Martes 20 de febrero – LA PRUEBA DEL SEÑOR – SABIDURÍA PARA VIVIR CON RECTITUD

SABIDURÍA PARA VIVIR CON RECTITUD

“Enséñanos a contar nuestros días de modo que nuestro corazón adquiera sabiduría” (Sal. 90:12).

Martes: 20 de febrero

LA PRUEBA DEL SEÑOR

Lee Salmos 81:7 y 8; 95:7 al 11; y 105:17 al 22. ¿Qué implica la prueba divina en estos textos?

 

Salmos 81:7-8

En la calamidad clamaste, y yo te libré; Te respondí en lo secreto del trueno; Te probé junto a las aguas de Meriba. Selah Oye, pueblo mío, y te amonestaré. Israel, si me oyeres,

 

Salmos 95:7-11

Porque él es nuestro Dios; Nosotros el pueblo de su prado, y ovejas de su mano. Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, Como en el día de Masah en el desierto, Donde me tentaron vuestros padres, Me probaron, y vieron mis obras. 10 Cuarenta años estuve disgustado con la nación, Y dije: Pueblo es que divaga de corazón, Y no han conocido mis caminos. 11 Por tanto, juré en mi furor Que no entrarían en mi reposo.

 

Salmos 105:17-22

17 Envió un varón delante de ellos; A José, que fue vendido por siervo. 18 Afligieron sus pies con grillos; En cárcel fue puesta su persona. 19 Hasta la hora que se cumplió su palabra, El dicho de Jehová le probó. 20 Envió el rey, y le soltó; El señor de los pueblos, y le dejó ir libre. 21 Lo puso por señor de su casa, Y por gobernador de todas sus posesiones, 22 Para que reprimiera a sus grandes como él quisiese, Y a sus ancianos enseñara sabiduría.

Meriba es el lugar donde Israel puso a prueba a Dios cuando desafió su fidelidad y su poder para satisfacer sus necesidades (Éxo. 17:1-7; Sal. 95:8, 9). Salmo 81 invierte de manera interesante el mismo acontecimiento, interpretándolo como el momento en que Dios puso a prueba a Israel (Sal. 81:7). Y, por su desobediencia y falta de confianza (Sal. 81:11), el pueblo fracasó en la prueba de Dios.

La referencia a Meriba transmite un doble mensaje. En primer lugar, el pueblo de Dios no debe repetir los errores de las generaciones pasadas. Al contrario, debe confiar en Dios y seguir su camino (Sal. 81:13). En segundo lugar, aunque el pueblo fracasó en la prueba, Dios acudió en su rescate cuando estaba en apuros (Sal. 81:7). La gracia salvadora de Dios en el pasado ofrece garantías acerca de la gracia de Dios a las nuevas generaciones.

El Salmo 105 muestra que las dificultades fueron el medio de Dios para poner a prueba la confianza de José en la Palabra de Dios acerca de su futuro (Gén. 37:5-10; Sal. 105:19). La palabra hebrea tsaraf (‘probó’), en el versículo 19, transmite el sentido de “purgar”, “refinar” o “purificar”. Así, el objetivo de la prueba de Dios sobre la fe de José era eliminar cualquier duda en la promesa de Dios y fortalecer la confianza de José en la conducción de Dios.

 El objetivo de la disciplina divina es fortalecer a los hijos de Dios y prepararlos para el cumplimiento de la promesa, como muestra el ejemplo de José (Sal. 105:20-22).

Sin embargo, el rechazo de la instrucción de Dios trae como resultado una terquedad cada vez mayor y el endurecimiento del corazón de una persona obstinada.

“Dios requiere pronta e implícita obediencia a su Ley; pero los hombres están dormidos o paralizados por los engaños de Satanás, quien les sugiere excusas y subterfugios, y vence sus escrúpulos diciendo, como dijo a Eva en el huerto: ‘No moriréis’ (Gén. 3:4). La desobediencia no solo endurece el corazón y la conciencia del culpable, sino también tiende a corromper la fe de los demás. Lo que les parecía muy malo al principio pierde gradualmente esta apariencia al estar constantemente delante de sus ojos, hasta que finalmente dudan de que sea realmente un pecado, e inconscientemente caen en el mismo error” (Elena de White, Testimonios para la iglesia, t. 4, p. 146).

¿Cuál ha sido tu experiencia con la manera en que el pecado endurece el corazón? ¿Por qué debería ese pensamiento llevarnos a la Cruz, donde podemos encontrar el poder para obedecer?

Comentarios Elena G.W

Espaciarse en la belleza, la bondad, la misericordia y el amor de Jesús fortalece las facultades mentales y morales; y entre tanto que la mente se ejercita para hacer las obras de Cristo, para llegar a ser hijos obedientes, habitualmente preguntaréis: ¿Es este el camino del Señor? ¿Se agradará Jesús con que yo haga esto? Este proceder ¿será para agradarme a mí mismo o para agradar a Jesús?

Entonces cada alma recordará las palabras del Señor: «Pusiste nuestros yerros a la luz de tu rostro». Muchos necesitan efectuar un cambio radical en la tendencia de sus pensamientos y acciones, si desean agradar a Jesús. Nuestros pecados rara vez nos parecen tan terribles como lo son a la vista de Dios. Muchos se han habituado a seguir una senda de pecado, y sus corazones se endurecen bajo la influencia del poder de Satanás. Sus pensamientos son cautivados por la mala influencia de este. Pero cuando con la fortaleza y gracia de Dios se oponen con la voluntad a las tentaciones de Satanás, se aclara su mente; el corazón y la conciencia, al ser influidos por el Espíritu de Dios, se hacen sensibles, y entonces el pecado aparece tal como es excesivamente pecaminoso. Entonces es cuando realmente ven y comprenden los pecados secretos. Confiesan sus pecados a Dios, se arrepienten de ellos y se avergüenzan del pecado… El los quita de ‘ ‘la luz de [su] rostro» y los pone a sus espaldas (Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista, t. 3, p. 1168).

Cuando [a José] se lo tentó para que se desviara de la senda recta, para que violara la ley de Dios y traicionara a su amo, resistió firmemente y dio evidencias del poder elevador del temor de Dios en la respuesta que dio a la esposa de su señor…

Aquí tenemos un ejemplo para todas las generaciones de creyentes que habrían de vivir sobre la tierra. Aunque estén expuestos a la tentación debieran saber que hay una defensa al alcance de la mano, y que si finalmente no reciben protección será por su propia culpa. Dios será un pronto auxilio y su Espíritu será un escudo. Aunque estén rodeados de las más terribles tentaciones hay una fuente de fortaleza a la cual pueden recurrir para resistirlas…

José sufrió entonces porque no quiso claudicar. Había puesto su reputación y sus intereses en las manos de Dios. Y aunque se permitió que fuera afligido por cierto tiempo, para prepararlo con el fin de que ocupara un puesto importante, el Señor protegió esa reputación que había sido ensombrecida por una malvada acusadora, y más tarde, a su debido tiempo, permitió que aquélla resplandeciera. Dios usó incluso de la prisión como un camino que lo conduciría a su elevación. La virtud proporcionará a su debido tiempo su propia recompensa. El escudo que protegía el corazón de este joven era el temor de Dios, que lo indujo a ser fiel y justo con su amo, y leal a su Señor (La historia de la redención, pp. 103-105).

Elena G.W

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