- marzo 12, 2025
Miércoles 12 de marzo – LA PARÁBOLA DE CRISTO ACERCA DE LA VIÑA – ¿QUÉ MÁS PUDE HACER?
¿QUÉ MÁS PUDE HACER? “Le dijo entonces Pilato: “Luego, ¿eres tú rey?”. Respondió Jesús: “Tú dices que yo soy rey.…

¿QUÉ MÁS PUDE HACER?

“Le dijo entonces Pilato: “Luego, ¿eres tú rey?”. Respondió Jesús: “Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz” (Juan 18: 37).
Miércoles: 12 de marzo
LA PARÁBOLA DE CRISTO ACERCA DE LA VIÑA
En la parábola de Mateo 21 acerca del dueño de la viña, Jesús retoma el relato donde lo dejó Isaías 5 y arroja luz adicional sobre el carácter y las acciones del viñador en favor de su viña.
Lee Mateo 21: 33–39 teniendo en mente la pregunta de Isaías 5: 4. ¿Qué más se podría haber hecho por la viña que no se haya hecho antes?
Mateo 21: 33–39
33 Oíd otra parábola: Hubo un hombre, padre de familia, el cual plantó una viña, la cercó de vallado, cavó en ella un lagar, edificó una torre, y la arrendó a unos labradores, y se fue lejos. 34 Y cuando se acercó el tiempo de los frutos, envió sus siervos a los labradores, para que recibiesen sus frutos. 35 Mas los labradores, tomando a los siervos, a uno golpearon, a otro mataron, y a otro apedrearon. 36 Envió de nuevo otros siervos, más que los primeros; e hicieron con ellos de la misma manera. 37 Finalmente les envió su hijo, diciendo: Tendrán respeto a mi hijo. 38 Mas los labradores, cuando vieron al hijo, dijeron entre sí: Este es el heredero; venid, matémosle, y apoderémonos de su heredad. 39 Y tomándole, le echaron fuera de la viña, y le mataron.
Isaías 5: 4
4 ¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella? ¿Cómo, esperando yo que diese uvas, ha dado uvas silvestres?
La primera parte de la parábola de Cristo cita directamente el canto de Isaías 5 acerca del viñador y su viña. Jesús añade luego que el dueño de la viña la “arrendó a unos labradores y se fue lejos” (Mat. 21: 33). Pero, cuando el dueño de la viña envió dos veces a sus siervos (los profetas) a recoger el producto, quienes arrendaban su viña golpearon y mataron a sus siervos (Mat. 21: 34-36). Finalmente, envió a su Hijo (Jesús) pensando: “Tendrán respeto a mi hijo” (Mat. 21: 37). Pero también asesinaron a su Hijo después de decir: «“Este es el heredero. Vamos a matarlo, y así nos quedaremos con su herencia”. Entonces, lo sacaron de la viña y lo mataron” (Mat. 21: 38, 39, RVC).
¿Qué más podía Dios hacer? El Padre nos amó tanto que dio a su Hijo amado (Juan 3: 16). Si el Conflicto Cósmico es del tipo sugerido aquí, no podría resolverse prematuramente mediante el ejercicio del poder divino, sino que requeriría primero una demostración pública del carácter de Dios. Esta demostración ha sido expuesta en última instancia en la obra de Cristo (Rom. 3: 25, 26; 5: 8). ¿Qué más podemos pedir después de que Dios se entregó a sí mismo en Cristo para morir por nosotros para poder así justificarnos sin comprometer en modo alguno su justicia y su amor perfectos?
La Cruz demuestra que Dios hizo todo lo posible para mitigar y eliminar el mal, pero sin destruir el contexto necesario para el florecimiento del amor genuino. Si Dios hubiese dispuesto de una alternativa preferible, ¿no la habría elegido? Aunque las personas sufren mucho a causa del Conflicto Cósmico, Dios es quien más sufre. Cuando miramos a la Cruz, podemos, en efecto, ver el sufrimiento y el dolor que el pecado ha producido a Dios mismo. Sin embargo, tan sagrada era la libertad inherente al amor que Cristo estuvo dispuesto a soportarlo todo para nuestro bien.
Lee Isaías 53: 4. ¿De quiénes eran las “enfermedades” y los “dolores” que Cristo cargó en la Cruz? ¿Qué nos dice esto acerca de lo que Dios ha hecho por nosotros y de lo que le ha costado nuestra salvación?
Isaías 53: 4
4 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.
Comentarios Elena G.W
Esta parábola [de la viña] tiene gran importancia para todos aquellos a quienes se les confían responsabilidades en el servicio del Señor. Dios apartó a un pueblo para que fuese educado por Cristo. Lo llevó al desierto para prepararlo para su obra, y allí le dio el código más elevado de moral; su santa ley. A él le fue encomendado el libro de instrucción de Dios, las Escrituras del Antiguo Testamento. Oculto en la columna de nube, Cristo lo guio en su vagar por el desierto. Por su propio poder trasplantó la vid silvestre de Egipto a su viña. Bien podía Dios preguntar: »¿Qué más se podía hacer a mi viña, que yo no haya hecho en ella?» Isaías 5:4…
La historia de los hijos de Israel fue escrita para nuestra admonición e instrucción, a quienes han alcanzado los fines de los siglos. Aquellos que estén firmes en la fe en estos últimos días, y finalmente sean admitidos en la Canaán celestial, deben escuchar las palabras de advertencia pronunciadas por Jesucristo a los israelitas. Estas lecciones fueron otorgadas a la iglesia en el desierto para que el pueblo de Dios las estudiara y les prestara atención a través de sus generaciones, para siempre. La experiencia del pueblo de Dios en aquel desolado paraje será la de su pueblo en estos tiempos. La verdad es una salvaguarda en todas las edades para los que se mantienen firmes en la fe que fue dada una vez a los santos (Alza tus ojos, p. 230).
El pueblo judío podría haberse arrepentido si así lo hubiera querido, pero sus integrantes estaban vestidos con la ropa de su justicia propia. Sostenían ser los descendientes de Abraham y consideraban como propia toda promesa hecha a Israel. Pero el Israel de Dios está formado por aquellos que se convierten, no por los que son descendientes de Abraham (Alza tus ojos, p. 78).
Con asombro, los ángeles contemplaron el amor infinito de Jesús, quien, sufriendo la más intensa agonía mental y corporal, pensó solamente en los demás y animó al alma penitente a creer. En su humillación, se había dirigido como profeta a las hijas de Jerusalén; como sacerdote y abogado, había intercedido con el Padre para que perdonase a sus homicidas; como Salvador amante, había perdonado los pecados del ladrón arrepentido…
El Señor de gloria estaba muriendo en rescate por la familia humana. Al entregar su preciosa vida, Cristo no fue sostenido por un gozo triunfante. Todo era lobreguez opresiva. No era el temor de la muerte lo que le agobiaba. No era el dolor ni la ignominia de la cruz lo que le causaba agonía inefable. Cristo era el príncipe de los dolientes. Pero su sufrimiento provenía del sentimiento de la malignidad del pecado, del conocimiento de que por la familiaridad con el mal, el hombre se había vuelto ciego a su enormidad. Cristo vio cuán terrible es el dominio del pecado sobre el corazón humano, y cuán pocos estarían dispuestos a desligarse de su poder. Sabía que sin la ayuda de Dios la humanidad tendría que perecer, y vio a las multitudes perecer teniendo a su alcance ayuda abundante (El Deseado de todas las gentes, pp. 669-701).