EL PACTO EN EL SINAÍ
“Ustedes vieron lo que hice a los egipcios, y cómo los tomé sobre alas de águila, y los he traído a mí. Ahora pues, si en verdad escuchan mi voz y guardan mi pacto, ustedes serán mi especial tesoro entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Y ustedes serán mi reino de sacerdotes y gente santa” (Éxo. 19:4-6).
Miércoles: 20 de agosto
DIFERENTES FUNCIONES DE LA LEY DE DIOS
La Ley de Dios revela su carácter; es decir, quién es él. Puesto que Dios es santo, justo y bueno, su Ley también lo es. Pablo confirma esto cuando dice: “La ley es santa, y el mandamiento santo, justo y bueno” (Rom. 7:12).
La Biblia presenta la Ley de Dios de forma muy positiva (Mat. 5:17, 18; Juan 14:15; 1 Cor. 7:19). Es posible crear poemas acerca de ella (como Sal. 119), entonar cánticos acerca de la Ley (Sal. 19), y meditar en ella día y noche (Sal. 1:2; Jos. 1:8). La Ley ayuda a alejarse del mal, y da sabiduría, entendimiento, salud, prosperidad y paz (Deut. 4:1-6; Prov. 2-3).
La Ley de Dios es como una valla que crea un amplio espacio de libertad para la vida y que advierte que los peligros, los problemas, las complicaciones e incluso la muerte acechan más allá de sus límites (Gén. 2:16, 17; Sant. 2:12).
La Ley es también como una señal indicadora que señala a Jesús, quien perdona nuestros pecados y transforma nuestra vida (2 Cor. 5:17; 1 Juan 1:7-9). De este modo, nos conduce como si fuera un tutor (paidagogos, en griego) hacia Cristo (Gál. 3:24).
Lee Santiago 1:23 al 25. ¿Cómo nos ayudan estas palabras a percibir la función y la importancia de la Ley, aunque ella no pueda salvarnos?
Santiago 1:23-25
23 Porque si alguno es oidor de la palabra pero no hacedor de ella, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. 24 Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego olvida cómo era. 25 Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este será bienaventurado en lo que hace.
Un espejo puede revelar defectos, pero no puede hacer que desaparezcan. El espejo señala los problemas, pero no ofrece ninguna solución para ellos. Lo mismo ocurre con la Ley de Dios. Intentar justificarse ante Dios cumpliendo la Ley sería como mirarse al espejo con la esperanza de que, tarde o temprano, este hará desaparecer una mancha del rostro.
Puesto que somos salvados por medio de nuestra fe, no por las obras, ni siquiera las de la Ley, algunos cristianos afirman que esta fue abolida y que ya no tenemos que obedecerla. Eso es un grave error de interpretación de la relación entre la Ley y el evangelio en vista de la siguiente afirmación de Pablo: “Yo no hubiera conocido el pecado sino por medio de la ley” (Rom. 7:7). La existencia de la Ley es precisamente la razón por la que necesitamos el evangelio.
¿Cuán exitosos han sido tus intentos de obedecer la Ley de Dios? ¿Lo suficiente como para basar tu salvación en ella? Si no es así, ¿por qué necesitas el evangelio?
Comentarios Elena G.W
El Señor Jesús vino a nuestro mundo para representar el carácter de su Padre. Vino para cumplir la ley, y sus palabras y su carácter eran diariamente una exposición correcta de la ley de Dios. Su propio ejemplo personal testificó al mundo, a los ángeles y a los hombres que él guardaba la ley de Dios, y era un modelo y un patrón para la humanidad. «En él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres». Jesús fue una manifestación viviente de lo que era la ley, y reveló en su carácter personal el verdadero significado de la misma, y mostró que era el único remedio para los males existentes, cuando fue despojada de la escoria de las tradiciones y máximas de los hombres. Tal como era expuesta por los escribas y fariseos era engañosa, porque tergiversaba y pervertía el carácter de los que recibían las tradiciones y los mandamientos de los hombres.
El Señor Jesús dio a los hombres una representación del carácter de Dios en su vida y en su ejemplo. La ley de Dios es la transcripción de su carácter. Y en Cristo se ejemplificaron sus preceptos, y el ejemplo fue mucho más eficaz de lo que había sido el precepto. Cristo fundó su reino sobre la ley de Dios, y los que seguían a Cristo e imitaban su vida y su carácter, eran declarados leales y fieles a todos los mandamientos de Dios. Jesús fue una ilustración viviente del cumplimiento de la ley, pero el cumplirla no significó su abolición y aniquilación. Al cumplir la ley, llevó a cabo cada especificación de sus exigencias (The Signs of the Times, 14 de marzo, 1895, párr. 8, 9).
El plan de la redención es perfecto en todos sus aspectos. Al salvar al pecador del justo castigo de la ley, no disminuye las exigencias de la ley de Dios ni en una jota ni en una tilde. Mediante la provisión de la muerte del Hijo unigénito de Dios en favor de los pecadores, se demuestra la inmutabilidad de la ley de Dios para el tiempo y la eternidad. La justicia honra la ley de Dios al proporcionar un sustituto para el transgresor; porque Cristo dio su propia vida como rescate para que Dios pudiera ser justo y, sin embargo, ser el justificador del que cree en Jesús. La obra de salvar a los perdidos por los méritos de Cristo engrandece la ley y armoniza con toda perfección de Jehová. En el plan de salvación se tributa el más alto honor a la ley del gobierno celestial y, sin embargo, gratuitamente se dispensa misericordia a los hijos caídos de Adán. Cada alma creyente, en colaboración con el Gran Restaurador, es bendecida con la gracia celestial y dotada de los más ricos tesoros de la gloria de Dios. La imaginación no puede visualizar nada más glorioso que lo que se alcanza mediante el plan de la redención. Bien podemos exclamar: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios!» (The Signs of the Times, 2 de enero, 1896, párr. 3).


