EXPIACIÓN HORIZONTAL: LA CRUZ Y LA IGLESIA
“Pero ahora en Cristo Jesús, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Cristo es nuestra paz, que de los dos pueblos hizo uno y derribó el muro divisorio” (Efe. 2:13, 14).
Martes: 25 de julio
DERRIBAR EL MURO DIVISORIO
Según Pablo, ¿qué hizo Cristo con “la ley de los mandatos y ordenanzas”? ¿Por qué lo hizo? (Ver Efe. 2:14, 15).
Efesios 2:14-15
14 Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos hizo uno, derribando la pared intermedia de separación, 15 aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas, para crear en sí mismo de los dos un solo y nuevo hombre, haciendo la paz,
Probablemente aquí Pablo esté aludiendo a la barandilla o cerca que rodeaba el atrio israelita en el Templo de Herodes, con su amenaza de muerte. Pablo imagina que este muro se derrumba y que a los gentiles se les otorga pleno acceso para adorar a Dios (Efe. 2:18). La Cruz remueve cualquier muro como este, dice Pablo, porque allí aprendemos que estos dos pueblos, judíos y gentiles, son realmente uno.
Algunos creen que Efesios 2:14 y 15 enseña que la Cruz “abolió” o “anuló” los Diez Mandamientos, incluyendo el mandamiento del sábado. Sin embargo, en Efesios, Pablo demuestra un profundo respeto por los Diez Mandamientos como un recurso para desarrollar el discipulado cristiano. Cita el quinto Mandamiento (Efe. 6:2, 3) y alude a otros (p. ej., el séptimo, Efe. 5:3–14, 21–33; el octavo, Efe. 4:28; el noveno, Efe. 4:25; y el décimo, Efe. 5:5). Esto concuerda con las afirmaciones anteriores de Pablo acerca de la Ley (Rom. 3:31; 7:12). Aborda el mal uso de la Ley, pero honra la Ley misma y asume su continuidad. Por lo tanto, utilizar estos versículos para abolir los Diez Mandamientos, especialmente a la luz de todos los demás versículos de la Biblia acerca de la perpetuidad de la Ley, evidentemente es una mala interpretación de la intención de Pablo aquí.
Al contario, cualquier uso de la Ley para crear divisiones entre judíos y gentiles, y especialmente para excluir a los gentiles de la plena confraternidad entre el pueblo de Dios y el acceso a la adoración, sería anatema para Pablo y un uso inapropiado del propósito divino para la Ley. La “ley” en Efesios 2:14 y 15 son los aspectos ceremoniales de la Ley que dividían a los judíos de los gentiles, representados en la compleja frase de Pablo “la ley de los mandatos y ordenanzas”, o es todo el sistema veterotestamentario de la Ley como se lo había llegado a interpretar, acrecentar y utilizar indebidamente como una cuña para distanciar a los judíos de los gentiles.
¿Qué tensiones entre los adventistas del séptimo día o entre los miembros de la comunidad cristiana en general debemos abordar y superar? ¿Por qué el amor que compartimos por Cristo debería ser suficiente para superar estas tensiones?
Comentarios Elena G.W
En los tiempos de Cristo, el orgullo, el egoísmo y el prejuicio habían levantado una muralla de separación sólida y alta entre los que habían sido designados custodios de los oráculos sagrados y las demás naciones del mundo. Cristo vino a cambiar todo esto. Las palabras que el pueblo oía de sus labios eran distintas de cuantas había escuchado de sacerdotes o rabinos. Cristo derribó la muralla de separación, el amor propio, y el prejuicio divisor del nacionalismo egoísta; enseñó a amar a toda la familia humana. Elevó al hombre por encima del círculo limitado que les prescribía su propio egoísmo; anuló toda frontera territorial y toda distinción artificial de las capas sociales. Para él no había diferencia entre vecinos y extranjeros ni entre amigos y enemigos. Nos enseña a considerar a cada alma necesitada como nuestro prójimo y al mundo como nuestro campo (El discurso maestro de Jesucristo, p. 38).
En la iglesia primitiva había gente de diversas clases sociales y distintas nacionalidades…
Los que se habían convertido por la labor de los apóstoles estaban afectuosamente unidos por el amor cristiano. A pesar de sus anteriores prejuicios, hallábanse en recíproca concordia. Sabía Satanás que mientras durase aquella unión no podría impedir el progreso de la verdad evangélica, y procuró prevalerse de los antiguos modos de pensar, con la esperanza de introducir así en la iglesia elementos de discordia.
Sucedió que habiendo crecido el número de discípulos, logró Satanás despertar las sospechas de algunos que anteriormente habían tenido la costumbre de mirar con envidia a sus correligionarios y de señalar faltas en sus jefes espirituales. Así «hubo murmuración de los helenistas contra los hebreos» (Los hechos de los apóstoles, p. 72).
Por mucho que una persona pretenda tener conocimiento y sabiduría, a menos que actúe bajo la dirección del Espíritu Santo, será muy ignorante de las cosas espirituales. Necesita comprender el peligro de su insuficiencia y depender totalmente de Aquel que puede mantener las almas comprometidas con su verdad, capaz de llenarlos con su Espíritu y con amor sin egoísmo, capacitándolos así para dar testimonio de que Dios ha enviado a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Los que se han convertido auténticamente, trabajarán juntos con unidad cristiana. Que no haya división en la iglesia de Dios, que no se ejerza autoridad indebida sobre los que aceptan la verdad. La mansedumbre de Cristo debe aparecer en todo lo que se diga y se haga (Testimonios para la iglesia, t. 9, p. 118).


