LA ORACIÓN
«Pueblos, esperen en él en todo tiempo, derramen ante él su corazón. Dios es nuestro refugio» (Sal. 62: 8).
Martes: 12 de mayo
JESÚS NOS ENSEÑA CÓMO ORAR
En tiempos de Jesús, las oraciones prolongadas y cuidadosamente elaboradas, llenas de palabras complejas y a menudo memorizadas, eran muy apreciadas. Jesús no tenía nada bueno que decir acerca de este tipo de oraciones (ver Mat. 6: 5-8), sino que las definió como lo que eran: ostentosas muestras de presunta «piedad».
Los discípulos vieron orar a Jesús y sabían que la oración era una parte vital de su vida (ver Mar. 1: 35; 6: 46; Luc. 5: 16; 6: 12; 9: 18; 22: 12; 24: 30). Mientras observaban al Maestro, notaron un contraste con los líderes religiosos y se dieron cuenta de que la oración era algo mucho más importante que lo que habían pensado. Por lo tanto, se acercaron a Jesús y le pidieron: «Señor, enséñanos a orar» (Luc. 11: 1).
Jesús enseñó a sus discípulos (y a nosotros) que podemos orar con sencillez y en un lenguaje cotidiano, y que nuestras oraciones deben ser sinceras.
Lee Lucas 11: 2 al 4 y Mateo 6: 5 al 15, y observa los siguientes aspectos de la oración que Jesús enseñó:
- «Padre nuestro que estás en los cielos»: Necesitamos reconocer nuestra relación personal con el Padre de todos los seres humanos.
- «Santificado sea tu nombre»: Reconocer la santidad de Dios nos acerca a él con reverencia y respeto.
- «Venga tu reino»: Anhelemos el regreso de Jesús y la presencia del Espíritu Santo hasta que ocurra la Segunda Venida.
- «Sea hecha tu voluntad en la tierra como en el cielo»: Aceptemos la soberanía divina y pidamos que se haga la voluntad de Dios en nuestra vida, confiando en que él sabe mejor que nosotros qué nos conviene, en lugar de pedirle que haga lo que queremos.
- «Danos hoy el pan nuestro de cada día»: Podemos pedir lo que necesitamos para vivir, tanto físicamente (alimento y agua) como espiritualmente (Jesús y su Palabra viva).
- «Perdónanos el mal que hemos hecho, así como nosotros hemos perdonado a los que nos han hecho mal» (DHH): Necesitamos arrepentirnos, buscar el perdón y perdonar a quienes nos han hecho daño, así como Dios nos perdona a nosotros.
- «Y no nos dejes caer en tentación, sino líbranos del mal»: Es esencial pedir protección y amparo contra el mal presente en este mundo (Sal. 91).
- «Porque tuyo es el reino, el poder y la gloria por todos los siglos. Amén»: Reconozcamos que todo lo que somos, poseemos y hacemos pertenece a Dios. Solo él merece la gloria y la alabanza (1 Crón. 29: 11).
¿Deberíamos dedicar más tiempo a la oración y a encontrarnos cada mañana con Aquel que nos ama más que nadie? ¿Qué te impide hacerlo? Ora ahora mismo tal como Jesús nos enseñó.
Comentarios Elena G.W
Cristo no dio esta oración (el Padrenuestro, Lucas 11:2-4 ) para que los hombres la repitieran como mera fórmula. La dio como una ilustración de lo que debieran ser nuestras oraciones: sencillas, fervientes y abarcantes.
Se ofrecen muchas oraciones sin fe. Se usa un conjunto ordenado de palabras, pero carecen de una verdadera insistencia. Estas oraciones son dudosas y vacilantes. No proporcionan alivio a aquellos que las ofrecen, ni tampoco consuelo y esperanza a los demás. Se ofrece la forma de la oración, pero se carece del espíritu, lo cual demuestra que el peticionante no siente su necesidad…
Aprended a hacer oraciones cortas y al punto, pidiendo justamente lo que necesitáis. Aprended a orar en voz alta cuando únicamente Dios puede oíros. No ofrezcáis simulacros de oración, sino peticiones fervientes y sentidas que expresen el hambre del alma por el pan de vida. Si oráramos más en secreto, seríamos capaces de orar con más inteligencia en público. Se terminarían esas oraciones dudosas y vacilantes. Y cuando nos uniéramos con nuestros hermanos en el culto público, podríamos añadir interés a la reunión, porque llevaríamos con nosotros algo de la atmósfera del cielo, y nuestro culto sería una realidad y no una mera fórmula… Si el alma no se derrama en oración en el lugar secreto y mientras está empeñada en los negocios del día, lo pondrá de manifiesto en el culto de oración…
La vida del alma depende de la comunión habitual con Dios. Sus necesidades se manifiestan y el corazón se abre para recibir nuevas bendiciones. La gratitud fluye de los labios verdaderos, y el alivio que se recibe de Jesús se manifiesta en las palabras, en las obras de bondad activa y en la devoción pública. Hay amor a Jesús en el corazón; y donde existe el amor, no será reprimido, sino que se expresará a sí mismo. La oración secreta sustenta esta vida interior. El corazón que ama a Dios deseará tener comunión con él, y confiará en él con una santa confianza.
Aprendamos a orar con inteligencia, expresando nuestros pedidos con claridad y precisión. Oremos… como sintiendo lo que pedimos. “La oración del justo, obrando eficazmente, puede mucho”. Santiago 5:16 (Nuestra elevada vocación, 4 de mayo, p. 132).
Cristo estaba continuamente recibiendo del Padre a fin de poder impartírnoslo. “La palabra que habéis oído —dijo él—, no es mía, sino del Padre que me envió”. “El Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir”. Juan 14:24; Mateo 20:28. Él vivió, pensó y oró, no para sí mismo, sino para los demás. De las horas pasadas en comunión con Dios él volvía mañana tras mañana, para traer la luz del cielo a los hombres. Diariamente recibía un nuevo bautismo del Espíritu Santo. En las primeras horas del nuevo día, Dios lo despertaba de su sueño, y su alma y sus labios eran ungidos con gracia para que pudiese impartir a los demás. Sus palabras le eran dadas frescas de las cortes del cielo, para que las hablase en sazón al cansado y oprimido. Él dice: “El Señor Jehová me dio lengua de sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado; despertará de mañana, despertaráme de mañana oído, para que oiga como los sabios”. Isaías 50:4.
Los discípulos de Cristo estaban muy impresionados por sus oraciones y por su hábito de comunicación con Dios. Un día, tras una corta ausencia del lado de su Señor, lo encontraron absorto en una súplica. Al parecer inconsciente de su presencia, él siguió orando en voz alta. Los corazones de los discípulos quedaron profundamente conmovidos. Cuando terminó de orar, exclamaron: “Señor, enséñanos a orar” (Palabras de vida del gran Maestro, p. 105).


