FUNDAMENTOS DE LA PROFECÍA
“Después oí la voz del Señor, que dijo: ‘¿A quién enviaré? ¿Quién irá de nuestra parte?’ Entonces respondí: ‘Aquí estoy, envíame a mí’ ” (Isa. 6:8).
Miércoles: 14 de mayo
DIOS ENTRE SU PUEBLO
En el desierto, la presencia de Dios en la nube guiaba a su pueblo durante su viaje a la Tierra Prometida y hacía que se detuvieran en el lugar indicado por él y levantaran allí el Tabernáculo, alrededor del cual las tribus acampaban distribuyéndose a razón de tres por cada lado. Dios descendía entonces y se instalaba en el Lugar Santísimo, en medio de su pueblo.
Había una tribu principal en cada uno de los cuatro lados del Tabernáculo. Según Números 2, ¿cuáles eran las cuatro tribus principales?
Números 2:3 (este):
3 Estos acamparán al oriente, al este: la bandera del campamento de Judá, por sus ejércitos; y el jefe de los hijos de Judá, Naasón hijo de Aminadab.
Números 2:10 (sur):
10 La bandera del campamento de Rubén estará al sur, por sus ejércitos; y el jefe de los hijos de Rubén, Elisur hijo de Sedeur.
Números 2:18 (oeste):18 La bandera del campamento de Efraín por sus ejércitos, al occidente; y el jefe de los hijos de Efraín, Elisama hijo de Amiud.
Números 2:25 (norte):
25 La bandera del campamento de Dan estará al norte, por sus ejércitos; y el jefe de los hijos de Dan, Ahiezer hijo de Amisadai.
Nota que cada una de esas cuatro tribus enarbolaba su propio “estandarte”, o bandera especial, para identificarse. Aunque las Escrituras no son explícitas en cuanto a lo que había en cada bandera, existe una tradición interesante (basada en las características descritas en Gén. 49 y Deut. 33) que asigna una cara a cada una de esas tribus: “Según la tradición rabínica, el estandarte de Judá tenía la figura de un león; el de Rubén, la de un rostro humano; el de Efraín, la figura de un buey; y el de Dan, la de un águila; de modo que las cuatro criaturas vivientes descritas por Ezequiel estaban representadas en estos cuatro estandartes” (Carl Friedrich Keil y Franz Delitzsch, Commentary on the Old Testament [Peabody: Hendrickson, 2011], t. 1, p. 660).
Es posible leer demasiado en la tradición, pero sigue siendo interesante comparar esta con la descripción bíblica de la Nueva Jerusalén, ya que hay puertas que representan a tres tribus en cada uno de los cuatro lados de la ciudad (Apoc. 21:12, 13).
Las descripciones del campamento de Israel y de la Nueva Jerusalén subrayan un hecho crucial: Dios pretende acercar a la humanidad a su Trono. Apocalipsis nos enseña que “su templo es el Señor Dios Todopoderoso y el Cordero” (Apoc. 21:22).
Aunque ciertamente no estamos en el campamento de Israel, ¿cómo podemos acercarnos a la presencia de Dios?
Comentarios Elena G.W
Dios dio a Israel un conocimiento claro y definido de su voluntad mediante preceptos especiales, que mostraban el deber del hombre para con Dios y para con sus semejantes. Se definió claramente el culto que se debía a Dios. Se estableció un sistema especial de ritos y ceremonias que asegurarían el recuerdo de Dios entre su pueblo y servirían así de cerco para proteger los Diez Mandamientos de toda violación…
El pueblo de Dios, a quien él llama su tesoro peculiar, tuvo el privilegio de tener un sistema doble de ley: la moral y la ceremonial. La una, que señala hacia atrás a la creación, para que se mantenga el recuerdo del Dios viviente que hizo el mundo, cuyas demandas tienen vigencia sobre todos los hombres en cada dispensación, y que existirá a través de todo el tiempo y la eternidad; la otra dada debido a que el hombre transgredió la ley moral, y cuya obediencia consistía en sacrificios y ofrendas que señalaban la redención futura. Cada una es clara y diferente de la otra.
La ley moral fue desde la creación una parte esencial del plan divino de Dios, y era fan inmutable como él mismo. La ley ceremonial debía responder a un propósito particular en el plan de Cristo para la salvación de la raza humana. El sistema simbólico de sacrificios y ofrendas fue establecido para que mediante esas ceremonias el pecador pudiera discernir la gran ofrenda: Cristo (The Review and Herald, 6 de mayo, 1875, «The Law of God», párr. 3, 4; parcialmente en Comentarios de Elena G. de White en Comentario bíblico adventista del séptimo día, t. 6, pp. 1094, 1095).
El don de Cristo es la mayor garantía posible de ayuda en todos nuestros problemas y de victoria en todos nuestros conflictos. En Cristo está la fortaleza de su pueblo; porque a él le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Recordemos, como pueblo que ha tenido gran luz, que Cristo se sienta en medio de su pueblo como refinador y purificador de la plata. El está continuamente purificando los corazones de aquellos que se comprometen en su servicio como obreros junto con Dios. Él obrará a través de cada alma. El está continuamente purificando los corazones de aquellos que están dispuestos a ser purificados, separando lo puro de lo impuro (Carta 195, 1899, párr. 12).
Se necesitó alrededor de medio año para construir el tabernáculo. Cuando se terminó, Moisés examinó toda la obra de los constructores, comparándola con el modelo que se le enseñó en el monte y con las instrucciones que había recibido de Dios. «Y vio Moisés toda la obra, y he aquí que la habían hecho como Jehová había mandado; y bendíjolos». Éxodo 39:43. Con anhelante interés las multitudes de Israel se agolparon para ver el sagrado edificio. Mientras contemplaban la escena con reverente satisfacción, la columna de nube descendió sobre el Santuario, y lo envolvió. «Y la gloria de Jehová hinchió el tabernáculo». Éxodo 40:34. Hubo una revelación de la majestad divina, y por un momento ni siquiera Moisés pudo entrar. Con profunda emoción, el pueblo vio la señal de que la obra de sus manos era aceptada. No hubo demostraciones de regociJ0 en alta voz. Una solemne reverencia se apoderó de todos. Pero la alegría de sus corazones se manifestó en lágrimas de felicidad, y susurraron fervientes palabras de gratitud porque Dios había condescendido a morar con ellos (Historia de los patriarcas y profetas, pp. 361, 362).


