Miércoles 19 de febrero – VOLUNTAD DIVINA IDEAL Y CORRECTIVA – LIBRE ALBEDRÍO, AMOR Y PROVIDENCIA DIVINA

LIBRE ALBEDRÍO, AMOR Y PROVIDENCIA DIVINA

“Estas cosas les he hablado para que en mí tengan paz. En el mundo tendrán aflicción; pero confíen, yo he vencido al mundo” (Juan 16: 33, RVC).

Miércoles: 19 de febrero

VOLUNTAD DIVINA IDEAL Y CORRECTIVA

Lee Efesios 1: 9 al 11. ¿Qué dice este texto acerca de la predestinación? ¿Están algunas personas predestinadas a salvarse y otras a perderse?

 

Efesios 1: 9-11

dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, 10 de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra. 11 En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad,

El término griego traducido aquí y en otras partes de las Escrituras como “predestinación” (prohorizō) no significa que Dios determina de antemano o causalmente la historia. A diferencia de ello, simplemente significa “proponer una meta o poner una meta delante”.

Por supuesto, uno puede decidir algo (poner una meta) de antemano unilateralmente, o hacerlo de una manera que tenga en cuenta las decisiones libres de las personas delante de las cuales se pone esa meta. La Escritura enseña que Dios hace esto último.

Aquí y en otros lugares (por ejemplo, Rom. 8: 29, 30), el término traducido como “predestinado” se refiere a lo que Dios planea para el futuro después de tener en cuenta lo que sabe de antemano acerca de las decisiones libres de las criaturas. De esa manera, Dios puede guiar providencialmente la historia hacia los fines buenos que desea para todos respetando la libertad de las criaturas, necesaria para una auténtica relación de amor. Efesios 1: 11 dice que Dios “hace todas las cosas según el designio de su voluntad”. ¿Significa esto que Dios determina que todo suceda tal como él desea? Leído aisladamente, Efesios 1: 9 al 11 podría dar esa impresión. Sin embargo, esta interpretación estaría en contradicción con los numerosos textos que vimos antes, que muestran que las personas rechazan a veces “los designios de Dios” (Luc. 7: 30; compara con Luc. 13: 34; Sal. 81: 11-14). Si la Biblia no se contradice, ¿cómo armonizan estos pasajes?

El texto de Efesios tiene perfecto sentido si uno simplemente reconoce una distinción entre lo que podríamos llamar la “voluntad ideal” de Dios y su “voluntad correctiva”. La “voluntad ideal” de Dios es lo que él prefiere que ocurra y lo que ocurriría si todos hicieran siempre exactamente lo que él desea. En cambio, la voluntad divina “correctiva”, o “reparadora”, es la que ya ha tenido en cuenta todos los demás factores, incluidas las decisiones libres de las criaturas, que a veces se apartan de lo que Dios prefiere. Efesios 1: 11 parece referirse a la voluntad correctiva, o reparadora, de Dios.

La presciencia de Dios sobre el futuro es tal que, aun conociendo todas las decisiones, incluidas las malas, que tomarán las personas, él puede obrar para “bien” (Rom. 8: 28). ¿Qué consuelo puedes extraer de esta verdad?

Comentarios Elena G.W

En Inglaterra poco antes del tiempo de Wesley… Muchos afirmaban que Cristo había abolido la ley moral y que los cristianos no tenían obligación de observarla; que el creyente está libre de la «esclavitud de las buenas obras»…

Otros, que también sostenían que «los elegidos no pueden ser destituidos de la gracia ni perder el favor divino» llegaban a la conclusión aun más horrenda de que «sus malas acciones no son en realidad pecaminosas ni pueden ser consideradas como casos de violación de la ley divina, y que en consecuencia los tales no tienen por qué confesar sus pecados ni romper con ellos por medio del arrepentimiento» – McClintock and Strong, Cyclopedia, art. «Antinomians». Por lo tanto, declaraban que aun uno de los pecados más viles «considerado universalmente como enorme violación de la ley divina, no es pecado a los ojos de Dios», siempre que lo hubiera cometido uno de los elegidos…

Estas monstruosas doctrinas son… inspiradas por el mismo espíritu maestro: por aquel que, hasta entre los seres impecables de los cielos, comenzó su obra de procurar suprimir las justas restricciones de la ley de Dios (El conflicto de los siglos, p. 265).

La parábola de los labradores infieles muestra claramente que los judíos persistieron en sus deseos ambiciosos hasta que el amor y el temor de Dios se apartaron de ellos.

Nadie debe entender de esta escritura que Dios cegó arbitrariamente los ojos y endureció los corazones de los judíos. Fue obra de Cristo ablandar los corazones endurecidos. Pero si los hombres se resistieran a la obra de Cristo, el resultado seguro sería que sus corazones se endurecerían.

Cristo citó una profecía que más de mil años antes había predicho lo que la presciencia de Dios sabía que sucedería. Las profecías no configuran el carácter de los hombres que las cumplen. Los hombres actúan según su libre albedrío, ya sea de acuerdo con un carácter sometido al influjo de Dios o con un carácter sometido al severo dominio de Satanás (The Review and Herald, 13 de noviembre, 1900).

En la experiencia que adquirió el apóstol Juan bajo la persecución, hay una lección de maravilloso poder y ánimo para el cristiano. Dios no impide las conspiraciones de los hombres perversos, sino que hace que sus ardides obren para bien a los que en la prueba y el conflicto mantienen su fe y lealtad. A menudo los obreros evangélicos realizan su trabajo en medio de tormentas y persecución, amarga oposición e injusto oprobio. En momentos tales recuerden que la experiencia que se adquiere en el horno de la prueba y aflicción vale todo el dolor que costó. Así Dios acerca a sus hijos a sí mismo, para poder mostrarles sus debilidades en contraste con su fortaleza. Les enseña a apoyarse en él. Así los prepara para afrontar emergencias, para ocupar puestos de confianza, y para cumplir el gran propósito para el cual les concedió sus poderes (Los hechos de los apóstoles, p. 459).

Elena G.W

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