluto sobre sus hijos, y se los consideraba propiedad de él. Los padres tenían derecho a infligir castigos violentos a sus hijos, incluso la muerte. De hecho, en algunos aspectos el poder de un padre sobre sus hijos excedía la autoridad de un amo sobre sus esclavos. Pablo no respalda ese poder, sino que aclara y redefine audazmente las relaciones familiares. En el contexto de una suprema lealtad a Cristo, Pablo invita a los padres cristianos a repensar su uso del poder, ya que, si los padres irritan a los hijos, estos no estarán bien posicionados para aceptar la “disciplina y [la] amonestación del Señor” (Efe. 6:4).
“Padres y madres, en el hogar deben representar el carácter de Dios. Han de requerir obediencia no con una tormenta de palabras, sino en una forma bondadosa y amante. […] Sean amables en el hogar. Restrinjan cada palabra que pudiera despertar una mala reacción. La orden divina es: ‘Padres, no provoquéis a ira a vuestros hijos’[…]. En la Palabra de Dios no se autoriza la severidad paterna ni la opresión, así como tampoco la desobediencia filial. En la vida familiar y en el gobierno de las naciones, la Ley de Dios fluye de un corazón de infinito amor” (Conducción del niño, pp. 243, 244).
Aunque el contexto de esta lección trata sobre padres e hijos, ¿qué principios se pueden extraer de estos textos que deberían impactar en nuestra forma de tratar a todas las demás personas?
Comentarios Elena G.W
Un padre cristiano es el lazo de unión de su familia, el que los reúne ante el trono de Dios. Jamás debe perder su interés en sus hijos. El padre que tiene una familia compuesta de hijos varones no debiera dejar estos inquietos muchachos al cuidado de la madre… Debiera ser el compañero y amigo de sus hijos. Debiera esforzarse por mantenerlos alejados de las malas compañías… haciendo todo lo que esté de su parte para conducir sus hijos a Dios.
Cuando los hijos pierden el dominio propio y pronuncian palabras impetuosas… el silencio será más eficaz para promover el arrepentimiento que cualquier palabra que pudierais pronunciar. Satanás se regocija cuando los padres irritan a sus hijos con sus palabras coléricas y ásperas… ‘Padres, no irritéis a vuestros hijos, porque no se hagan de poco ánimo.’ Colosenses 3:21… Que vuestra serenidad les ayude a recuperar la debida actitud mental (La fe por la cual vivo, p. 267).
Algunos padres suscitan muchas tormentas por su falta de dominio propio. En vez de pedir bondadosamente a los niños que hagan esto o aquello, les dan órdenes en tono de reprensión, y al mismo tiempo tienen en los labios censuras o reproches que los niños no merecieron. Padres, esta conducta para con vuestros hijos destruye su alegría y ambición. Ellos cumplen vuestras órdenes, no por amor, sino porque no se atreven a obrar de otro modo. No ponen su corazón en el asunto. Les resulta un trabajo penoso en vez de un placer; y a menudo por esto mismo se olvidan de seguir todas vuestras indicaciones, lo cual acrece vuestra irritación y empeora la situación de los niños. Las censuras se repiten; se les pinta con vivos colores su mala conducta, hasta que el desaliento se posesiona de ellos, y no les interesa agradaros. Se apodera de ellos un espíritu que los impulsa a decir: «A mí qué me importa», y van a buscar fuera del hogar, lejos de sus padres, el placer y deleite que no encuentran en casa (Conducción del niño, p. 263).
Los modales amables, la conversación alegre y los actos de amor ligarán los corazones de los hijos con los de sus padres con sedosas cuerdas de afecto y serán más eficaces para hacer atractivo el hogar que todos los más preciosos adornos que el oro puede adquirir.
Debiera siempre cultivarse el más tierno afecto entre esposo y esposa, padres e hijos, hermanos y hermanas. Debiera evitarse toda palabra impetuosa y ni siquiera se debiera notar la apariencia de falta de amor entre unos y otros… Los hijos han de respetar y reverenciar a sus padres, y los padres han de manifestar paciencia, bondad y cariño hacia sus hijos. Cada uno debiera hacer todo lo que está de su parte para complacer y hacer dichosos a los miembros del círculo familiar (La fe por la cual vivo, p. 269).


